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Después de ahogado el niño a tapar el pozo. Como pocas veces, el viejo refrán se vive en la realidad: las imágenes estrujantes, terribles, del pequeñito sirio ahogado en las costas de Turquía (y aunque menos difundidas, las de su hermano mayor igualmente muerto) han sacudido las conciencias del mundo y obligado a los países de la Unión Europea a replantearse su postura ante la crisis de los migrantes.
Sociedades y gobiernos europeos han mostrado lo mejor, y lo peor, de sí mismos. Gestos de humanidad y de generosidad verdaderamente conmovedores, reacciones burocráticas que no sorprenden pero igual escandalizan, brotes de xenofobia y discriminación acallados por las muestras multitudinarias de decencia y apertura.
Del lado negativo está, sin duda, la reacción del gobierno de Hungría. Decidido a hacerle la vida imposible a los migrantes que tuvieron la mala fortuna de llegar a sus fronteras, pensando que así tal vez detendría la oleada humana, les ha dado un trato denigrante, humillante. Desde subirlos con engaños a trenes para llevarlos a campos de detención, hasta marcarles los brazos con números de identificación, los pérfidos húngaros olvidaron su historia, sus orígenes, y sus responsabilidades como miembros de la comunidad de naciones más civilizada. No me detengo en más detalles de su mezquindad porque el espacio para este texto es limitado. Baste decir que los que hoy gobiernan en Budapest no representan a la Hungría, y a los húngaros, que yo conozco: gente valiente y de bien, muchos de ellos también migrantes.
Un escalón más abajo de la ruindad y el egoísmo están gobiernos como el de Polonia, la República Checa o Eslovaquia. Olvidando ellos también su historia, en la que las migraciones han sido numerosas, buscan vacunarse ante la posible llegada de los desesperados de hoy, como lo fueron los suyos alguna vez. Desmemoria que se escribe con la “d” de la discriminación y la “e” del egoísmo. De los ingleses no se puede decir mucho que sea diferente, salvo del político patán que escribió que el niño ahogado se veía bien vestido y bien comido, que sus padres eran avariciosos por buscar la “buena vida” en Europa.
En cambio, Alemania, Austria y Francia han dado el ejemplo: desde Angela Merkel, que decidió correr el riesgo de enfrentarse a la ira del movimiento antiinmigrante, hasta los miles de voluntarios que han salido a las calles a dar la bienvenida a los refugiados, a ofrecerles ropa, comida, oportunidades de empleo o de aprendizaje. Escenas similares en Austria, y una postura igualmente valerosa del gobierno francés. En los tres países existen grupos y partidos xenófobos que buscarán cobrarse la afrenta. Pero un verdadero político sabe en qué momento olvidarse de las encuestas y hacer lo correcto. Bien por ellos, y por todos los otros muchos que lo están haciendo.
Las víctimas están huyendo de situaciones verdaderamente horrendas: guerras, violencia, salvajismo. Paradójicamente, la gran mayoría proviene de países en los que tanto EU como la Unión Europea buscaron sembrar artificialmente la democracia. Irak, Afganistán, las naciones del norte de África, y por supuesto Siria. La miopía e ingenuidad de los aliados europeos y americanos contribuyeron al desastre del que hoy tratan de escapar centenares de miles. Así que lo menos que pueden hacer es afrontar su responsabilidad.
Y una reflexión final: en México tuvimos en alguna época una gran tradición hospitalaria para refugiados de muchas partes del mundo. Recibimos en su momento a quienes huían de los nazis, del fascismo español, de las dictaduras sudamericanas, de las guerras civiles y la represión en Centroamérica. Eso, de lo que alguna vez estuvimos orgullosos, se ha perdido, junto con la brújula en tantos otros aspectos de nuestra propia moral, de nuestra humanidad.
Analista político y comunicador
@gabrielguerrac
www.gabrielguerracastel lanos.com
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