16 artistas que reflejan la violencia de América Latina

Obras de Doris Salcedo, Carlos Amorales, Teresa Margolles y León Ferrari, entre otros, son analizadas por la investigadora española Elena Rosauro en el libro "Historia y violencia en América Latina. Prácticas artísticas, 1992-2012", publicado en España
Fernando Brito, de la serie Tus pasos se perdieron con el paisaje (2006-hasta el presente). Foto: CORTESÍA: FERNANDO BRITO
27/03/2018
00:20
Sonia Sierra
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La violencia es el tema central de la obra de algunos de los más grandes artistas latinoamericanos de la segunda mitad del siglo XX. Atraviesa las obras de la colombiana Doris Salcedo —Premio Velázquez 2010— y de la mexicana Teresa Margolles, así como las del argentino León Ferrari (fallecido en 2013), quien exhibió las formas de violencia de diversas estructuras de poder. La violencia inmediata y permanente en la región es hilo conductor de muchos ejercicios del arte contemporáneo y éstos van más allá de una mera representación.

La forma como 16 artistas latinoamericanos contemporáneos han trabajado el tema dio origen al libro Historia y violencia en América Latina. Prácticas artísticas, 1992-2012, de la historiadora del arte y doctora Elena Rosauro, editado en Murcia (España) por el Centro de Documentación y Estudios Avanzados de Arte Contemporáneo de la Región (Cendeac).
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En entrevista telefónica, Rosauro explica que el libro es una versión más corta de su tesis de doctorado: “Es una especie de cartografía —no exhaustiva, hay muchas cosas que no están por falta de espacio y, por ejemplo, los países centroamericanos son muy difíciles si no estás en la escena local— de cómo los artistas trabajan ahora sobre la violencia que tiene que ver con la historia pasada y presente”.

El libro analiza trabajos de seis mexicanos: Ambra Polidori, Fernando Brito (fotorreportero), Carlos Amorales, Ilán Lieberman, Enrique Jezik (nacido en Argentina) y Teresa Margolles; de cinco colombianos: Beatriz González, Miguel Ángel Rojas, José Alejandro Restrepo, Juan Manuel Echavarría y Doris Salcedo; del argentino León Ferrari; de los peruanos Fernando Bryce, Ángel Valdez y Alfredo Márquez, y de las brasileños Rosângela Rennó y Adriana Varejão.

La autora eligió hablar de una obra de cada uno; analizó características, forma, historia y contexto: “Mi interés fue ver sus decisiones, las estrategias formales que despliegan”, explica Elena Rosauro.
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El periodo abarca las décadas de los 90 y la primera de este milenio: “Tenía que poner límites y mi interés es cómo los conceptos de violencia e historia atraviesan las obras; 1992 fue el quinto centenario del llamado Descubrimiento, y aunque las obras no tratan esto, sí creo que en el plano intelectual el 92 supone cierto cambio, un giro hacia una manera de pensar más crítica de la historia que en la década anterior; se dio un boom de la memoria, cambiaron la forma de comunicarnos y los canales de difusión. Funciona como año bisagra, de cambios en lo social, lo político y de crisis económicas en América Latina; 2012 es la fecha que reúne bicentenarios de la Independencia, me servía un poco como fecha espejo de esos cambios y para ver cómo funcionan las obras en un escenario de neoliberalismo”.

En su análisis, Elena Rosauro trazó tres categorías sobre cómo abordan la violencia: la de los artistas que trabajan con imágenes de prensa o de archivos forenses “explícitas, crudas, reales”: Fernando Brito, con su serie Tus pasos se perdieron con el paisaje, que nace de trabajo periodístico; Carlos Amorales con La lengua de los muertos, donde toma imágenes de periódicos y forma una fotonovela, o Beatriz González, quien en las lápidas del Cementerio Central de Bogotá dibujó imágenes, a partir de la prensa, de cargueros llevando muertos.
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Están en segundo lugar las obras de los que trabajan con iconografías de la historia del arte o de la botánica; es el caso del argentino León Ferrari, quien en su collage Nunca más hace referencias a imágenes bíblicas, o del colombiano Juan Manuel Echavarría, autor de Corte de florero, con una obra que remite a láminas botánicas pero que son huesos humanos.

Y la tercera categoría que analizó Rosauro es la de los artistas que trabajan con la materialidad, con los restos: “Teresa Margolles (¿De qué otra cosa podríamos hablar? Limpieza) trabaja con fluidos, con sangre, restos, lo que queda después de la violencia. Doris Salcedo trabaja con objetos que pertenecieron a víctimas, Noviembre 6 y 7 es la intervención que hizo en el Palacio de Justicia, aunque las sillas que colgó en las fachadas no habían quedado de la toma del Palacio sino que las recolectó por otro lado; de la toma no quedó nada. Las dos artistas presentan a las víctimas hablando de ellas mismas desde otro tipo de huellas y rastros”, explica la autora.

Respecto a los hallazgos en esas maneras de abordar la violencia, Elena Rosauro abunda: “Tienen una conciencia de la historicidad de esa violencia; abordan la historia no como una cosa lineal sino como algo que hay que revisar y tratar de reconstruir, en la medida de lo posible, tomando en cuenta conceptos como la justicia. Despliegan un discurso en torno de las víctimas, es contar la historia o recontarla a partir de las víctimas; es algo que está presente en todos ellos, de forma implícita o explícita, en sus obras y discursos”.

Un ejemplo, cita Rosauro, es el trabajo de Brito (portada del libro), que es el retrato “directo y crudo de las víctimas”, y que consigue dignificarlas: “Ya no son números, son cuerpos, personas que han dejado familias. Ver esos cuerpos nos hace tener conciencia a los espectadores de que eso está ocurriendo”.
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El trabajo de estos artistas se apoya en todas las herramientas del arte contemporáneo, con especial énfasis en la apropiación de lo que hay en los medios y la cultura popular, o de los restos y las huellas de un hecho violento. Es, además, un trabajo muy distinto de la militancia de artistas en los años 60 y 70. “Se va diluyendo toda la estética del arte político que piensa que apoyando y trabajando por una causa puede cambiar el mundo. Los artistas son conscientes de que de, a pesar de todo, hay que mostrar esas imágenes y hacer esas obras para hablar de las víctimas, dignificarlas, generar un poco de conciencia. No hay esa adhesión a una causa política partidista, al marxismo, al peronismo, por poner ejemplo, sino que hay más sensibilidad hacia las víctimas. Es menos militante pero sí es política, se trata de construir ciudadanía, de reconstruir sensibilidades para intentar crear otro tejido social que se ha perdido desde los años 90 hasta hoy”.
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Esas violencias tienen muchos rostros. La mexicana Ambra Polidori en su serie de postales ¡Visite Ciudad Juárez!, que trabaja con imágenes forenses, ha denunciado los feminicidios en Ciudad Juárez. Estos artistas realizan investigaciones entre las comunidades, hacen un trabajo minucioso sobre los restos de un hecho que marcó la historia de sus países, trabajan con equipos interdisciplinarios, llevan en muchas ocasiones las obras hasta ese lugar donde pasó el hecho —el cementerio, el Palacio de Justicia—, llevan al museo los últimos restos de las víctimas. Aún sigue vigente la tesis de Teresa Margolles en la Bienal de Venecia de 2009: “¿De qué otra cosa podríamos hablar?“

 

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