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Contra la pobreza, ¿ahora sí?

20/07/2015
02:11
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Hay avances en la cobertura de servicios básicos en educación, salud y vivienda, pero el gran problema no es tanto ese, sino el encarecimiento de los alimentos, al cual no ha correspondido un aumento en los ingresos de las familias, dice en entrevista con EL UNIVERSAL Gonzalo Hernández Licona, secretario ejecutivo del Coneval.

Hernández adelanta que en un estudio a presentarse el próximo jueves 23 de julio se revelará que el número de familias en condición de precariedad tiende a aumentar en el país debido al precio de los alimentos.

En la última medición de los programas de desarrollo social, en 2012, poco más de 53 millones de personas en el país se encontraban en condiciones de pobreza, de las cuales 11.5 millones presentaban pobreza extrema.

Los cambios realizados a la política social, como la transformación de Oportunidades en Prospera, adelanta también el secretario ejecutivo, no se verán reflejados en la medición a la pobreza debido a que son muy recientes. Eso no quiere decir, sin embargo, que sea segura una variación significativa respecto de los datos anteriores.

Pero incluso si se lograra mitigar el hambre, el éxito del programa Prospera, actual esquema federal de combate a la pobreza, debería medirse no en términos de bienestar en el momento, sino de capacidad de las familias para salir de ese estado por sí mismas, sin necesidad de asistencia social.

Después de la crisis de los 80, la mitad de la población en México era pobre, 50% de ellos trataban de sobrevivir con dos dólares diarios por persona. Cuarenta años después seguimos en idéntica situación. Cinco grandes programas contra la pobreza desfilaron en similar número de sexenios: Pider, con Luis Echeverría, Coplamar e IMSS-Coplamar con José López Portillo, Pronasol (Solidaridad) con Carlos Salinas, y Progresa-Oportunidades, a partir de Ernesto Zedillo y durante los gobiernos de Fox y Calderón.

Para la administración federal actual la diferencia está en el enfoque. El nuevo programa busca, como dice el adagio bíblico, “enseñar a pescar” y no sólo dar pescados. Es la visión correcta. Pero para que eso ocurra, hay que mejorar la economía del país en su conjunto, elevar la productividad y en consecuencia los salarios. Ningún programa social conseguirá esto; se logrará cuando la inversión pública y privada tengan garantías de piso parejo y seguridad. En resumen, un Estado mexicano que coordine todas sus partes en torno de un mismo objetivo.

 

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