La cumbre política, un ritual estereotipado, tiene su guión: los jefes conversan, van a los micrófonos, y emiten declaraciones. Los medios luego interpretan. Parece información al público—y así se presenta—. Pero el público jamás escucha el contexto histórico. Para interpretar la reciente cumbre de Donald Trump y Benjamín Netanyahu precisamos cuatro datos históricos, usualmente omitidos.

Empecemos por las declaraciones. Trump, según dijo, apoya a Israel y hará un esfuerzo por negociar ‘la paz’ entre árabes palestinos y judíos en Oriente Medio. Esto es ‘de cajón’—lo dice siempre el presidente de turno—. Pero según Trump, le da igual que la negociación produzca dos Estados en lo que ahora es Israel (como habían exigido sus predecesores) o solo uno. La segunda opción implicaría la anexión israelí de Judea y Samaria (‘Cisjordania’). Esto es nuevo.

¿Qué interpretación toca? La más influyente, como siempre, será la del New York Times. Este periódico comenta que “los líderes palestinos lamentaron la posición del Sr. Trump, sintiéndose abandonados por EEUU, el principal patrono de la Autoridad Palestina.” Al imaginar públicamente la posible anexión de Judea y Samaria, sugiere el Times, Trump ha dado un giro ‘anti palestino’ o ‘pro israelí.’

¿Tiene mérito la interpretación? Vengan los datos.

El primer dato lo plasmó el mismo New York Times, en 1979, en primera plana, pero ya nadie lo conoce, porque, desde entonces, ni el Times ni nadie lo menciona: OLP/Fatah —hoy llamada ‘Autoridad Palestina’— fue la madrina de Irán.

Leyó Usted correctamente. Yasir Arafat y Mahmud Abás, líderes eternos del grupo terrorista OLP/Fatah, armaron y entrenaron a las guerrillas de Ayatolá Jomeini. Luego fueron los primeros dignatarios en apearse en Teherán, en 1979, para celebrar con Jomeini la revolución. Acto seguido, ayudaron a crear la policía secreta iraní (SAVAMA) y la Guardia Revolucionaria (creadora de Hezbolá y protectora del régimen).

La meta conjunta, anunciaron Arafat y Jomeini, sería exportar la revolución islámica y destruir a Israel. Para lo último, explicó Abás a los reporteros árabes en Teherán, OLP/Fatah tenía su ‘Plan de Fases’: promete ‘paz’ a cambio de entrar a Israel (primera fase); luego, cual caballo de Troya, y con la ayuda de Irán, destruye al Estado judío (segunda fase). A esto pronto lo llamarían —con astucia orwelliana— el ‘Proceso de Paz.’

¿Sigue vigente el plan? Abran paso al segundo y tercer dato.

En agosto 2015, mientras EU e Irán finalizaban las cláusulas de su tratado nuclear —que descuida revisar ciertas instalaciones militares iraníes, pero no descuida liberar enormes capitales para los ayatolás—, Irán firmó con OLP/Fatah un acuerdo de “cooperación total.” ¿En qué piensan cooperar? No hace falta especular: en público, de menos una vez al mes, los ayatolás iraníes prometen exterminar a los judíos israelíes.

A la luz de estos datos históricos, es obvio que la muy tradicional ‘solución de dos Estados,’ tan favorecida por los presidentes anteriores, es anti israelí, pues propone que los territorios de Judea y Samaria —que un reporte del Pentágono (fechado 1967) considera indispensables para la supervivencia israelí— sean separados de Israel y entregados a OLP/Fatah. Es decir: a Irán.

Pero en la cumbre Trump dijo estar dispuesto a respaldar la ‘solución de un Estado’: la anexión israelí de Judea y Samaria. Se interpreta como un giro ‘pro israelí.’ ¿Tiene sentido? En absoluto.

En esta ‘solución,’ se instala dentro de Israel —indefinidamente— el grupo OLP/Fatah. Es decir: Irán.

No hay giro pro israelí. Sea la de Obama, o sea la de Trump, la ‘solución’ planteada es una Solución Final.

¿Qué sería, entonces, apoyar realmente a Israel? Esto: exigir que OLP/Fatah—o sea Irán— sea expulsada del Estado judío. (Y esto sería apoyo también —ojo— para los árabes palestinos, sojuzgados hoy por OLP/Fatah, quien hará de ellos bombas suicidas iraníes.)

Ya puedo oír la objeción: “¡Pero si Netanyahu se veía muy contento con las declaraciones de Trump! ¿No indica eso que la política de Trump sea pro israelí?”

De ninguna manera. Razonar así es lo contrario de hacer ciencia política. El patriotismo de Netanyahu no puede suponerse a priori. Debemos evaluar el sesgo de sus políticas con base en los datos históricos —poco conocidos— que hemos repasado aquí, y luego, con base en ese análisis, evaluar su patriotismo. La pose y los discursos de Netanyahu sobran; las obras son amores.

Eso lo recalca el cuarto y último dato histórico (otro que nadie recuerda): fue el propio Netanyahu quien metiera a OLP/Fatah —es decir, Irán— al Estado judío. Leyó Usted correctamente.

Descuide: no estoy negando que Yitzhak Rabin y Shimon Peres firmaran en Washington, en 1993, los Tratados de Oslo con Yasir Arafat y Mahmúd Abás. Así fue. Pero aquel acuerdo no habría sucedido sin las negociaciones de 1991, del gobierno israelí anterior, en la Conferencia de Paz de Madrid. Ahí, el tabú sagrado de la política israelí, aquel que prohibía (por buenas razones) cualquier negociación con OLP/Fatah, fue por primera vez violado. El pionero responsable, muy festejado en Madrid, fue el subsecretario israelí de Relaciones Exteriores. Se llamaba Benjamín Netanyahu.

¿Qué diantres hace Netanyahu? Pues sí. Habría que preguntarle.


Francisco Gil-White, catedrático del ITAM y autor de El Colapso de Occidente: El Siguiente Holocausto y sus Consecuencias

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