Un buen tiempo antes de que Enrique Peña Nieto eligiera al aspirante del PRI a la presidencia publiqué aquí un artículo en el que describí la probable estrategia de campaña de ese hipotético candidato como un largo truco de magia. Expliqué cómo, después de un sexenio de abusos, conflictos de interés y corrupción, el candidato del PRI se vería obligado a tratar de alejarse de su partido y su presidente —ambos impopulares y tóxicos— para intentar presentarse como algo que, en la práctica, simplemente no existe: un priista desligado del PRI, independiente de los usos y costumbres y vicios de su partido. Sugería yo entonces que, para lograr semejante engaño, el candidato del PRI seguramente comenzaría por desdeñar el tema de la corrupción —sin duda el más importante en el ánimo del electorado, sobre todo los votantes jóvenes— para luego presentarse como la única opción “sensata” frente al proyecto de Andrés Manuel López Obrador. De los años de abuso, impunidad y repugnante corrupción del peñanietismo mejor ni hablar; polvo bajo la alfombra y nada más.

Me quedé corto.

Primero lo primero: José Antonio Meade es un hombre preparado, con notables cartas credenciales académicas y experiencia (que tendrá que explicar y defender) en distintas áreas de gobierno en los últimos dos sexenios. Reconocer lo anterior no implica respaldar su candidatura ni mucho menos cerrar los ojos al acto de perverso ilusionismo político que pretende imponerle al electorado mexicano, que ya he descrito y describiré de nuevo en un segundo más. Reconocer las virtudes de un candidato presidencial no equivale a avalarlo: es un ejercicio de honestidad periodística que solo las urracas histéricas de redes sociales disfrazadas de colegas o académicos, acólitos devotos (ellos sí, con creces y por años) de un candidato, confunden con adulación. Registrada la aclaración, vayamos a los hechos.

En los días que han seguido a su nombramiento, José Antonio Meade ha dado una clase maestra de desfachatez. Su estrategia de campaña comienza con el engaño de origen que describí hace semanas: con tono suave y pausado, como un profesor universitario que no rompe un plato, Meade quiere convencer de su emancipación de la estructura priista. Así, Meade pretende borrar de un plumazo los seis años que vivió dentro del círculo más cercano del peñanietismo, ocupando tres secretarías de enorme importancia. En algunas entrevistas, incluso ha insinuado ser un candidato ciudadano, una suerte de “outsider” alejado no solo de la cúpula del priismo sino del sistema político en sí. Nada más falso. El candidato del PRI no puede deshacerse del escudo por decreto, mucho menos puede lavarse las manos frente a los errores inmediatos y los atropellos antiguos. El candidato del PRI es el candidato del PRI, no un ciudadano que, ¡ups!, simplemente se tropezó con la oportunidad de aspirar a la presidencia amparado por la maquinaria, el dinero y los vicios de un partido rapaz que es mucho más que un partido. Con el cuento de su supuesta independencia del partido que lo nomina, Meade apuesta por hipnotizar al electorado, sometiéndolo a la amnesia colectiva. Es un acto de suprema desfachatez solo explicable desde la necesidad: el PRI sabe que, en el 2018, es indefendible.

La otra apuesta de Meade es modificar la narrativa de campaña de una elección de cambio a una de continuidad. Lo primero que necesita hacer es esconder el tema que, con toda justicia, conduce la indignación del electorado mexicano: la corrupción. En entrevista tras entrevista, Meade evita hablar de corrupción recurriendo a una frase tan hecha como vacía, y mucho más en la época del peñanietismo: hay que hacer respetar la ley. “Es así de claro y así de sencillo”, ha dicho. La respuesta no basta. El lastre de la corrupción no es ni claro ni sencillo y merece una discusión profunda que incluya un mea culpa del candidato del PRI, sin importar incluso su propia honestidad personal (en esto, de nuevo, el candidato del PRI es el candidato del PRI: no hay deslinde posible de los Duarte y compañía). Después de intentar reducir el tema de la corrupción hasta lo imperceptible, Meade repetirá una y otra vez que, a pesar de sus pecados, el PRI todavía ofrece manos confiables, sobre todo en contraste con el populismo de Andrés Manuel López Obrador. De ahí, el sorprendente broche de oro que le hemos escuchado a Meade en los últimos días: el argumento que sugiere que el PRI ha hecho mucho por México, ha sido un partido de vanguardia, sensato y abierto al diálogo al que hay que agradecerle haber sido indispensable para el crecimiento y estabilidad del país. Es un argumento tan descarado que merece cierto reconocimiento: no cualquiera se atreve a tratar de revertir su impopularidad presumiendo ser indispensable e incomprendido. México no le debe nada al PRI. Es el PRI el que le debe todo al país que ha saqueado, explotado y lastimado por décadas.

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