No hay ninguna duda de que la carrera presidencial hacia 2018 ya comenzó. Pero tengo para mí que esta vez no estará en juego una especie de plebiscito para decidir sobre la permanencia del PRI en Los Pinos —como sucedió en el 2000—, ni habrá una polarización entre dos opciones claramente encontradas —como en el año 2006—, ni tampoco estará a prueba la potencia mediática destinada a bloquear la llegada de un candidato y apoyar a otro —como ocurrió en 2012—, sino que habrá una competencia cerrada entre varias opciones posibles, que disputarán los votos de una sociedad cada vez más desencantada con los resultados que le ha ofrecido el régimen democrático.

Será la primera elección realmente plural del siglo XXI, pues habrá por lo menos tres candidaturas con probabilidades ciertas de ganar la elección —incluyendo la posibilidad de que surja una cuarta, capaz de desafiar a las anteriores—, y quizás asistamos también a los primeros comicios de esta centuria en los que no serán los escándalos, ni las campañas negras, ni las maquinarias las que definirán los votos definitivos, sino la combinación entre hartazgo e indignación de los electores. Es probable que el profundo deterioro de la confianza ciudadana en las instituciones y partidos acabe por castigar a quienes se pasen de listos y a quienes pretendan engañar a la gente. Será una carrera contra la indignación.

Aunque no descarto que haya candidatos independientes, dudo que los partidos sean desplazados como la vía principal de acceso a la dirección del Estado. Para ganar una elección presidencial se necesita algo más que carisma y buenos discursos. Hace falta una estructura política más o menos consolidada y medios de organización y respaldo —incluyendo recursos muy abundantes— a los que muy difícilmente podría acceder alguien que no pertenezca o sea capaz de obtener el aval de una parte de la clase política. Y tampoco creo que sea conveniente para el país que un advenedizo con muy buenas intenciones, pero sin ninguna trayectoria probada, se haga con el poder. Para consolidar una democracia de largo aliento, nos guste o no, hacen falta partidos políticos dignos.

Pero los partidos ya no podrían soñar siquiera con ganar los siguientes comicios si mantienen la misma conducta que han tenido hasta ahora. Tras las dos alternancias pasadas —del PRI al PAN y de vuelta al PRI—, los ciudadanos ya cobraron suficiente conciencia de que no basta cambiar de siglas para obtener mejores resultados de sus gobiernos. Intentaron el cambio en el año 2000 y el peso de las estructuras oligárquicas y oligopólicas destruyó sus expectativas; y en el 2012, quienes apostaron por el regreso de la experiencia, han acabado decepcionados por la carga de corrupción que ha marcado a este sexenio. La clave de la siguiente elección no estará en las siglas de los partidos, sino en la dignificación de la vida política.

No ganará la elección quien se haga acompañar de la mejor maquinaria política, sino quien resulte más creíble —por la coherencia y la veracidad entre sus ideas, trayectoria y actos—. De hecho, es previsible que ante el desencanto generalizado que hoy medra en la vida pública del país, los aparatos políticos pesen mucho menos que quienes encarnarán las candidaturas. Y desde ahora es posible prever que la hostilidad calculada, las trampas y las mentiras serán castigadas por una buena parte de los votantes. Para ganar, será necesario convencer como nunca con la verdad, para vencer como nunca a la indignación.

Los partidos que no logren entender esa ecuación ética y de persuadir a sus seguidores más allá de las palabras y de las tácticas de campaña, están condenados a perder votos a lo largo del recorrido que nos separa de las elecciones de 2018. Estoy seguro de que, esta vez, la sociedad no se rendirá.

Investigador del CIDE

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