Tenochtitlán, ¿muerte o supervivencia?

La historiadora del arte Barbara E. Mundy afirma que la ciudad mexica no murió y que los indígenas ayudaron en su transformación
Barbara E. Mundy, profesora en la Universidad de Fordham en Nueva York, es la autora de La muerte de Tenochtitlán, la vida de México (Grano de sal) (CAMILA MATA. EL UNIVERSAL)
06/03/2018
00:43
Abida Ventura
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En su tercera carta de relación, dirigida al rey Carlos V de España, Hernán Cortés describió en 1521 la muerte de Tenochtitlán como una ciudad que quedó totalmente quemada y asolada por sus tropas. ¿Fue eso posible? ¿Pudo realmente Cortés y sus solados destruir una ciudad con cerca de 150 mil habitantes?

“Es una pequeña mentira lo que escribió Cortés sobre su dominio de la ciudad”, discrepa la historiadora del arte Barbara E. Mundy, autora de La muerte de Tenochtitlán, la vida de México (Grano de sal), libro en el que demuestra cómo esa ciudad mexica y su población indígena sobrevivieron y jugaron un rol crucial en la construcción y transformación de la urbe que ahora habitamos.

“Hay investigadores que dicen que no fue una conquista, sino una invasión de los españoles, pues ellos tuvieron que vivir en espacios que habían construido los mexicas, Cortés tuvo que vivir en el Palacio de Moctezuma; también aprovecharon los espacios ya establecidos para construir sus iglesias. Los españoles dependieron de mano de obra indígena, y quienes dominaban eso eran los gobernantes indígenas, ellos jugaron un papel importante en la reconstrucción de la ciudad”, plantea la investigadora, quien sugiere revisar si realmente se puede hablar de una conquista cuando las huellas de Tenochtitlán y sus habitantes brillaron y resistieron hasta nuestros días.

“¿Conquista es la palabra justa para describir lo que pasó en esa época? Invasión puede ser otra palabra y las palabras cuentan, decir que fue una conquista es aceptar que yo siendo mexicana soy dominada y eso no es la verdadera historia”, plantea la profesora en la Universidad de Fordham en Nueva York.

La verdadera historia, dice, está escondida en las propias crónicas de los españoles, en los mapas, en las esculturas y los restos arquitectónicos que dan cuenta de la presencia indígena y el papel que tuvieron en el desarrollo de la ciudad después de 1521. Y es a partir de esas fuentes documentales, obras artísticas, arquitectónicas y urbanas que la historiadora obtiene datos para hablar de la supervivencia, en vez de la muerte de Tenochtitlán.

“Las fuentes que dominan son las crónicas españolas y cuentan una historia falsa, empezando con Cortés, quien dijo que destruyó completamente la ciudad y eso no fue verdad porque en el siglo XVI era una ciudad importantísima, pero mayormente indígena, es poco común saber que había dos cabildos, el de los españoles y el de los indígenas; la familia de la realeza mexicana tuvo un papel importantísimo en la reconstrucción de la ciudad, la población indígena de la ciudad era cuatro veces más grande que la española y negra”, señala.

La ciudad mexica construida sobre el lago no desapareció de un día para otro, los españoles destruyeron grandes palacios prehispánicos, pero la población indígena siguió habitando la ciudad, sus casas, continuó con sus tradiciones que poco se fueron fusionando con la religión católica. “¿Cómo hubiera sido posible que una ciudad con miles de personas desaparecieran de un día a otro? Eso fue imposible”, enfatiza Mundy.

Uno de esos grandes legados indígenas que sobrevivió después de la Conquista española fue el manejo del agua, ese elemento de la naturaleza que los mexicas supieron dominar bien, sostiene la historiadora: “Uno de los primeros actos de los mexicas fue controlar las aguas de la Cuenca, llevaron el agua potable desde Chapultepec hasta el pie de Templo Mayor construyendo un gran acueducto”. Después de la Conquista, refiere, en 1573 Antonio Valeriano, un descendiente indígena y dirigente destacado en el cabildo de México-Tenochtitlán fue quien encabezó la construcción de otro acueducto que fue desde Chapultepec hasta el centro de la Nueva España.

Los españoles, en cambio, “al llegar a estas tierras pensaban en los paisajes secos de España e intentaron recrearlo en la Cuenca de México que es totalmente lacustre; por 400 años intentaron sacar el agua de la cuenca hasta que se logró a principios del siglo XX con Porfirio Díaz”. Y esa batalla contra la naturaleza sigue hasta nuestros días, añade la historiadora: “Es una locura pensar en que recibimos tanta agua en tiempo de lluvia y hay inundaciones, pero al mismo tiempo hay escasez de agua potable, no tiene sentido, y es por la manera incorrecta de entender cómo vivir con el agua. Los mexicas aprendieron por siglos a vivir con el agua y a controlarla”.

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