El “programa de gobierno” de Donald Trump revela cada vez más abiertamente el odio racial contra los mexicanos. En el último debate los demás precandidatos republicanos le exigieron que definiera con datos específicos su plan para deportar a los 11 millones de mexicanos “sin papeles”.

Al día siguiente, en una entrevista por televisión, anunció que triplicaría el número de agentes y crearía una poderosa “fuerza migratoria” (deporting force la llamó en inglés), que tendría la tarea de “localizar y deportar” a los 11 millones de “ilegales” que hoy viven y trabajan “en las sombras”. Me tranquilizó su oferta de hacerlo “humanitariamente”.

Anunció además que eliminaría el derecho constitucional a la nacionalidad automática para quienes nazcan en Estados Unidos. Por momentos tuve temor de que su “fuerza migratoria”, como la Gestapo de antaño, tendría también facultades para vigilar la “pureza de la raza”…

Durante el debate, otro contendiente, John Kasich, gobernador de Ohio, comentó con una sonrisa que el plan de Trump era “absurdo”. Este montó en cólera y gesticulando y vociferando pidió que “alguien le recordara a ‘este señor’ que él había creado más de una compañía con valor de miles de millones de dólares”. Me dio la impresión de que Trump, como el führer en los últimos días, está a punto de perder la razón…

La xenofobia, como bandera de un partido político, no es nada nuevo. La esgrimió el partido nacional socialista en Alemania con los resultados que conocemos. No funciona, pero hace mucho daño, porque atenta contra la integridad de la fibra social. Termina siempre en fracaso.

El caso de Francia es un ejemplo más cercano de los riesgos y limitaciones que implica una ideología sustentada en la división social, el racismo y el odio. Me refiero por supuesto al Frente Nacional (FN) de Jean-Marie Le Pen, que como consecuencia de algunas declaraciones recientes sobre el Holocausto (al que se refirió como un simple “detalle” de la historia) fue obligado a ceder la presidencia del partido a su hija Marine, contra quien hoy litiga para que le reconozca un pretendido derecho de “presidente honorario”.

Con un discurso de odio parecido al de Trump, Le Pen lleva años intentando detener la inmigración de asilados africanos, sin lograr más del diez por ciento del voto en las elecciones nacionales. Es un fanático de extrema derecha, dueño de una retórica vitriólica del estilo de Trump.

La semana pasada un grupo de 67 intelectuales de Estados Unidos, América Latina y España firmaron un “manifiesto” que rechazó el “discurso de odio” de Trump. No hay que esperar mucho del “manifiesto”. No creo que le dé la mayor importancia.

Trump vive en un departamento palaciego que ocupa los tres últimos pisos de Trump Tower en Manhattan, decorado como el palacio de Versalles y valuado en más de 50 millones de dólares. Tiene dinero para “comprar” la presidencia…

Analista político.

http://jorgecamil.com

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