La historia del primer memorial del sismo

Activistas, feministas y artistas, entre otras personas, el 24 de septiembre hicieron un homenaje, y nombraron, a los fallecidos en Bolívar y Chimalpopoca
Las ofrendas que dejaron las personas que se sumaron al memorial constituyeron una suerte de instalación. En homenaje a las víctimas, se llevaron objetos relacionados con las actividades que allí hacían (FOTOS: CORTESÍA GUILLERMINA NAVARRO)
04/12/2017
04:00
Sonia Sierra
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En la esquina de las calles Chimalpopoca y Bolívar, en la colonia Obrera, aún son visibles las huellas del primer memorial a las víctimas del terremoto del 19 de septiembre. Un memorial que buscó nombrar a quienes habían perdido la vida allí y cuya historia —varios hechos lo demuestran— extrañamente se quiso borrar.

En el lote, que en una parte ya se habilitó como estacionamiento, quedan algunos grafitis, ropa y flores secas que son huella del memorial y de una ofrenda puesta el Día de Muertos. Esos objetos evocan las vidas humanas que se perdieron con el derrumbe del edificio Bolívar 168 —el parte oficial es de 15 muertos—. La historia de estas muertes generó muchas preguntas. No se resolvieron con el reporte de la Secretaría del Trabajo y Fomento al Empleo de la CDMX. Los convocantes a este memorial aún preguntan por las condiciones en que trabajaban estas personas.

El domingo 24 de septiembre, artistas, activistas y feministas —mujeres en su mayoría— llevaron a cabo el memorial entre las 11:00 y 16:00 horas; consistió en un encuentro, en la mayor parte del tiempo silencioso, donde pusieron objetos e instalaciones. Fue un homenaje a los fallecidos que, en principio, se pensaba sólo fueron mujeres e inmigrantes. Quien convocó fue la artista Lorena Wolffer, pero también participaron, en un grupo de más de 100 personas, las activistas y promotoras culturales Guillermina Navarro —fotógrafa—; Aurora Montaño Barbosa y Verónica Navarro, fundadora de Mujeres Aportando a Mujeres (MAM). Ellas contaron a EL UNIVERSAL cómo fue la participación en este memorial.

El recuerdo del 85. Una de las primeras inquietudes en torno de lo que pasó en Chimalpopoca fue el precedente de las costureras muertas en 1985, en un edificio de esa zona. Por otra parte, la rapidez con que actuaron autoridades para retirar escombros, a diferencia de otros edificios de la ciudad, generó sospechas. “Las leyendas urbanas son expresión del sentir de la gente que se siente burlada porque no se dan las respuestas adecuadas”, opina Aurora Montaño.

Guillermina Navarro, quien ha trabajado haciendo registro de obras de Wolffer, cuenta: “No se sabe por qué la necesidad tan rápida de meter al Ejército, de limpiar las evidencias de lo que había pasado ahí, de no dejar trabajar a los voluntarios”. Recuerda que tras el sismo, fotografiaba al tiempo que ayudaba a personas que lo necesitaban, con diversas asociaciones. Entonces fue a Chimalpopoca a tomar fotos: “La verdad es que no se podía tomar fotos más que de la valla y los voluntarios que había. Me di cuenta de que llevaban mucho tiempo y de que no los dejaban pasar”.

Tras apoyar el trabajo que se hacía en varios espacios de la colonia Roma, como fue en Huerto Roma, Aurora Montaño se enteró de lo que pasaba en Chimalpopoca: “Lorena me contó que no se sabía cuánta gente estaba trabajando ahí, en qué situación estaba, en lo laboral, su calidad migratoria; se fue aclarando que también había hombres, que no todos estaban dedicados a la costura, pero la pregunta de las mujeres activistas y artistas era y es: ¿cuáles son los cuerpos que importan? ¿quién tiene derecho a ser llorado, a tener un duelo? Y pasa porque no los podemos nombrar, nadie los busca…”, afirma Aurora.

Agrega que el caso de Chimalpopoca muestra cómo la sociedad civil, de nuevo, es la que emprende investigaciones. Además, dice, en los días previos, hubo acciones que despertaron indignación en la gente: “Vieron sacar muy organizadamente tubos de tela, entonces cuestionaban: ‘¡Antes que las telas, busquemos a las personas!’. Fue mucho desconcierto”.

La jornada dominical. Flores, copal, ropa, rollos de tela, juguetes, peluches, un montículo donde se levantó una cruz, ritos con incienso y caracoles fueron parte del memorial.

Verónica Navarro recuerda lo que vio el domingo 24: “Llegamos y fue muy impactante ver el espacio, un espacio enorme, que, en efecto, con una prontitud que asombra, en un país donde todo sucede bastante lento, se había limpiado. Habían pasado cinco días. Estaba absolutamente desmantelado. ¿Cómo desapareces eso? Teníamos la experiencia de este barrio, la Roma, que sufrió bastantes daños, donde los edificios colapsados ahí estaban, ahí siguen. Entonces la primera pregunta es: ¿qué pasó aquí que con esta eficacia se consiguió borrar un incidente de devastación humana y física?, ¿quién está detrás de todo esto?, ¿quién lo paga? Dio la idea como de una limpieza social, fue muy conmovedor. Como sucede con los feminicidios, no sabemos cuántos hay… vivimos en un país donde no podemos ni contabilizar a las mujeres que mueren. Teníamos que estar ahí para saber cuántas mujeres y hombres murieron, sus nombres, nacionalidades, edades y qué hacían….

Entre el grupo de participantes, algunas mujeres no quisieron que hubiera hombres en la manifestación. Más allá de eso, Montaño destaca, el ambiente de respeto: “Fue la solidaridad inmediata, gente que no habíamos visto jamás estábamos de pronto encontrándonos, abrazándonos con respeto. Fue el silencio. Es la importancia de estos ritos comunitarios. Lo que hemos aprendido del poder del arte y sus estrategias es que nombra. En el momento en que nombramos existe, es una persona con una historia, con allegados que lo buscan”.

Guillermina cuenta lo que ha sido volver a ver las fotografías: “Me impresionan mucho los rostros de todas las mujeres y hombres que estaban ahí. Muchísimo dolor, muchísima tristeza. Se sentía una profunda indignación. La gente no estaba en cánticos, no había eso de ‘¡Qué fregones somos los mexicanos!’. Ni fregones ni chingones. Era tal la tragedia que era súper triste”.

Estar ahí —señala Verónica Navarro—, fue decir: “seguiremos luchando desde el punto de vista social, cultural y la memoria de estas mujeres será recordada, honrada. Aquí estamos un puñado de mujeres que no estamos dispuestas a olvidar. Que es un poco la sensación que te da ahorita cuando sales a la calle: siento que el gobierno se esforzó por quitar los albergues, como si por decreto pudieras decir que nada pasó… pero basta meterse un poco a las entrañas y ves que están los damnificados, que siguen pasando frío. (...) Es hacerte invisible, y hacer creer a los demás que nada ha pasado. Este memorial, creo, debe llamarse ‘Sí Pasó’”.

Las tres coinciden en que aún no están las respuestas. “No pueden decirnos que no pasó nada —cuestiona Verónica Navarro—. Aquí había hombres y mujeres que estaban en el anonimato porque no eran ciudadanos. Es gritar ante el poder que sí pasó. Yo creo que ese grito es vigente ahorita. Nos hacen creer que entramos en la etapa de la reconstrucción, cuando las víctimas están en la calle. ¿De qué reconstrucción hablan?

De acuerdo con datos del Instituto de Ciencias Forenses de la Ciudad de México, de la PGJDF y de Locatel, en el lugar perdieron la vida 15 personas, 12 de ellas mujeres y tres hombres. De las personas fallecidas ocho eran mexicanas; cuatro de Taiwán; uno originario de Taiwán nacionalizado paraguayo; uno de Corea y uno más israelita de nacionalidad argentina.

La legalidad con que operaban las empresas allí y las formas de contratación no ha sido explicada.

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