El patio de vecindad, crisol de la sociedad novohispana

Los cuartos construidos a su alrededor fueron la solución a la gran demanda habitacional que ya se observaba en el siglo XVII
Vista de una vecindad localizada en el barrio de Tepito. (ESPECIAL)
15/09/2017
00:23
Fernando Guzmán Aguilar
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Durante la época novohispana, las casas de vecindad, antecedente de las unidades habitacionales de ahora y que en el siglo XX recibieron el nombre peyorativo de vecindades, propiciaron una nueva forma de convivencia social en la Ciudad de México.

“En el siglo XVIII, en la capital de la Nueva España, casi 50% de la población vivía en esas pequeñas colmenas humanas”, dice Teresa Lozano Armendares, investigadora del Instituto de Investigaciones Históricas (IIH) de la UNAM.

Fueron la solución a la gran demanda habitacional que ya se observaba en el siglo XVII y que tres siglos más tarde se convertiría en un verdadero problema en la capital del país.

Cerca de la Plaza Mayor había palacios habitados por terratenientes, comerciantes, empresarios y dueños de minas. Por ejemplo, en uno de ellos, que hoy en día alberga el Museo de la Ciudad de México, vivieron los condes de Santiago de Calimaya.

Un poco más alejados se erigieron casas grandes, también de medianos ricos como don Juan de Lovera, contador ordenador del Real Tribunal de Cuentas. En el piso principal vivían los propietarios o arrendatarios con mayores recursos económicos. En la planta baja había accesorias que se alquilaban.

Asimismo, se construyeron edificios laicos como el Colegio de las Vizcaínas, con accesorias llamadas “de taza y plato” (cuartos con un tapanco para dormir). Ahí, además de vivir, artesanos y comerciantes hacían y vendían sus productos.

 

Pequeñas y grandes

“Por el crecimiento poblacional y la escasez de vivienda, y como una manera de aprovechar mejor el espacio, proliferaron también las casas de vecindad”, señala Lozano Armendares, estudiosa de los espacios de convivencia, en particular del patio de vecindad, tema de investigación derivado del seminario sobre comunidades domésticas de la Nueva España que coordina en el IIH.

Unas eran pequeñas, con 10 cuartos, llamados también viviendas, entresuelos, covachas y accesorias; y otras grandes, con hasta 105 cuartos. Algunas pertenecían a conventos y parroquias como la del Sagrario, cuya renta les dejaba buenos ingresos.

En el padrón de 1790, aunque sólo fueron registrados 17 de los 32 cuarteles menores (o secciones) en que estaba dividida la Ciudad de México, se contabilizó un total de 785 casas de vecindad; únicamente en el cuartel 1, localizado en el centro, había 73.

“Construidas según el modelo tradicional, no podían ser más altas que la Catedral de la Ciudad de México. Estaban conformadas por una planta baja (cuartos que daban sólo a la calle), un primer piso (cuartos con una puerta que daba a un pasillo con escalera) y un gran patio central. Algunas tenían dos y una que otra tres, pero ninguna disponía de un quinto patio, como menciona la canción homónima de Luis Arcaraz.”

En estas casas con patio convivían originalmente personas con una desahogada situación económica y personas de capas bajas: españoles, mestizos e indios; profesionistas y artesanos; clérigos y seglares, familias pequeñas y numerosas, algunas con sirvientes y otras con algún esclavo. Ocupaban los cuartos del primer piso solamente como dormitorios. Puesto que no tenían ventanas, eran oscuros y sin ventilación, debido a lo cual las puertas permanecían abiertas hasta que oscurecía.

Los cuartos de la planta baja, que daban sólo a la calle, funcionaban como habitaciones y espacios productivos. En ellos convivían, principalmente, artesanos y sus familias con aprendices del oficio que aquéllos ejercían, así como comerciantes que sacaban sus productos a la calle, abogados, leguleyos y médicos.

“Cerca del zaguán, en la planta baja, había un cuarto interior para un matrimonio o una casera (generalmente, una mujer sola, abandonada o cuyo marido trabaja fuera), encargado(a) de la vigilancia, de la cobranza de la renta y del control nocturno de la puerta de acceso; a veces, arriba de esta puerta se podía ver un nicho con algún santo patrón”, indica Lozano Armendares.

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Espacio de libre acceso

Al igual que las calles, los atrios de las iglesias, las azoteas de las casas ricas, los mercados, las plazas públicas, la Plaza Mayor, la Alameda..., el patio de las casas de vecindad era, a decir de la investigadora universitaria, “un crisol de la vida cotidiana novohispana”.

En el siglo XVIII estaba prohibido que gente “desnuda” entrara en la Alameda, lugar de paseo y cortejo como las plazas con quioscos de algunos pueblos y los grandes centros comerciales del México actual. Es decir, no podían entrar en ella quien vestía con calzón e iba cubierto con una sábana, que era la vestimenta habitual de los indígenas pobres, la mayoría de los cuales vivía en los barrios ubicados alrededor de la ciudad.

“En cambio, el patio de las casas de vecindad era un espacio de libre acceso durante el día. Ahí, los moradores (médicos y burócratas, artesanos y comerciantes, sirvientes y uno que otro esclavo, pero también rateros y asesinos) convivían con diversos personajes novohispanos, como el aguador, que además de surtir de agua a los inquilinos y a la fuente que tenían algunas vecindades, era el mensajero de jóvenes enamorados de las buenas familias”, explica Lozano Armendares.

Sin embargo, el hacinamiento vecinal y la poca cantidad y calidad de los servicios convirtieron las letrinas, los lavaderos y hasta el fogón en sitios comunes que propiciaban la promiscuidad, los conflictos (en los que mediaba la casera) y los enfrentamientos.

“Aunque la convivencia también creaba nexos de solidaridad. Se dio el caso, por ejemplo, de un vecino que se encargó del cuidado de unos niños cuyos padres habían sido encarcelados por algún delito.”

 

Actividades ilegales y clandestinas

El patio de las casas de vecindad era un espacio natural para el chisme y el baile festivo en honor de la Virgen de Guadalupe o del santo de devoción de los dueños o arrendatarios. En ocasiones era el foro de expresiones artísticas y lúdicas. A toda hora se llenaba de gritos y risas de los niños que jugaban o corrían a través de él.

Los niños de entonces son un enigma. Aparecen poco en las fuentes consultadas por Lozano Armendares: expedientes policiales de la época y pinturas de castas.

Si lograban sobrevivir, asistían a las “escuelas de amigas”, que eran cuartos de vecindad donde señoras (algunas no sabían leer ni escribir) les enseñaban la doctrina, rezos y algunas otras cosas (los niños ricos iban a la escuela o tenían profesor en casa). Muy pronto eran tratados como ‘adultos chiquitos’. Hasta los siete años se le consideraba niños. Después ya hacían mandados o empezaban a aprender un oficio con algún artesano.

“En algunos de esos patios centrales también se llevaban a cabo actividades ilegales y clandestinas: canto y guitarra acompañaban los juegos de apuestas y las peleas de gallos, que eran tradición en la Plaza de Santa Catarina (cerca de Santo Domingo) y en el entonces alejado pueblo de San Agustín de las Cuevas, hoy Tlalpan”, informa la autora del estudio Los juegos de azar: ¿una pasión novohispana?

En algunas casas de vecindad no faltó quien tuviera una destilería clandestina donde, desafiando los bandos reales, fabricaba una de las bebidas de producción local y cuya prohibición tan sólo beneficiaba a la metrópoli, según se lee en El chinguirito vindicado. El contrabando de aguardiente de caña y la política colonial, estudio de Lozano Armendares publicado por la UNAM.

“En cada manzana había al menos cinco o seis lugares clandestinos donde se vendía alcohol, ya fuera pulque, chinguirito, vino u otras bebidas embriagantes.”

 

En ruinas

En las casas de vecindad, la vida estaba a la vista de todo el mundo. La puerta sólo se cerraba en la noche para dormir. Si se cerraba en el día, la gente murmuraba, sobre todo si antes una mujer había invitado a un hombre a pasar al cuarto... Durante el día, diversos vendedores y el aguador entraban en el patio; pero en la noche, al cerrarse el zaguán, lo que pasaba dentro era privado para los de afuera.

“De las casas de vecindad del siglo XVIII en el Centro Histórico de la Ciudad de México, casi no queda nada que rescatar. Han sido destruidas y los vendedores las usan como bodegas”, advierte Lozano Armendares.

Una que se salvó de la ruina es la que ocupaba desde 1967 el otrora convento de Santa Inés. En 1992 dejó de funcionar como casa de vecindad para albergar el Museo José Luis Cuevas, en cuyo patio central se erige la escultura monumental conocida como La Giganta, del artista plástico recién fallecido.

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