Los actos de terrorismo religioso en varios puntos del globo llevan a reivindicar nuevamente la libertad de cultos y el Estado laico como principios esenciales de la convivencia civilizada entre personas, pueblos y naciones, así como de la democracia moderna. No es que la guerra y la confrontación no tengan otras fuentes distintas a las religiosas, pero históricamente mucha sangre ha sido derramada por la intolerancia religiosa y la imbricación entre fe y política. Tanto el judaísmo como el Islam tuvieron como fundamento la intolerancia hacia cualquier otra creencia o rito, y el dictum de expandirse a sangre y fuego. Jehová era intransigente en ello, y no sólo exhortaba a su pueblo a exterminar a los gentiles, sino que castigaba duramente (incluso con la muerte) a los hebreos que rendían culto a otras deidades. Al respecto, ordenaba: “Sacarás a tus puertas al hombre o mujer que hubiere hecho esta mala cosa, y los apedrearás, y así morirán”. Otro tanto ocurre con Alá (porque en realidad es Jehová).

Curiosamente, Jesucristo hizo una gran reforma religiosa en esos temas; por un lado predicó la laicidad del Estado (“Dad al César lo que es del César”, “Mi reino no es de este mundo”), y por otro, estableció la tolerancia religiosa. Nunca exhortó que a quienes no le creyeran había que apedrearlos o enviarlos a la hoguera. Decía, “Quien pueda entender, que entienda”. ¿Y los que no? No lograrían la Gracia, pero no ordenaba perseguirlos ni matarlos. Tal idea se mantuvo en algunas corrientes originales del cristianismo. Proclamaba, por ejemplo, Tertuliano (160-220), uno de los primeros padres de la Iglesia: “Es un derecho humano y una libertad natural para todos adorar lo que le parezca mejor, ya que con tales cultos nadie perjudica ni beneficia a los demás”. Los cristianos mismos se beneficiaron del Edicto de Milán (313) emitido bajo Constantino, que establecía la libertad de cultos: “Sea lícito a cada uno dedicar su alma a aquella religión que estimare convenirle”. Pero poco después el propio Constantino dio marcha atrás, considerando su misión “destruir el execrable culto a los ídolos”, y confesaba que su objetivo era que todos los hombres “reverencien al único Dios verdadero”. La Iglesia hizo caso omiso de la libertad de cultos y la laicidad predicadas por Jesús. No ocurría lo mismo con todas las religiones. Por ejemplo, en Japón podían convivir perfectamente el shintoísmo con el budismo, y más tarde el taoísmo (de cuya fusión surgió el budismo zen). No había intolerancia religiosa. Por ello cuando llegaron los jesuitas en 1548 también se permitió la predicación del cristianismo. Hasta que los japoneses se percataron de que los cristianos reclamaban el monopolio de la fe, además de entrometerse en la política interna, y fueron expulsados en 1648.

Justo porque la intolerancia religiosa en Occidente y la mezcla entre fe y política provocaron demasiadas muertes y disturbios, resurgió la idea del Estado laico y la libertad de cultos (es decir, la Ilustración y el liberalismo rescataron paradójicamente esos valores de Cristo, aunque ahora en su expresión secular). La Iglesia se resistió a ello cuanto pudo. Tan tarde como el siglo XIX, el papa Gregorio XVI declaraba: “De ninguna manera es legal exigir, defender u otorgar libertad incondicional de pensamiento, o de habla o de escritura, o de religión, como si fuesen derechos que la naturaleza ha dado al hombre”. La modernización y el liberalismo se impusieron al dogmatismo en Occidente, por lo que a la Iglesia no le quedó más remedio que aceptar —aunque a regañadientes— la laicidad y la libertad de cultos. El judaísmo igualmente dejó de lado esa obcecación de Jehová. El Islam va más lento en ese proceso, o al menos numerosos grupos y creyentes mantienen el dictum de Alá de ser intransigentes con las creencias divergentes (aun dentro del propio Islam, como los shiitas y los sunnies), lo que dificulta la democracia, así como la convivencia civilizada entre pueblos y naciones con cultos o filosofías divergentes.

Profesor del CIDE.

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