La analogía es dolorosa y precisa: en materia educativa, el gobierno ha hecho lo mismo que en el libramiento de Cuernavaca. Imaginemos al Presidente, en helicóptero pedagógico, sobrevolando la carretera de la reforma educativa. Además de alabar esta transformación de gran calado, invita a que la transitemos: lleva al futuro. Días después, el secretario Nuño conduce un vehículo flamante de la SEP. Lo filman mientras presume la construcción del “libramiento educativo” que ha llevado a cabo. Es, afirma, una acción sin precedentes en la historia de México. Señala el camino y asevera que el pavimento empleado durará más de 40 años: serán 83, dado que es el modelo educativo del siglo XXI, y está a buen resguardo por la firmeza de sus cimientos.

En un inolvidable cartón, hace justo un año, Patricio Monero muestra a una profesora que pregunta al burócrata de la SEP: “¿No hubiera sido mejor primero el nuevo modelo educativo y después la evaluación docente? El gerente escolar responde, airado: “¡No estamos en Finlandia! Acá primero se pavimenta y después se mete el drenaje”. Cualquier parecido a la desgracia reciente no es coincidencia: es convergencia en el mal modo de hacer las cosas.

Sin debate en el Congreso, a 85 días del debut de Peña, se promulga la reforma educativa. El 3 de septiembre —luego de 9 meses de la administración que padecemos— las leyes secundarias se aprobaron. El andamiaje jurídico para el control del magisterio fue presuroso. Un sexenio abarca 72 meses. Entre el arranque y junio de 2017, cuando se dieron a conocer los planes y programas de estudio del Nuevo Modelo Educativo, transcurrieron 56 meses, el 78% del periodo, y se pondrán en marcha en agosto de 2018, faltando escasos 3 para que termine su ciclo. Desde el inicio de las evaluaciones a diestra y siniestra, y la propuesta del modelo pedagógico y los contenidos centrales, pasaron casi cuatro años.

Dos terceras partes de su tiempo se dedicaron a evaluar al profesorado, tomando como referencia al Viejo Modelo Educativo, ese que se han afanado en considerar inútil. Ergo, esa evaluación (suponiendo, sin conceder, que fuese confiable) no pudo aproximarse a valorar la capacidad del magisterio para desarrollar las maravillas que se le atribuyen, como primicias, al nuevo. La examinación, dura y pura, pavimentó el control del magisterio, pero la base del camino y los ductos a través de los que pasa el conocimiento, así como el rumbo a seguir, se postularon al final. Más aún: se anunció que, también en 2018, iniciará el nuevo plan de estudios en las escuelas normales, para que lo que se aprende en ellas sea coherente con lo que se pretende ocurra en las aulas. La primera generación con ese “nuevo” enfoque formativo egresará en 2022. ¡Cuatro años después de la puesta en marcha de las nuevas estrategias! ¿Quién se hará cargo del cambio en las aulas mientras tanto? Pues las y los profesores formados a la antigüita, esto es, deformados según el decir del secretario. No, dice: se les darán cursos de actualización de 40 horas, por internet, para que se “empapen” del nuevo esquema. ¿Es en serio?

Han fincado la reforma en la arena de la prisa por el control (someter), y el fango de la desidia en lo sustantivo (aprender). Desoyeron a los pobladores del terreno: así no. Los ignoraron. Hoy se alinean o se van. El tiempo, como el agua a la carretera, erosionará lo improvisado. Es esperable que se abra un socavón y deje al desnudo al entuerto y el daño, grandes. No hay fortaleza en la reforma: hay mera ilusión en la propaganda que machaca que ya existe. ¿Qué importa? Nuestro país es un territorio gris lleno de fosas, socavones y túneles por los que escapan, impunes, quienes roban dinero y esperanza. El de ellos, muy otro y a color, es una maravilla. Retrata bien mientras se hunde.

Profesor del Centro de Estudios Sociológicos de El Colegio de México.
mgil@colmex.mx
@ManuelGilAnton

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