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Orlando sin superhéroes ni princesas

Se ha convertido en uno de los destinos emergentes más interesantes de Estados Unidos. Explora su renovado y alternativo estilo de vida para divertirse
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Eola Park, en el corazón del downtown. (Foto: Istock)
10/02/2018
21:00
Mónica Isabel Pérez
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ORLANDO, FL.- El sabor es amargo, pero suave, como el del café bien tostado. Su espuma es densa y el espacio donde saboreo esta cerveza es inmejorable: entre roquero e improvisado, quizá un poquito decadente por las imágenes de músicos que adornan las paredes: desde Jim Morrison hasta la entrañable Amy Winehouse. Esta vez elegí un plan B: Orlando sin superhéroes, ni princesas, ni montañas rusas; Orlando como destino emergente, alternativo, pero sin dejar la aventura afuera.

Comienzo mi viaje en una de tantas cervecerías de la ciudad. Me decanto por una Black Rose Immortal, una stout densa y bien elaborada, con nombre de canción de heavy metal. Broken Cauldron Taproom and Brewery es la primera parada del tour de cervecerías “Hop On!” y sede de dos importantes marcas: Broken Strings y Black Cauldron que decidieron compartir espacio de creación y barra.

Entre dibujos de ídolos del rock y una tenue luz rosa neón que se desprende del tablero donde está escrito el menú, escucho las conversaciones que provienen de las mesas de metal que me rodean: que si una cerveza es más amarga o si aquella tiene más cuerpo que la otra.

destinos_orlando_downtown_broken_cauldron_taproom_and_brewery.jpg (Foto: Cortesía)

Desde la esquina de la barra, que es donde decido sentarme, alcanzo a echar un vistazo a la pequeña fábrica donde las dos marcas elaboran su cerveza.

“Tomen con calma porque la noche apenas empieza”, advierte Brian Quain, director de cine que, habiendo encontrado apasionante el universo cervecero, ahora es estrella de los podcast relacionados con este espumoso tema (conduce “What Ales Ya: Florida Brewer & Beer Tour!”) y guía de los recorridos de “Hop On!”, una empresa que fundó junto con dos amigos cuando se dio cuenta de que la bebida es más que un placer en tendencia: es un lazo que une a cientos de habitantes de Orlando que fabrican su propia cerveza o que son simples consumidores dispuestos a probar cada día una diferente. “Es un movimiento que crece rápidamente. Se calcula que para este año habrá más de 300 pequeñas cervecerías en Florida”, asegura.

A bordo de un colorido minibús, Quain lleva al pequeño grupo de participantes, al cual me he unido, a emprender una aventura nocturna que jamás hubiéramos imaginado en Orlando, un destino que, desde los años setenta, los turistas han relacionado con Disney y Universal.

“El centro de Orlando había estado dormido”, dice Leo Salazar, de la promotora Visit Orlando. “Había sido literalmente abandonado luego de la crisis inmobiliaria, pero ahora se encuentra en pleno resurgimiento”.

Nuestra segunda parada es el bar-cervecería Ten10 Brewing Co.,“uno de mis favoritos y más queridos porque fueron de los primeros en creer en nuestro proyecto”, dice Quain. El bar es un espacio de decoración industrial muy alineada con los elementos de fabricación de la cerveza que pueden verse al final de la barra: tubos y tanques metálicos para preparar deliciosos fermentados. El ambiente es relajado y animadísimo, concurrido por gente local. En el Ten10 la música indie suena a un nivel perfecto para disfrutarla y charlar a la vez.
 

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Quain ya ha notado que me gustan las cervezas oscuras y achocolatadas, así que me recomienda una milk stout que disfruto con algunas botanas: embutidos y cacahuates con curry (muy adictivos) y que nos hacen pedir una segunda cerveza.

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Hacemos una parada más. No está demás decir que este tour puede personalizarse para visitar más establecimientos.

Cuando mi grupo llega a Deadly Sins —un bar con aspecto de bodega o, más bien, una fábrica de cerveza con un pequeño bar donde predomina el blanco y se ausenta cualquier pretensión decorativa que distraiga a los conocedores— ya nos sentimos un poco más expertos.

Es momento de probar algo fuera de mi zona de confort entre las stout.

Tom Adams y Ana Barrientos, propietarios y fundadores de este local, experimentan con ingredientes y sabores, de modo que, cuando la bartender me pregunta qué me gusta en un trago y respondo que lo herbal y cítrico, inmediatamente me ofrece una cerveza estacional clara con romero y limón. No me arrepiento. Aquí siempre que se apuesta se gana.

Irse a volar
No hay necesidad de mentir: una ligera resaca me invade esta mañana. Pero la emoción puede más. Logro salir de la cama sin quejarme, aunque sean las cinco de la mañana de un sábado. Tengo una cita a las siete en punto en Wallaby Ranch, un maravilloso espacio en campo abierto creado en 1991 por Malcolm Jones para los amantes de las alturas. Aquí se imparten clases de vuelo y se organizan paseos en ala delta para todo público.

0destinos_orlando_florida_viajes_ala_delta.jpg (Foto: Cortesía Roberto Flores)

Luego de un trayecto de 20 minutos, desde el centro de Orlando, el paisaje es lo primero que me sorprende. En oposición a la idea de que Florida solo se compone de palmeras y sol, me encuentro en un bosque frío, envuelto en neblina. A oscuras resulta un poco tétrico porque solo reina el silencio, pero conforme el sol sale, descubro un paraje inesperados: casitas rodeadas de coníferas, pasto verde y ocre, y la bruma densa que se disipa conforme sale el sol.

El aire sigue siendo fresco, aunque no cortante. Para que entre en calor me invitan un café en un pequeño restaurante campirano de aire desfachatado y una decoración ecléctica que cualquier hípster admiraría fascinado.

Me ofrecen también un plátano para asegurarse de que me sentiré liviana al momento de volar en ala delta.

Nunca hago estas cosas. Padezco de vértigo desde siempre, pero he decidido vencer mi miedo, así que sigo las indicaciones de Malcolm, con quien tengo el honor de volar.

La cosa es más fácil de lo que parece: uno entra a un saquito, se deja poner todas las protecciones y, en unos cuantos segundos, sujeto a un pequeño avión de remolque (o tug), que despega con suavidad, el ala delta comienza a levantarse. Cuando llega a los 600 metros de altura y la corriente de aire resulta óptima, el avión lo suelta y, entonces, permaneciendo a esa altura alrededor de 15 minutos, todo queda en las manos expertas del instructor que sabe bien cómo dominar el viento que alcanza de 24 a 50 kilómetros, dependiendo de la corriente.

“Esta es mi oficina”, me dice Malcolm. Y veo que es maravillosa: el cielo azul se siente cercano y envolvente y los campos verdes lucen pequeños y lejanos. El sol nos calienta la espalda y el viento —nuestro aliado más importante— nos lleva suavemente y arrulla.

Desde aquí observo la amplia propiedad boscosa de Wallaby Ranch, los ala delta coloridos que se preparan para salir y a las personas que estaban a mi lado como puntitos lejanos. “Abre los brazos”, me dice. “Se siente como cuando sueñas que vuelas”. Y entonces lo hago y juego a que puedo volar y el momento que dura unos segundos, en mi memoria se hace eterno.

Para mi sorpresa al volver a tocar tierra en un aterrizaje mucho más suave de lo que imaginé (innecesario cerrar los ojos o “agarrarse” más fuerte) me regalan una tarjeta de memoria: toda la vivencia ha quedado registrada en video.

Por supuesto, esta clase de experiencias se puede realizar en cualquier parte del mundo, pero me parece que ha sido un acierto realizarla en un lugar que, si de algo sabe, es de diversión extrema y medidas de seguridad.

En Wallaby Ranch se acostumbra celebrar el vuelo con un gran desayuno, pero nosotros tenemos que partir.

Al mandado
Vamos rumbo a Winter Garden, una pequeña ciudad vecina, tan tranquila y perfecta que parece set de películas.

028_pase9_orlando_winter_garden_brewery_cervezas_cervecerias_florida.jpg (Foto: Cortesía Visit Orlando)

Venimos aquí porque escuchamos rumores sobre sus mercados de chucherías y comida. En el Farmer’s Market —un mercado “sobre ruedas” donde compro pulseras, collares y jabones artesanales— me encuentro con un puesto que ofrece el mejor desayuno para tocar tierra: el paquete “Dos amigos” de Tamale Co., que incluye dos tamales sobre un poco de arroz, coronados con dos huevitos estrellados, crema, queso y frijoles refritos. Lo elijo sobre otras opciones, como hot cakes o tazones de quinoa, porque después de tanta adrenalina necesito un premio contundente. Es el lugar donde hay más fila y ya se sabe que eso es buena señal. Me da orgullo que el desayuno favorito de los asistentes al mercado sea justo el mexicano. Momento: ¿el sabor es auténtico? Oh, sí que lo es. Aunque un poco de picante extra no vendría mal.

Luego de tremendo banquete voy al mercado vecino, el Plant Street Market, parecido a los espacios gourmet de moda en el mundo, como el Mercado Roma de la Ciudad de México. Hay decenas de locales de comida, objetos decorativos, antigüedades y accesorios. Es fácil pasar las horas curioseando.

Al caer la tarde
Para cerrar el día voy hacia el centro de Orlando que alguna vez estuvo abandonado, pero que hoy en día, según la revista Forbes, es un espacio que se perfila para convertirse en una capital de la tecnología. “Es una ciudad que ofrece beneficios, como casas a bajo precio y amenidades suficientes para atraer a los millennials”, en referencia a las nuevas tiendas de diseñadores, cafés de especialidad, cervecerías artesanales y bares de cocteles.

Compañías como Arrow Sky Media LLC y Finexio han dejado de pensar en Silicon Valley y se han mudado a Orlando, lo que resulta en una “migración” de gente joven que ahora trabaja aquí y vive aquí de manera más holgada y relajada, lejos de la tensión y los precios exorbitantes de las macrociudades.

En el parque Eola compro pan para alimentar a los patitos mientras trato de decidir qué haré mañana: “¿y si voy al outlet?, ¿y si me animo a ir a un parque después de todo?” Pongo mis ideas en orden al tiempo que contemplo el lago, los árboles, a la gente y sus mascotas.

Al caminar por las calles del centro voy descubriendo más motivos para explorarlo: tiendas de diseñadores locales, bares y arte que, a veces va más allá de la estética, como el mural Inspiration Orlando , de la calle Colonial Drive, con imágenes de cientos de historias de víctimas de abuso y discriminación, entre ellas las 50 personas que fallecieron en la masacre de la discoteca Pulse en junio de 2016.

028pase02_destinos_orlando_orlando_inspiration_murales_atractivos_arte_urbano_grafiti.jpg (Foto: Mónica Isabel Pérez)

Los creadores de esta obra urbana de 3.6 metros de alto y 10.9 de ancho aún trabajan en los detalles finales: se aseguran de que cada rostro sea perfecto. “Es un homenaje para todos ellos”, me cuentan los artistas Michael Pilato y Yuriy Karabash, con sus ropas embarradas de pintura. El mural ofrece una sensación de sanación personal y colectiva, además, como dice Pilato, nos recuerda que “tenemos cosas que agradecer y lecciones que aprender”.

Me despido de ellos y hago camino hacia el restaurante de onda steampunk (famosa estética futurista inspirada en las historias de Julio Verne y H. G. Wells), Toothsome Chocolate Emporium & Savory Feast Kitchen, donde me han dicho que se sirven las mejores malteadas de chocolate de la ciudad. No dejo de pensar en el mural que acabo de ver y que, creo, refleja bastante bien la nueva cara de Orlando: una ciudad nueva, pero con historia, un sitio que ha sufrido y resurgido, la casa de una comunidad que rescata y construye. Sin duda, un lugar que es más que montañas rusas y princesas.

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