Está claro que a México le conviene que los demócratas ganen la presidencia de Estados Unidos. No tanto por los beneficios que prometen las políticas de la señora Clinton, sino por el enorme perjuicio que podría causar a la relación el señor Trump. Las autoridades mexicanas no pueden decirlo así de claro ni desplegar una diplomacia activa en contra del candidato republicano, pues en caso de que gane las elecciones quedarían cerrados los canales elementales de comunicación para reparar hasta donde sea posible los daños. Pero los ciudadanos de a pie sí podemos decirlo.

En su discurso de aceptación como candidato republicano a la presidencia de Estados Unidos, el señor Trump dedicó buena parte de su mensaje a recordar al electorado que construirá un muro en la frontera con México y que denunciará el Tratado de Libre Comercio de América del Norte para que dejemos de quitarle empleos a los trabajadores estadounidenses. En esta ocasión no insistió en que deportaría a los migrantes indocumentados, pero se sobreentiende que es parte del paquete que tiene preparado para nuestro país.

En resumidas cuentas, si el señor Trump llegara a ocupar la Casa Blanca y cumpliera medianamente con sus promesas de campaña, México podría ser sujeto de un retorno masivo de migrantes del orden de siete millones de paisanos, vería vulneradas sus exportaciones al mercado más grande del mundo, perdería ventajas competitivas por ser miembro del TLCAN, las inversiones se reducirían al perder acceso a esa economía y la frontera se convertiría en un sitio poco atractivo para el establecimiento de empresas, amén de los problemas sociales y de seguridad que irían aparejados al famoso muro que piensa construir.

En su reciente visita a Washington, el presidente Peña Nieto afirmó que México trabajaría con el presidente que elijan los estadounidenses, además de las frases tradicionales de respeto a los procesos internos de otros países. Su margen de maniobra público no puede ir mucho más lejos de ese tipo de expresiones.

Lo que sí puede hacerse y debería hacerse es subrayar el hecho de que la aplicación de políticas como las propuestas por el señor Trump irían directamente en contra del interés nacional de los propios Estados Unidos. Sus iniciativas pondrían en peligro más de seis millones de empleos de estadounidenses que dependen del comercio con México. Las empresas que tienen parte de su producción en territorio mexicano se verían lastimadas en su cadena de suministro. En materia de seguridad, México podría perder interés en detener cargamentos de droga que van hacia el país vecino, vigilar menos la frontera con Guatemala y ser menos estricto para dar visas a ciudadanos del Medio Oriente. Ninguna de estas prácticas sería benéfica para Estados Unidos.

Las tesis del señor Trump pueden generar efectos muy nocivos para ambas naciones. En vez de apuntar hacia el provecho mutuo que podemos lograr con una buena vecindad, sus políticas podrían alentar las peores actitudes, vengativas e irracionales, para perjuicio de las dos sociedades. Quienes en Estados Unidos se benefician mayormente de la relación con México, sean industriales, comerciantes o financieros, deben ser los mejores exponentes de esa buena vecindad. Necesitamos voceros racionales de aquel lado de la frontera, ciudadanos estadounidenses que ejerzan sus derechos políticos en la dirección apropiada.

Internacionalista

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