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Se celebran los 206 años de nuestra Independencia, pero en realidad será hasta 2021 que cumpliremos 200 años de vida independiente. Y también en ese mismo año se recordarán (sin celebrar) los 500 años de la Conquista de Tenochtitlán, que formalmente abrió el periodo virreinal en nuestro país (y que era un proceso inevitable). No nos gusta reconocerlo, pero los auténticos padres de nuestra nación (no de la patria) son Hernán Cortés y Malinali, que simbolizan nuestra cultura y etnia predominantemente mestizas. Son todavía 300 años de colonización frente a 200 años de vida independiente. En la historia oficial se les enseña a los niños que a partir de la Independencia se ha removido todo vestigio del Virreinato. Pero justo los realistas y algunos españoles hicieron la Independencia (los insurgentes ya estaban militarmente derrotados) para preservar ese orden colonial, que peligraba con la aplicación de la Constitución de Cádiz (tras un golpe de Estado liberal en España, en 1820).
Desde luego, las cosas no son idénticas que en el Virreinato, pero todavía cargamos con parte de su legado. El verticalismo político ha ido cediendo terreno a un régimen más horizontal y plural en los últimos años, pero todavía muy ineficiente. Somos aún uno de los países con una de las más injustas distribuciones del ingreso (el 15º, de abajo hacia arriba), por lo que no nos hemos podido quitar el calificativo que nos endilgó Alexander von Humboldt: “El país de la desigualdad”. La tradicional impunidad virreinal sigue incólume (incluso era menor entonces que ahora), y apenas iniciamos un esfuerzo algo más prometedor para erradicarla. El racismo, según estudios recientes, sigue presente en la cultura y las conductas sociales, aunque no ya en las leyes. Aunque predominantemente mestizos (con ingredientes africanos y algunos asiáticos), sigue vigente la escala donde lo blanco está en la cúspide de la pirámide social y lo indígena en la base. De ahí el olvido y la exclusión en que permanecen los pueblos indígenas, pese a la sacudida neozapatista de 1994.
Y ni qué decir de la influencia de la Iglesia católica y el consecuente lastre social que nos ha representado, por más que —afortunadamente— hace mucho dejó de ser religión de Estado (algo a lo que la Iglesia no acaba por resignarse). El Estado laico, uno de los más importantes avances del liberalismo, no termina por ser entendido —menos aún aceptado— por la Iglesia y su rebaño. La homofobia existía en pocos pueblos de América, pero el cristianismo (lo mismo católico que protestante) la profundizó y extendió por todo el continente. Y si alguien duda de que, pese a los avances logrados, queda una fuerte herencia eclesiástica del Virreinato, asómese a las movilizaciones “a favor” de la familia “natural”, y la claudicación de los priístas (además de toda la moral restrictiva y opresiva, como estar contra el saludable sexo premarital, el divorcio, los anticonceptivos, los preservativos, el aborto aun en caso de violación, y un largo etcétera). Sin olvidar el encubrimiento eclesiástico a la pederastia clerical (hipocresía e impunidad que provienen de los antiguos fueros religiosos).
Esperemos que el actual intento de democratización (aún incompleto y titubeante) termine por erradicar gradualmente la indeseable herencia virreinal que aún arrastramos. Hay, sin embargo, preocupantes versiones de que en los nuevos programas educativos se eliminará la historia de México para dar más espacio a otras asignaturas duras (como matemáticas ciencias naturales), justificado en que debemos ver más hacia el futuro que al pasado. Y que los niños que quieran aprender historia podrán hacerlo por internet de manera autodidacta. De ser eso cierto, imaginemos qué idea tendremos de nosotros mismos, si aún ahora muchos mexicanos creen que nos independizamos de Estados Unidos (pese a hablar en español). Sin historia en el programa básico, los niños pensarán que venimos de Marte (lo que no sería una tesis descabellada, en virtud de nuestros extraños comportamientos).
Profesor del CIDE
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