"Siempre me he sentido un niño, un niño viejo"

En su nuevo libro, Meditaciones desde el subsuelo, Guillermo Fadanelli, colaborador de EL UNIVERSAL, se sumerge en sus abismos personales para reafirmar su crítica al mundo en el que vivimos
Guillermo Fadanelli asegura ser un pesimista falso, tiene pocas esperanzas en el progreso de la sociedad, pero eso no le quita la curiosidad que representa escribir un libro. (IVÁN STEPHENS. EL UNIVERSAL)
25/10/2017
10:00
Yanet Aguilar Sosa
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Guillermo Fadanelli es un niño viejo, un pesimista falso porque sabe que no puede haber un pesimismo perpetuo. Es un apasionado de la filosofía, de las ideas, de la lectura; pero es al tiempo, a pesar de ser agnóstico, un creyente de la literatura. “Soy un pesimista falso, pero me gusta escribir y cuando escribo me siento en casa. Es una casa alternativa, que ya es algo”.

El escritor y colaborador de EL UNIVERSAL se ha sumergido otra vez, como siempre, en las profundidades de sus abismos personales y en su biografía literaria para plantear su crítica hacia el mundo, hacia la humanidad y hacia la sociedad mexicana en un nuevo libro.

Meditaciones desde el subsuelo (Almadía, 2017) es un ensayo que cuestiona, pero que también llama a defender la individualidad del ser humano; un libro que golpea fuerte con ideas, que provoca, que llama a la conversación y a la acción, y que alienta a seguir dando la batalla por la libertad, la justicia, la igualdad y contra la sociedad mezquina.

 

¿Qué dice el niño que fuiste, el joven que cuestionaba el mundo?

Recuerdo que citando a cierto autor me gustaba decir que incluso el recién nacido ya tiene edad suficiente para morirse. Siempre me he sentido un niño, un niño viejo. En la editorial que fundé hace 22 años y que espero que nunca crezca, sino que se limite a unos cuantos libros al año —lo pequeño es hermoso—, siempre ha habido páginas para darle voz a los más jóvenes. Pero a mí me interesan los jóvenes con espíritu viejo. No creo que ser joven sea un obstáculo para la reflexión, para ser rebelde, para mirar con nuevos ojos las viejas situaciones o lacras que nos pesan o atropellan. Bienvenidos los jóvenes viejos, que son individuos en formación.

 

¿Qué dice hoy el hombre maduro, sigue siendo un rebelde?

El otro día pensaba “no me he sucidado porque hay algunos autores que todavía me gustaría leer” y no dudo que algún matemático diga “no me suicido porque quiero saber un poco más de matemáticas”. La curiosidad es un impulso en el conocimiento, un impulso humano y mientras haya curiosidad hay un niño allí, puede ser un niño de 90 años, un niño de 100 o de 10 mil años. Pero la niñez es un enfrentamiento al mundo, un habitar el mundo desde la curiosidad aun cuando la vida te haga pesimista.

 

Te dices un pesimista pero en realidad no lo eres

Yo regularmente digo que soy un pesimista falso, porque pese a tener escasas esperanzas del progreso de mi sociedad aún así tengo curiosidad y creo que escribiendo libros puedo influir un poco para detener la maquinaria que destruye al individuo como individuo y lo convierte en nada, lo convierte en capa geológica.

 

¿Te mueven pasiones, por ejemplo la literatura y la filosofía?

Yo quería estudiar filosofía cuando era joven pero mi padre se negó rotundamente porque consideraba que la filosofía como sirve para todo no sirve para nada, y yo no me rebelé ante mi padre, me rebelé en otros aspectos, pero él era un obrero, un hombre que trabajó mucho y que merecía que su hijo fuera un profesionista, él deseaba un ingeniero. Pero la gravedad, la atracción que me causaron las letras y los libros hacia los veintitantos, casi 30 años, fue inevitable y no pude luchar contra ella. Dejé la facultad, emprendí un largo viaje, rompí con todas las cadenas que me ligaban a la familia, a mi querida primera novia, al futuro como ingeniero y allí comencé a dar esos pasos hacia la literatura. A veces el entusiasmo decrece, la desazón y la zozobra; contemplo mi sociedad y a las personas. Yo camino mucho y no concibo la literatura si no es también como un paseo, un observar, un mirar al otro, un poblar las calles con sus propios pasos, advierto una sociedad llena de zozobra, desconfianza, excéptica ante cualquier clase de futuro que le muestre un partido político o una tendencia política. Es una tristeza y sin embargo, como diría Borges, merecemos ser dichosos aunque sea por un momento. No puede haber un pesimismo perpetuo y la felicidad siempre será a cuentagotas, se es feliz por momentos, no se puede ser feliz siempre.

 

¿El pesimista falso nos permite tener un optimista aguerrido?

Sí, porque trato de no tener una idea rígida de mí mismo, no quiero ser alguien coherente, incluso en los libros que he escrito hay honradas contradicciones, cuando uno piensa o reflexiona se tropieza. La verdad es una especie de señuelo para avanzar, para leer, para discernir. Trato de no pensar demasiado en mí mismo como personalidad o como alguien que tiene ya sus ideas muy bien perfiladas y acabadas. Me consideraría en todo caso un proyecto inacabado y que así terminará, inacabado, contradictorio, lleno de fisuras. Pero creo que cuando dejas de pensar en ti mismo como un ser sin fisuras y comienzas a verte como una persona harta en contradicciones, temerosa ante un mundo que desconoce, furiosa, entonces empieza uno a vivir.

En lo personal no tolero a las personas que hablan con gran seguridad, que nos muestran el camino, que nos dan grandes argumentos para demostrarnos su inteligencia y sin embargo pese a tanta inteligencia y tanto buen argumento y tanta ética constructiva vivimos en sociedades terriblemente desiguales y sufrientes. ¿De qué sirve entonces la inteligencia? No sé. Soy un pesimista falso pero me gusta escribir y cuando escribo me siento en casa. Es una casa alternativa, que ya es algo.

 

¿Eres un distraído que promueve la idea de que hay que aprender desde la distracción?

Sí. Es una idea peligrosa porque pareciera ser que el distraído puede ser cazado o puede ser atrapado en cierto momento. No, yo cuando hablo de la distracción quiero decir que no hay que continuar o seguir una línea recta, que hay que mirar a los lados, que hay que detenerse en algún momento y mirar lo que hay alrededor; que las metas que uno se fija no son más que horizontes preconstruídos o preconcebidos. No me parece mal tener metas y cumplirlas pero sí creo que antes de llegar al cumplimiento de esas metas tiene más sentido si has caminado distraidamente, si has escuchado a quien opina distinto a ti, si has mirado mundos que no querías mirar, si has sido curioso con los distintos aspectos del conocimiento.

No estoy en contra de la especialización, pero no dejo de pensar que a veces la especialización en una sola disciplina te convierte en una especie de ignorante con respecto a lo otro. Creo que todo está relacionado con todo, que los vasos comunicantes nos van llevando de un lugar a otro, nos van sorprendiendo y nos van formando. Hablo de la distracción como rebeldía ante el camino rígido, la meta dogmática, la especialización en el conocimiento. No, distraerse un poco, torcer el camino. Me gusta mucho la digresión, comenzar un tema y terminar en otro lado y quizás después volver.

 

¿La literatura es fundamental?

La literatura no va a cambiar el mundo, va a cambiar a algunas personas y quizás esas personas puedan, tarde o temprano, transformar su sociedad para bien; creo que todo está ligado con todo, no separo literatura de política, de cultura. Creo que el progreso debería de tener como fundamento una vocación de pensar por uno mismo, no permitir que los demás piensen por ti, y en ello la literatura y la lectura son muy importantes, y estar siempre dispuestos a la rebeldía, a la pelea y a la crítica.

Roberto Pliego alude al boxeo al hablar de tu obra ¿te gusta el cuadrilátero, golpear, provocar?

A mi madre le gustaba el boxeo, su boxeador favorito era Mantequilla Nápoles, a mi padre también, y el boxeador que él más admiraba era Rubén Olivares. Veíamos el box juntos, y mi madre sí que sabía golpear, pero sabía golpear con las palabras. Nunca encontré una persona que insultara tan bellamente como ella, dolía pero nos restaurábamos y la paz volvía.

¿Me gusta provocar? Sí, pero no me gusta provocar de manera mecánica, por mero pugilato, por mero afán de boxear, siempre intento lastimar intelectualmente, quiero que me digan de dónde provienen sus ideas, quiero preguntarle a escritores o filósofos o politólogos, que nos hablan con tanta seguridad, de dónde provienen sus ideas, por qué piensan de esta manera y no de la otra. Me gusta la confrontación pero como conversación.

¿No noqueas a tu contrincante?

Apabullar al interlocutor es una majadería, no hay interlocutor malo. Mi casa ha sido un bar los últimos 30 años, por donde han pasado toda clase de artistas, de escritores, de personas que practican otras profesiones, de holgazanes sin rumbo, de amigas y amigos de todas las edades. Y sé que mi mesa es abierta, donde impera la libertad, donde se puede escuchar al otro, es un buen vehículo para la conversación y si no al progreso sí para la reflexión y para salir de esas mesas siendo otros. Jamás está en mí, ni estará, imponerme a mi interlocutor, los argumentos me tienen sin cuidado. Hay muy buenos argumentos respecto a la lógica, a la causalidad, a la retórica, argumentos aparentemente muy sólidos, no me gusta, prefiero insinuaciones, prefiero nociones de cómo son las cosas.

Parezco arrogante, doy esa impresión, pero no, me gusta conversar y promover la libertad en todos los sentidos, sobre todo la libertad del individuo para ver si es posible que ese individuo construya comunidad a lo largo de su vida. No soy un sacerdote, soy ateo, agnóstico quizás, y si quiero crear comunidad es para que esa comunidad en la que vivo se organice y me deje en paz porque aprecio mucho la soledad. Mi casa debe cumplir ya 30 años como bar abierto a toda clase de personas, creo que es momento de retirarme.

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