Con la primaria ayer en Nueva Hampshire y la asamblea (los llamados “caucus”) en Iowa la semana pasada, ha arrancado ahora sí el proceso formal para la selección de los dos candidatos que a partir de las convenciones nacionales Demócrata y Republicana en julio y hasta noviembre, buscarán ocupar la Casa Blanca en 2017. Nueve meses son una eternidad en la política, ya no se diga en un proceso electoral y más en uno como el estadounidense. Todo puede pasar en el ínterin, particularmente si tomamos en cuenta que aún faltan por votar en primarias y asambleas 53 estados y territorios (éstos pueden votar en las primarias estadounidenses más no en la elección presidencial). Sin saber al momento de escribir esta columna lo que ocurrió anoche en Nueva Hampshire, hay —más allá de los resultados— una serie de tendencias que marcarán la contienda al interior de ambos partidos durante el transcurso de las semanas venideras.

Primero, los votantes le siguen sacando el dedo a la política de “más de lo mismo” y a candidatos vinculados al liderazgo nacional de ambos partidos o que representan a dinastías políticas. Ello explica la viabilidad de las candidaturas de Donald Trump, Ted Cruz y Bernie Sanders y los problemas de tracción, aunque de distinta magnitud, de Jeb Bush y Hillary Clinton. El cabreo casi ciego de votantes blancos, de clase media y de la generación baby-boomer se ha convertido en uno de los factores más sobresalientes del entorno político-electoral estadounidense de cara a los comicios presidenciales. Hartos de lo que perciben como hipocresía de la clase política, están saliendo a votar en las primarias, convencidos de que una economía —y crecientemente, una democracia— del llamado “1%” los está dejando atrás. Del lado republicano se manifiesta mediante la plataforma populista-xenófoba de Trump y Cruz (con implicaciones potenciales a largo plazo para los intereses de México en EU), y del demócrata en un corrimiento a la izquierda en el partido, y que explica en gran medida que la ex secretaria de Estado haya cuestionado el texto final del Acuerdo de Asociación Transpacífico, el cual negoció, cabildeó y defendió durante su cuatrienio como secretaria de Estado.

Segundo, la contienda demócrata será reñida y se prolongará más de lo que preveían y planeaban en el equipo de Clinton. Iowa mostró tres cosas: que la significativa recaudación de fondos por parte de la campaña de Sanders se ha traducido en una movilización electoral de tierra eficaz y sofisticada, algo que se llegó a cuestionar al inicio de la contienda; que como lo mencionó León Krauze en su columna en estas páginas el lunes, los votantes jóvenes, particularmente de la llamada generación del milenio, se están movilizando en torno al precandidato más viejo (74 años), motivados por su mensaje contra un sistema político y económico amañado a favor de los poderes fácticos del país; y que Clinton seguramente tendrá que echar mano de recursos que estaba guardando para gastar a partir de la campaña presidencial y que dependerá de los endosos de los llamados “superdelegados”, los cuales pesan de manera especial en el conteo primario demócrata.

Tercero, Iowa mostró que Trump no era inexpugnable, convirtiendo la primaria republicana en una lucha a tres bandas: Trump vs. Cruz vs. Rubio. Y más allá de la victoria de Cruz en ese estado, consolidó a Rubio como la opción del liderazgo nacional del partido para derrotar ya sea a Trump —quien además de tener los negativos más altos a nivel nacional de todos los precandidatos (29%) podría poner en jaque las posibilidades de que el partido recupere la Casa Blanca (sobre todo si su contrincante es Clinton)— o a Cruz, al cual el liderazgo nacional y sus colegas republicanos en el Senado detestan con vehemencia. Sin lugar a dudas esta es la precampaña republicana más cerrada desde la primaria entre Reagan y Ford en 1976.

Todo hace suponer que hoy habremos amanecido con triunfos de Trump y Sanders en Nueva Hampshire, amén de que las encuestas en Iowa, como en muchas de las contiendas electorales alrededor del mundo en meses recientes, se equivocaron otra vez. Habrá que ver si Bush logra sobrevivir, convirtiéndose en el plan B del liderazgo republicano en caso de que Rubio se haya derretido a raíz de su actuación desastrosa en el último debate republicano. Y lo que es seguro es que la victoria de Sanders podría marcar un punto de inflexión. A partir de ahora entrará en contención, de manera patente el 20 y 27 de febrero en Nevada y Carolina del Sur, respectivamente, un factor demográfico relevante para 2016: el peso del voto hispano y afroamericano, un segmento del electorado que Clinton prácticamente tiene en la bolsa. Esto apenas comienza.

Consultor internacional

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