Millones de bombas sin detonar frenan el desarrollo de Laos

Más de 40 años después del fin de la intervención militar de Estados Unidos en el sureste asiático, millones de bombas y de otros proyectiles sin detonar permanecen ocultos en densas junglas, sumergidos en los bancos de ríos y enterrados en suelo fértil
Millones de bombas sin detonar frenan el desarrollo de Laos
Un patio se usa como depósito de bombas lanzadas por los aviones de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos durante la Guerra de Vietnam en Xieng Khouang, Laos - Foto: Jorge Silva
28/04/2018
16:53
Gabriel Moyssen
Ciudad de México
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Más de 40 años después del fin de la intervención militar de Estados Unidos en el sureste asiático, millones de bombas y de otros proyectiles sin detonar, lanzados casi exclusivamente por aviones, permanecen ocultos en densas junglas, sumergidos en los bancos de ríos y enterrados en suelo fértil, lo que frena el desarrollo de Laos, uno de los países más pobres de la región.

El territorio remoto, montañoso y sin salida al mar de Laos fue clave durante la Guerra de Vietnam. Hacia 1963, al inicio del involucramiento estadounidense, el ejército norvietnamita empezó a contrabandear armas y equipos a la guerrilla del Viet Cong en Vietnam del Sur a través de la Senda Ho Chi Minh, una ruta de suministro abierta en los bosques del sureste laosiano.

La reacción de Estados Unidos en diciembre de 1964 consistió en una ofensiva aérea que se convirtió en la campaña de bombardeo más amplia en la historia, ya que en los siguientes nueve años, Laos se transformó en el país más bombardeado por número de personas, superando a Japón y Alemania en la Segunda Guerra Mundial y al propio Vietnam.

El esfuerzo bélico fue mantenido en secreto y las incursiones se efectuaron sin autorización del Congreso y sin conocimiento de los estadounidenses hasta la publicación en 1971 de los “Papeles del Pentágono”, que revelaron asimismo el bombardeo de la vecina Camboya.

En total, cerca de 30 mil personas fallecieron o resultaron heridas sólo en Laos y desde 1974, un año antes del final del conflicto, más de 20 mil civiles han muerto o han sido lesionados por la munición sin estallar (UXO, por sus siglas en inglés).

La aviación estadounidense realizó más de 580 mil misiones y lanzó dos millones de toneladas de municiones, o casi una tonelada por cada persona en la población laosiana de la época.

Las armas más utilizadas fueron las bombas de racimo, cada una de las cuales contiene cientos de pequeñas submuniciones de varios tipos (antipersonal, incendiarias, etc.) que están diseñadas para separarse en el aire y dispersarse sobre una extensa zona, a fin de infligir el máximo daño.

Alrededor de 260 millones de submuniciones se lanzaron y de ellas 80 millones fallaron al no detonar, por lo que hoy cubren los campos de 14 de las 17 provincias de Laos, señala la página web Landmine and Cluster Munition Monitor.

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Una mujer posa en la entrada de su casa junto a las bombas lanzadas por los aviones de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos durante la Guerra de Vietnam, en la aldea de Ban Napia en la provincia de Xieng Khouang, Laos - Foto Jorge Silva/REUTERS

Agricultores y niños

Actualmente, la mayoría de los accidentes es causada por impacto directo con las UXO, lo que puede ocurrir durante trabajos agrícolas o porque los niños juegan por error con las submuniciones.

En los últimos años la tarea de limpieza ha mejorado. En 1996 se estableció el Programa Nacional Laosiano de Munición Sin Estallar, que trabaja con el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) y múltiples organismos internacionales no gubernamentales y gubernamentales para coordinar el esfuerzo.

De 2008 a 2017 cerca de 920 personas resultaron heridas o muertas en casi 600 accidentes relacionados con las UXO, con una cifra fatal de 244.

En el periodo se registró una caída sustancial en las cifras anuales de bajas, al pasar de más de 300 en 2008 a 41 en 2017.

Este último número se acercó al objetivo de 40 fijado en el Plan Estratégico Nacional para el Sector UXO.

También el año pasado, un total de 108 mil objetos UXO fueron removidos, incluyendo 84 mil 977 submuniciones en 3 mil 882 hectáreas que ahora están abiertas a dos rubros cruciales para el desarrollo de Laos: la producción agrícola y la construcción de infraestructura básica.

Alrededor de tres millones de personas han asistido a cursos de educación sobre los riesgos, no obstante, pese a los planes para erradicar los accidentes hacia 2030, son necesarios al menos 32 millones de dólares para exploración y limpieza mientras que existe escasez de financiamiento, indicó el 31 de marzo el diario local Vientiane Times al citar a la Autoridad Regulatoria Nacional.

En 2017, la dependencia distribuyó más de 26.8 millones de dólares mediante el gobierno laosiano y las ONG, que se dedicaron a varios proyectos de limpieza.

Washington proporcionó en enero 15 vehículos, 150 detectores y otros equipos con valor de 1.25 millones de dólares, como parte del paquete de financiamiento a tres años anunciado por el entonces presidente Barack Obama en su histórica visita de 2016. “Creo que EU tiene la obligación moral de ayudar a Laos a curarse”, afirmó.

Sin embargo, cerca de 98% de las áreas contaminadas siguen cubiertas con UXO, 42 de los 46 distritos más pobres se encuentran ahí, en zonas rurales, lo que limita severamente el potencial agrícola y deja desnutrida a 18.5% de la población total (de siete millones).

En agosto de 2017, Kaarina Immonen, representante residente del PNUD ante la República Popular Democrática de Laos, enfatizó durante una reunión con el Grupo de Trabajo del Sector UXO en Vientiane: “El desminado y la mitigación de las UXO no sólo se requiere desde un punto de vista humanitario, ya que también facilita el desarrollo humano.

Eliminar el riesgo apoyará los esfuerzos del gobierno laosiano para cumplir otros Objetivos de Desarrollo Sustentable, incluyendo al número 1 para terminar con la pobreza, el 8 para lograr fuentes de trabajo decente y el 10 para reducir la desigualdad, además de ejercer una influencia positiva en muchos otros”.

Editado por Sofía Danis
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