En las precampañas políticas, siempre hay un momento en que el candidato vencedor busca unir al partido y sanar heridas con los precandidatos que perdieron, para que entren juntos al combate en la elección.

En Estados Unidos, las convenciones de los partidos cumplen con esta función. Son parte de una compleja “operación cicatriz”, en que las heridas dentro del partido se curan para que todos los distintos grupos se presenten juntos en la convención.

Pero este año es diferente, porque Donald Trump tiene otra idea de cómo hacer política.

Los republicanos entran a su convención sumamente divididos. Varios de los ex precandidatos presidenciales, incluyendo a John Kasich, gobernador del estado en que se realizará el evento, ni siquiera se presentará en la convención. Tampoco los últimos dos presidentes republicanos, George H.W. y George W. Bush, ni el hermano del último, Jeb Bush, quienes han decidido quedarse al margen del evento. Varios gobernadores, senadores y congresistas prominentes también han señalado que tienen otros compromisos que no los dejarán asistir a un evento que en otro año electoral sería obligatorio para cualquier político republicano.

Pero Trump no está preocupado. Él está apostando a que la estructura del partido aportará el dinero y recursos logísticos necesarios para montar su campaña presidencial, porque ellos lo necesitan, ya que él tiene una línea directa con los votantes a través de los medios y que no requiere de las mediaciones políticas tradicionales. No le molestan las ausencias y los desaires de los líderes republicanos, porque refuerzan su imagen como un político insurgente ajeno a las formas tradicionales de hacer política, una voz fresca e incómoda en el establishment.

En cuanto a la convención, Trump probablemente sí la manejará a su antojo. No parece que habrá peleas fuertes ni desafíos a su candidatura. Y si algo sabemos de Trump, es que es un gran experto en la industria del entretenimiento, por lo que habrá mucho espectáculo en la convención. Usará la convención para consolidar su imagen de candidato poco convencional.

Pero aún no es claro si esto será suficiente para lanzar una candidatura exitosa a la presidencia. Trump cree que puede cambiar el tablero político del país, apelando directamente a una coalición de votantes distintos a las campañas republicanas del pasado. Si bien sabe que perderá el voto de algunos correligionarios, que no confían en que es suficientemente conservador o están ofendidos por sus ataques contra mexicanos, musulmanes y otros líderes republicanos, él confía en que ganará las simpatías de votantes demócratas e independientes que quieren un presidente atípico que no se sujeta a las formas tradicionales de la política.

Todo esto es posible. Las encuestas muestran que Trump está sólo cinco o seis puntos por debajo de la candidata demócrata Hillary Clinton y faltan cuatro meses de campaña. Ella tampoco logra despegar en la opinión pública aún y ambos cuentan con pocas simpatías del público en general. Es posible que Trump esté inventando una forma nueva de hacer política que no requiere de las estructuras partidistas y las rutinas normales de una campaña presidencial.

Pero también es posible que todo esto sea simplemente una arrogancia descomunal y que cortar lazos con los líderes del partido debilite la capacidad de Trump de movilización del voto en los comicios de noviembre, que dividir no resulte ser una buena estrategia para sumar simpatías y que esta elección represente una derrota histórica para el Partido Republicano.

Aún no está claro cuál de estas dos posibilidades se hará realidad. Habiendo descontado a Trump como precandidato hace unos meses, no estoy seguro de que no tendrá éxito su estrategia como candidato, pero me parece sumamente riesgosa. Y habrá muchos líderes republicanos que no se presentarán en la convención esperando que falle su apuesta y que a ellos les toque después empezar a reconstruir el partido.

Vicepresidente ejecutivo del Centro
Woodrow Wilson

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