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Jóvenes honduritas en la caravana

12/11/2018
02:03
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Sara dice que recién cumplió los catorce, tiene unos ojos color miel, muy bellos, la piel morena y el pelo entre castaño y rubio; le faltan dos dientes frontales, por lo que se ve más niña.

Nació en Puerto Cortés y es la primera vez que está lejos de su municipio.

Cuenta, ilusionada, que el miércoles pasado subió al metro y le gustó tanto la experiencia que la repitió más de quince veces.

Junto a ella está sentada Adriana; ambas se conocieron en la travesía. La otra joven tiene dieciocho y posee la sonrisa más rápida y más sincera de todo el refugio. Relatan que les tomó, primero, una semana y media de caminata para llegar a Guatemala, luego, otra semana y días hasta el Suchiate, también que cruzaron ese río gracias a una larga cuerda amarrada de orilla a orilla.

Igual participa Carlitos en la conversación, un adolescente que carga un bebé de un año; es su primo Anuar.

La charla tuvo lugar el mismo jueves que sus familias decidieron continuar el camino hacia los Estados Unidos. Se miraban descansados porque, durante cinco días permanecieron en el refugio que el gobierno de la CDMX improvisó para más de cinco mil personas en el estadio Jesús Martínez Palillo, de la Magdalena Mixiuhca.

Pregunto si no preferirían quedarse en México y los tres jóvenes sonríen con pudor: “No nos toca decirlo a nosotros, nuestros papás nos trajeron y vamos dónde ellos nos digan.”

Menciono a Donald Trump y sus intenciones de cerrar la frontera, pero los tres jovencitos desestiman rápido mi argumento: “Dios nos trajo hasta aquí y Dios va a convencer a ese señor para que nos deje pasar.”

Su fe es completa, no tiene quebraduras, es irracional, es esencialmente religiosa: han crecido escuchando a sus pastores decir que Dios es la causa de todo cuanto sucede y también que ellos pertenecen a la tradición de los que atravesaron el Mar Rojo, con Moisés a la cabeza.

Los ojitos rasgados de Sara me conmueven y, al mismo tiempo, me inquietan:

Ella repite lo que antes ha escuchado de sus mayores: “Corremos peligro por el camino que atraviesa México —que porque te pueden hacer cosas horribles—, pero allá, en los Estados Unidos, vamos a estar bien.”

Anuar carga un oso verde y blanco, decorado con billetes de un dólar; a veces lo muerde y otras se limpia la nariz con el juguete. El bebé esta enfermo y también lo está Adriana: ambos tosen mucho y traen los ojos llorosos.

“¿Tiene sentido tanto esfuerzo?,” pregunto. Carlos, que tiene quince, responde que él no podría regresar a Honduras. Desde los nueve años fue reclutado por las pandillas y la mayoría de sus amigos están muertos:

“Mi papá decidió que nos fuéramos para salvarme la vida,” explica mientras mece a Anuar para que no llore.

La conversación ocurre dentro de una de las inmensas carpas montadas, a poca distancia del autódromo Hermanos Rodríguez: el lugar donde hace pocas semanas se llevó a cabo la carrera Fórmula Uno.

Al tiempo que constato la miseria de estos jovencitos centroamericanos, pienso en el costo que muchos de mis compatriotas pagaron para ingresar a ese evento: 50 mil pesos llegó a costar el boleto de entrada.

México es un país rico donde viven muchas personas ricas que bien podrían ayudar a que los migrantes centroamericanos encontrasen refugio definitivo, después de haber escapado a una situación grave de crisis humanitaria.

¿Tienen familia en los Estados Unidos?,” cuestiono y todos asienten: una tía de Adriana vive en Houston, una hermana de Carlos en Pensilvania y unos primos de Sara cerca de Nueva York.

Son los parientes que están del otro lado quienes refuerzan la decisión de continuar el camino: para el migrante es más facil recomenzar la vida cuando hay quien eche la mano en el país de acogida y en México no conocen a nadie.
 

ZOOM: Durante décadas hemos expulsado migrantes mexicanos a los Estados Unidos. La deuda con nuestros nacionales es enorme y probablemente nunca podremos pagarla. México debería retribuir con generosidad histórica para que estos hermanos centroamericanos tuvieran un santuario de paz, en este momento de tanta dificultad.

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Periodista, académico y escritor. Director General del Centro Cultural Universitario Tlatelolco (UNAM), profesor de asignaturas en el CIDE y conductor de los programas Espiral y #Calle11 de Canal 11...

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