Mañana, en la elección de medio término que definirá el control del Congreso y de varios gobierno estatales, Estados Unidos se juega la cordura. No exagero. En el 2016, Donald Trump ganó la Casa Blanca con un mensaje rabiosamente nativista que le permitió rebasar a Hillary Clinton por el margen más pequeño posible en un puñado de estados clave. Aun así, en un sentido rigurosamente democrático, Trump no ganó la presidencia: Clinton obtuvo tres millones de votos más que él, señal inequívoca de que, desde la aritmética pura, el mensaje de odio y división de Trump no alcanzó el respaldo de la mayoría.

Trump, por supuesto, ha gobernado como si el calibre del mandato hubiera sido exactamente el opuesto. Gracias a la vergonzosa aquiescencia de los republicanos en el Congreso, Trump ha puesto en práctica casi toda la agenda de la derecha, incluida la instalación de dos magistrados conservadores en la Suprema Corte. A cambio, el electorado republicano le ha respondido con verdadera devoción. En un par de sondeos recientes, nueve de cada diez votantes que se identifican como republicanos ven con buenos ojos su gestión. Entre republicanos más moderados, la cifra es menor pero no por mucho: 70% lo aprueban.

La popularidad de Trump lo ha hecho amo y señor de un partido que, hasta hace relativamente poco, no solo lo rechazaba sino que lo señalaba como un impostor. Figuras que antes lo repudiaban ahora lo buscan como perros falderos (ahí está el penoso caso de Ted Cruz en Texas). Trump, por su parte, ha interpretado su dominio sobre el partido como una licencia para radicalizar su persona pública y su mensaje de campaña.

El resultado han sido casi dos años de odio y violencia. Trump parece haber decidido morirse con la suya, y la suya es la polarización más radical y peligrosa en la que ha estado inmersa la sociedad estadounidense desde la Guerra Civil. El presidente de EU echa leña al fuego de las peores pasiones del país. Acusa a la prensa de ser enemiga del pueblo. Vende falsas equivalencias morales que acaban justificando actos racistas indefendibles. Miente sin parar. Señala a los inmigrantes como causantes de todos los males que aquejan al país y los pinta como una amenaza constante: en el mejor de los casos, una carga para el Estado; en el peor, una banda de criminales en potencia. Lo suyo es la mentira por conveniencia política. La decencia más elemental y la verdad más evidente no le importan en lo absoluto. Lo que importa es ganar, a cualquier precio.

En los últimos días, la campaña de miedo de Trump ha alcanzado su punto de ebullición. Con el pretexto de la caravana de migrantes que cruza México, Trump ha desatado un auténtico asalto a la razón. Apoyado en sus aliados de Fox News y otros medios afines, se ha dado a la tarea de vender un mito incendiario. Los miembros de la caravana, insiste el presidente de EU, son un peligro inminente y a esa amenaza hay que detenerla a cualquier precio. Trump y sus secuaces han dicho de todo: hay terroristas en la caravana, hay pandilleros, hay mujeres embarazadas que solo quieren dar a luz para aprovecharse del país, hay migrantes con tuberculosis y lepra. Nada de esto es verdad, obviamente. Pero para Trump, insisto, no importa la evidencia para respaldar el discurso del miedo sino el efecto que ese discurso tiene en la sociedad. En suma, Trump está confundiendo a la opinión pública estadounidense. O para hablar en plata: pretende enloquecer a su país.

De ahí que sea tan importante que mañana el electorado de EU ponga un límite al trumpismo. Si los votantes demócratas responden en las urnas y le devuelven a su partido el control de al menos la Cámara de Representantes, el mensaje de odio y división de Trump tendría que enfrentar su primera gran crisis. Parece una perogrullada, pero el límite de cualquier discurso político es su derrota. El populista llega hasta donde el votante quiere. Un triunfo demócrata, incluso parcial, sería un gran golpe en la mesa para comenzar a devolver templanza al discurso público en EU.

Hay, por desgracia, otro escenario. Si la avalancha de odio de Trump resulta eficaz y los republicanos de alguna manera logran mantener el control del Congreso, EU entrará en una época mucho más oscura de la que hemos vivido en el primer par de años de Trump. La razón es simple. De la misma manera en que la derrota es el límite de cualquier mensaje, en la política nadie se pelea con el éxito. Una victoria republicana consolidaría de inmediato el control que ejerce Trump sobre el partido y daría luz verde al uso reiterado de tácticas de polarización para los siguientes ciclos electorales. Los republicanos –los peores republicanos de la historia– emergerían envalentonados. Los demócratas, por otro lado, perderían ímpetu y quizá comenzarían a dudar de su capacidad para librar la madre de todas las batallas cuando, dentro de dos años, esté en juego la reelección de Trump. EU entraría en una espiral de odio de consecuencias absolutamente impredecibles.

Por el bien de todos, esperemos que impere la cordura.

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