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Las actividades del mundo moderno se paralizarían en el momento en que faltara la electricidad. Para generarla, los países tienen varias opciones: por medio de hidroeléctricas, plantas eólicas o nucleoeléctricas, pero también mediante el carbón.
Sobre este último los científicos no dejan lugar a dudas: es la más contaminante de las fuentes de energías fósiles, pues genera dióxido de carbono, el principal gas de efecto invernadero, causante del calentamiento global, con todo lo que ello implica: modificación en la temperatura del planeta y el derretimiento de los casquetes polares, por ejemplo.
El consenso desde hace décadas es disminuir el uso del carbón en los procesos de generación de energía. China y Estados Unidos son los principales emisores de gases de efecto invernadero. Por medio de conferencias internacionales convocadas por la Organización de Naciones Unidas, ambos países y el resto de la comunidad internacional han concentrado esfuerzos para reducir la dependencia del uso del carbón.
Apenas en septiembre pasado la noticia de que Washington y Beijing ratificaron el pacto climático para limitar las emisiones nocivas que producen el calentamiento global acaparó la atención de la prensa mundial. Ahora, medio año más tarde, el actual gobierno estadounidense está dando pasos atrás en sus compromisos.
El presidente Donald Trump firmó ayer una orden ejecutiva para impulsar la producción energética estadounidense desde combustibles fósiles. Con la medida no se tendrá que analizar necesariamente el impacto medioambiental a la hora que autoridades federales requieran tomar una decisión en materia energética.
Los habitantes de la Ciudad de México vivieron el año pasado un ejemplo del grado de contaminación que se puede alcanzar por el uso de combustibles fósiles (gasolina, en este caso). El uso de energías amigables con el ambiente está adoptándose cada vez más en la capital del país.
Estados Unidos es un actor importante en la lucha contra el cambio climático, por lo que su distanciamiento de medidas para proteger el ambiente encendieron de inmediato alarmas en organizaciones ambientalistas y en capitales mundiales.
La batalla se anuncia ya en tribunales estadounidenses y en la resistencia que adoptaron ayer los gobernadores de California y de Nueva York, pero el resto del mundo también debería alzar la voz. Es un grave error colocar en primer lugar a la industria contaminante y en último la salud de ciudadanos y, por supuesto, del mundo que habitamos.
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