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Establishment. Reducir nuestra capacidad de indignación a denunciar la insultante retórica con que Trump ha explotado los estereotipos y prejuicios acumulados en la opinión pública estadounidense acerca de nuestro país, huele a maniobra de autoindulgencia de políticos, empresarios, gobernantes, académicos y comunicadores mexicanos que en las últimas décadas exacerbaron aquellas percepciones antimexicanas con sus conductas, decisiones e indecisiones. Y no podrían quedar al margen de esta lista quienes en este lapso gestionaron en espacios de poder y foros de comunicación de allá sus ajustes de cuentas de aquí, en sus luchas por el poder, por los mercados e incluso por los fondos internacionales de promoción de la democracia, las libertades informativas y los derechos humanos.
Por otra parte, el reproche al gobierno mexicano por no haber confrontando los insultos y provocaciones del facineroso magnate, parecería pasar por alto los indeseables efectos geopolíticos y de comunicación que provocaría el hecho de que un Estado nacional se enganche en la disputa electoral del vecino. Pero este reproche también podría estar enmascarando la operación de actores señalados por sus intereses en el flanco derecho, de montarse en la ola antigubernamental y al mismo tiempo habilitarse como ‘progresistas’ a costa de la regresión trumpiana. Monsiváis describía este ejercicio facilón como el de quienes se hacen pasar por revolucionarios a costa de la Edad Media.
En buena hora, México empieza a verse cada vez más distante del herradero de enfrente. En parte porque la disputa se desplazó a su sitio: a la arena en que un trepador sin escrúpulos, montado en las frustraciones de un sector del electorado, con una retórica antiestablishment, está logrando cohesionar en su contra al resto del poderoso establishment estadounidense.
Antiadhesión. En efecto, al activismo del presidente Obama y de la candidata demócrata se unen cada día crecientes desprendimientos de relevantes líderes republicanos, congresistas y donantes de campaña. Sólo ayer se deslindaron en carta al NY Times 50 funcionarios de administraciones republicanas, con la advertencia de que Trump pondría en riesgo la seguridad de la nación y “sería el más insensato presidente en la historia de Estados Unidos”.
Ante este balance, poco podría haber agregado un involucramiento mayor de México en la crisis de la derecha estadounidense. Más probablemente, ello le hubiera dado a Trump la excusa para redireccionar su odio a nuestro país a fin de tratar de salir del barranco al que lo llevaron sus costosas referencias a la familia de un soldado estadounidense de origen musulmán muerto en misión militar.
Y contra la percepción de bandwagon effect —el efecto de arrastre del electorado a favor del candidato percibido puntero, y cuyos mensajes se aprecian como los más aceptados— la brecha de ocho puntos con que se le adelantó a Trump en una semana la candidata demócrata, parecería perfilar más bien una tendencia antiadhesión o de deserción de votantes republicanos en repulsa a la toxicidad de los mensajes de su candidato.
¿Celebración? Pero hay otro riesgo en el súbito ‘progresismo’ mexicano presente en la elección estadounidense: su pretensión de encapsular la solución del problema en la derrota del bravucón candidato republicano, tras lo cual vendría un repliegue celebratorio del triunfo demócrata. Pero si algo habría que celebrar del auge y de la hoy previsible caída de Trump es la luz que arrojó sobre la vulnerabilidad que entraña el deterioro de la imagen internacional del país, no sólo por su explotación por un candidato republicano abiertamente hostil, sino también por una presidencia estándar en estos tiempos: peligrosamente proteccionista en lo comercial y abiertamente injerencista en temas de seguridad y justicia, entre otros. Más allá del susto de Trump, lo procedente es recuperar el esfuerzo de reconstruir sistemáticamente la reputación de México, interrumpido 20 años atrás.
Director general del Fondo de Cultura Económica
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