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12/07/2015
00:53
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Voluntades anticipadas, instrucciones previas o testamento vital son términos que remiten a un instrumento mediante el cual una persona mayor de edad, con capacidad legal y mental, manifiesta libremente, por escrito, las instrucciones acerca de las actuaciones médicas que se deben o no llevar a cabo en caso de que alguna enfermedad no le permita expresar su voluntad.

Ante el avance de la tecnología, el silencio médico, la impericia y contumacia de la mayoría de los políticos, y el ascenso de fundamentalismos religiosos, dicho documento adquiere cada vez más importancia. Cuando llega el final de la vida, apropiarse de la muerte y no dejar que otros decidan, es, para los librepensadores, fundamental. En ocasiones la prensa informa sobre personas, las cuales, por no contar con esa instrucción, vivieron agonías innecesarias —prolongan la muerte, no la vida- y heredaron bretes inmensos a sus familiares cuando entre ellos no había consenso para precipitar o no el final.

Las voluntades anticipadas no atentan contra el derecho a la vida. Protegen al individuo al permitirle ejercer su libre albedrío dotándolo del poder para dignificar su persona cuando morir es mejor que pervivir sin esperanza, con dolor; además, amparan al afectado y a la familia al evitar tratamientos fútiles que lastiman a los seres cercanos.

La mayor parte de la población médica es testaruda. Acostumbrados “a hacer”, son incapaces de entender que “no hacer” permite ejercer la medicina cobijados por filosofía y humanismo. “No hacer” —no intubar, no colocar catéteres, no solicitar consultas innecesarias—, y facilitar o precipitar la muerte significa hacer lo que se debe hacer: acompañar. Sirva el reciente caso Lambert para ilustrar las disquisiciones previas.

Vincent Lambert, enfermero de profesión, tiene actualmente 38 años y se encuentra hospitalizado en Reims, Francia, desde 2008, tras sufrir un accidente de moto cuyas consecuencias fueron funestas: estado vegetativo y tetraplejia. De acuerdo a Eric Kariger, director del servicio médico, Lambert “tiene lesiones cerebrales irreversibles. Nunca hemos podido establecer comunicación con él. Su cuerpo expresa cosas como sonrisas o lágrimas... y expresa principalmente cosas (sic) como el sufrimiento. No sabemos si tiene conciencia de su cuerpo”.

En 2012, agotadas las esperanzas, los médicos decidieron retirar el apoyo para dejarle morir. Tanto la esposa como los seis hermanos avalaron la decisión. Los padres, y otros familiares de fuertes convicciones católicas recurrieron la decisión ante el Consejo de Estado; tiempo después impidieron la ejecución de la postura médica ante el Tribunal Europeo de Derechos Humanos. Los padres sostuvieron que su hijo no era un enfermo terminal, por lo que retirarle el apoyo atentaba contra su derecho a la vida. La falta de acuerdo desencadenó batallas jurídicas.

Las voluntades anticipadas evitan agonías innecesarias, esfuerzos médicos fútiles y discrepancias familiares. Cuando se desconoce la voluntad del paciente en caso de enfermedades que impiden pronunciarse como el estado vegetativo persistente o demencia senil, y para las cuales la ciencia no cuenta con elementos curativos, el testamento vital impide sufrimientos inútiles, rupturas familiares, gastos absurdos —mantener con vida a un enfermo sin vida—, y pleitos jurídicos.

El caso Lambert, como sucedió con el affaire Terri Schiavo (Estados Unidos, 2005) debe difundirse. En pacientes terminales, con frecuencia en contra de la ley, se ha avanzado: retirar apoyos y permitir morir es práctica cada vez más frecuente. En enfermos no terminales, en estado vegetativo persistente como Lambert, el testamento vital es crucial: ¿para qué mantener vivo a una persona que ha dejado de ser persona? Entiendo que la pregunta puede incomodar, pero entiendo también que los seres humanos que han perdido la capacidad de relacionarse y expresar su voluntad han dejado de ser personas.

Evitar muertes prolongadas como la de Lambert es posible. Cuatro ideas: Los médicos pueden persuadir a los pacientes de llenar “sus” voluntades anticipadas; los hospitales deben requerir de los enfermos el documento; los ministerios de salud deberían difundirlo, y, por último, junto con el acta de matrimonio, me parece buena idea entregar las voluntades anticipadas.

Notas insomnes. Pervivir como Lambert carece de sentido. El embrollo persiste por la religiosidad de los padres. ¿No podrían las autoridades religiosas modificar las reglas? Sí: El gran papa Francisco lo hará.

 

Médico

Arnoldo Kraus
Médico. Profesor de la Facultad de Medicina, UNAM. Miembro del Colegio de Bioética. Colabora mensualmente en la revista Nexos. En 2013 publicó "Decir adiós, decirse adiós" (Mondadori).
 

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