El feminismo es la teoría y la práctica, el pensamiento y la acción, el sueño y la propuesta de vida que revolucionaron al mundo en el siglo XX.

La anterior no es una frase retórica sino una realidad comprobable. Porque el feminismo significó la crítica más radical tanto a la tradición del pensamiento occidental como a la estructura del poder establecido en todos los niveles: desde el político hasta el económico, desde el laboral hasta el que se da al interior de la familia.

Pero sobre todo, porque el feminismo es una manera de pensar que no puede separarse de una manera de vivir. Es una filosofía y una ética, una teoría y una práctica política, una utopía y un conjunto de conductas para la vida cotidiana, que parte de y llega a la familia, el hogar, el trabajo, la relación con los otros, con el propio cuerpo y con la subjetividad.

Y esto el feminismo lo ha hecho, a diferencia de las demás ideologías que atravesaron ese siglo brutal que fue el pasado, sin matar a nadie, sin encarcelar o torturar en aras de un supuesto futuro luminoso. Las feministas se pusieron a pensar, a debatir, a trabajar, a escribir y a vivir de modo tal, que terminaron por afectar y cambiar los patrones tradicionales de relación humana y también de conciencia, por puro derramar sus ideas al resto de la sociedad, pues “la forma de crítica verdaderamente subversiva es la que empieza cuando la gente se pregunta si una función social específica debe necesariamente ser desempeñada o serlo de ese modo.

Esas ideas han sido tan significativas, que todas las mujeres, participantes o no del movimiento y de la propuesta feminista, conscientes o no de ella, apoyadoras o incluso opositoras de sus principios las acogieron. Y los hombres también, porque el feminismo no es asunto solo de mujeres.

De modo pues que no es exagerado afirmar que el feminismo cambió a todos: a las mujeres y a los hombres, a los individuos y a los grupos, a las sociedades y a los gobiernos, a las formas de hacer política y a las instituciones, a la academia y a las maneras de pensar en las ciencias sociales, las artes y la literatura.

Al principio el feminismo fue de las clases altas y los grupos educados en los países occidentales, pero poco a poco el cambio social que resultó de estas ideas terminó por alcanzar también a las mujeres pobres.

Y es que no solo hizo conciencia de la situación en que ellas vivían, sino que exigió y logró cambios en cuanto a igualdad de salario y la equidad de oportunidades, a sus derechos (humanos, sexuales, reproductivos) y al reconocimiento de la diversidad sexual, étnica, de clase, religiosa, cultural, ideológica. Pero, además, se volcó a denunciar el colonialismo, racismo y clasismo en todas partes del planeta, por igual en sus propias sociedades que en los rincones más alejados de los países latinoamericanos, asiáticos y africanos.

Del feminismo salieron las denuncias contra la costumbre de cortarle el clítoris a las niñas en algunos países musulmanes, contra el trato a las mujeres en el Afganistán de los talibanes, contra el maltrato a las mujeres indígenas en América Latina y contra la violencia doméstica en cualquier parte del mundo.

Las feministas son uno de los ejemplos más notables de perseverancia en el trabajo político y social, pues a pesar de burlas, indiferencia y descalificaciones, siguen adelante, protestando donde hay que protestar, exigiendo cuando hay que exigir, haciendo cuando es necesario hacer.

Estas mujeres nos están defendiendo a todas las demás y les debemos mucho, aunque no queramos reconocerlo o ni siquiera nos demos cuenta.

Así que, Valeria, hay que agradecerles su esfuerzo y trabajo, las puertas que nos abrieron, las oportunidades que ahora tenemos. Lo que las mujeres han conseguido como género y lo que cada una de nosotras ha conseguido como individuo se lo debemos, en mucho, a ellas.

Escritora e investigadora en la UNAM.
sarasef@prodigy.net.mx
www.sarasefchovich.com

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