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13/07/2015
03:30
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La captura de Joaquín El Chapo el 22 de febrero de 2014, como la de cualquier otro capo, no hizo que en automático bajaran los niveles delincuencia en el país. Sin embargo, aprehenderlo fue un gran logro porque cada día que seguía libre aumentaba la leyenda del personaje, crecía su importancia simbólica porque habiendo desafiado al Estado mexicano, triunfaba al final.

Parecía que esa historia de enaltecimiento llagaba a su fin, hasta que el pasado sábado 11 después de las 8 de la noche, Guzmán Loera escapó de nuevo.

Es más grave ahora que hace 14 años, cuando el capo se fugó por primera vez del penal de Puente Grande, Jalisco, porque en esta ocasión se conocía el riesgo, el antecedente. Porque México se había resistido a la extradición con el argumento de que Guzmán rendiría cuenta por sus crímenes en territorio nacional. Poco más de un año en prisión no lo compensa.

El gobierno del presidente Enrique Peña Nieto tendrá que actuar rápido en dos frentes: recapturar a El Chapo so pena de hacer crecer aun más el nombre del sujeto, y actuar de manera ejemplar contra los funcionarios que permitieron este triste pasaje en la historia de la seguridad nacional.

Sería ingenuo pensar que no se registraron colusión y negligencia en lo ocurrido. De otra manera no se explica la fuga de quien debió ser el reo mejor vigilado en todo el país. Esa investigación ameritará a su vez revelar al público la información necesaria para dar credibilidad al resultado. Por ejemplo, ¿qué medidas se habían tomado para evitar el escape? ¿Tenía vigilancia personal las 24 horas? ¿Revisión paulatina de todos los espacios en los que el prisionero pasaba? ¿Quizá algún dispositivo electrónico para cerciorarse de su ubicación?

Será particularmente importante responder cuál fue la interacción del criminal con custodios o con visitantes, pues el tipo de escape —la construcción de un túnel de kilómetro y medio— implica un alto nivel de colaboración dentro y fuera del penal que es increíble haya podido pasar inadvertido.

El escape debe dar pie a revisar el sistema penitenciario en su conjunto. Hay que preguntarse, por ejemplo, si tiene sentido que el supuesto penal de seguridad más importante del país esté a sólo un kilómetro de distancia de la población más cercana. ¿La razón por la que otros prisioneros no escapan es porque a nadie se le había ocurrido cavar un hoyo o porque no tienen los recursos millonarios para hacerlo?

Con la fuga de Guzmán Loera se pierde una vez más la idea de que quien elige el camino del crimen organizado termina siempre muerto o en prisión. Cada día que el delincuente siga libre, será una derrota más ante el imaginario colectivo.

 

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