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Colombia vivió durante décadas un clima de violencia desatado por grupos guerrilleros, en el que predominaron atentados, secuestros y muertes. Los grupos tenían en mente derrocar al gobierno constitucionalmente elegido y asumir el poder. Después de 52 años de conflicto, y cuatro de negociaciones, desde hace unos meses las escenas de temor y violencia parecían que podían empezar a enterrarse.
Uno de los grupos levantados —las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia— se sentó a negociar y firmó apenas unos días atrás un acuerdo de paz con el gobierno colombiano. El documento tenía que ser avalado por la población ayer domingo, pero la mayoría lo rechazó. El No al acuerdo triunfó por un estrecho margen.
La decisión no debe significar un rechazo a ver una Colombia en paz, sino únicamente a las condiciones en que se firmó. Para algunos sectores, la transición de las FARC a la vida política se da con demasiadas facilidades, por lo que exigen antes aplicar la ley a los responsables de crímenes. ¿Emprender acciones judiciales allanará el camino a la paz? Probablemente no. En la búsqueda de la armonía es necesario superar hechos dolorosos y olvidar.
El triunfo del No se dio mayoritariamente en ciudades, por lo que sorprende que en aquellas regiones más afectadas por las acciones del movimiento guerrillero el Sí obtuviera más de 90% de los sufragios. En el pueblo de Bojayá, donde alrededor de 100 personas murieron en 2002 al caer una bomba de las FARC sobre la Iglesia en la que se habían refugiado, el Sí obtuvo 95.7% de las votaciones.
El resultado abre ahora un compás de espera en el camino a la vida pacífica. Las partes involucradas –gobierno y FARC– aceptan la decisión emanada del plebiscito y mantienen el objetivo de alcanzar la paz. Tantos años de acercamiento no deben abandonarse en este momento, por el contrario, ya que el clamor es renegociar, debe haber disposición a encontrar una salida.
Las acciones que está dando Colombia deben servir de ejemplo a América Latina y al mundo, pues plantean una opción para resolver los conflictos armados.
El pueblo colombiano no desea la violencia. Sabemos que la violencia frena el desarrollo de los pueblos. Un país sumido en la violencia generada por conflictos internos se trunca a sí mismo la posibilidad de alcanzar el desarrollo. Por un lado la energía del gobierno se gasta en operaciones militares en lugar de atender las prioridades de la población. Por el otro, las acciones guerrilleras sólo generan temor y desánimo en la población.
En el largo camino que ha recorrido Colombia, el resultado de ayer debe ser sólo una pausa en la ruta hacia la paz.
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