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Un palacio que se va

05/09/2017
02:08
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Imaginemos otra ciudad, otra vida. Es el año de 1934 en la Ciudad de México. La lucha libre es una de las novedades que la posrevolución ha traído al país. Una mañana los diarios anuncian el debut en la Arena Nacional del primer luchador enmascarado. Nadie sabe quién es. Le llaman El Enmascarado Rojo.

La noche de su debut, El Enmascarado Rojo enfrenta simultáneamente a dos rivales, Jack Gorman y Dutch Bauer, conocido como El Hombre Feo. No le ven ni el polvo. Los lanza a las butacas y luego se sacude las manos con desprecio.

Los diarios dicen que ha debutado “un incógnito”. Todos quieren saber quién es. El periódico La Afición manda preguntar. El Enmascarado responde con una carta: “Tengo mis razones, que no puedo publicar, para haberme enmascarado, y no quiero, por ningún motivo, al menos por lo pronto, que se sepa quién soy”.

Algunos afirman que es un noble europeo que intenta evitar el desprestigio de su familia; otros, que es un viejo luchador al que ya nadie quería darle contratos.

La carta viene firmada con este nombre: La Maravilla Enmascarada.

Esa noche hay un tumulto en la calle de Iturbide, frente a las puertas de la Arena Nacional. Ha nacido la tradición del misterio que hallará su punto culminante una década más tarde, con la aparición de El Santo.

En una lucha “a dos de tres caídas” que reseñan todos los diarios, La Maravilla Enmascarada derrota al rey de la Arena Nacional, Ben Alí Mar Allah, apodado El Sheik. El promotor Salvador Lutteroth, se relame los bigotes. En esa Arena debuta la primera generación de luchadores mexicanos: El Charro Aguayo, Dientes Hernández, Ciclón Veloz, Adolfo Bonales, Jack O’Brien.

El cuadrilátero de la Arena Nacional es también el sitio donde ocurre la consagración de los dos ídolos mayores del boxeo mexicano de los 30: Kid Azteca y Rodolfo El Chango Casanova. Es ahí donde Kid Azteca perfecciona el gancho al hígado que dobla las rodillas de sus rivales, y de donde cada noche es sacado en brazos por una multitud eufórica; es ahí donde Casanova —con el cuerpo untado de aceite para brillar bajo la luz de los reflectores— estruja como nadie el alma de su público.

Todo arde en un incendio una noche de 1937. El lugar queda baldío durante cerca de tres años. En de marzo de 1940, EL UNIVERSAL anuncia el estreno de una de las grandes salas de cine de la capital: El Palacio Chino, de acuerdo con la nota, “una maravillosa obra surgida de la lámpara de Aladino”.

Lo es. En una época en la que en la Ciudad de México los palacios cinematográficos se van volviendo una norma (la frase es de Gustavo García), El Palacio Chino —con cuatro mil butacas acojinadas y pantalla panorámica— logra arrebatar el aliento: en su interior reúne “los más hermosos templos del lejano Oriente”: “pagodas de oro y plata de Birmania”, un enorme dios de ocho brazos, y reproducciones de “los templos de Ho-Nan y Kung-Tsé”.

Dotado con dos puertas de entrada, una hacia Bucareli, otra hacia la calle de Iturbide —lo que abre en la ciudad oscura un rutilante pasaje de luces y afiches cinematográficos—, el nuevo cine es, en resumen, “un centro cinematográfico dotado de todos los perfeccionamientos hasta el día alcanzados por la técnica” con “un confort y un lujo dignos de los mejores teatros de las grandes ciudades de Europa”.

La sala es inaugurada con una película que estelariza una estrella emergente del cine sonoro, Merle Oberon —quien pronto alcanzará la fama en Cumbres borrascosas y Lo que piensan las mujeres.

Es extraño. En el mismo sitio donde años antes surgieron las leyendas de El Chango Casanova y Kid Azteca, se estrena, en 1943, la primera película en que aparece el ídolo Pedro Infante (La feria de las flores).

A lo largo de 77 años la ciudad desfila frente a la fachada de El Palacio Chino. Dentro de su sala transcurre, asimismo, la historia del cine: desde Mujer o demonio, con Marlene Dietrich, hasta las cintas proyectadas en los años en que el viejo palacio se había convertido en una vecindad de salas sucias y palomitas tiradas en los pasillos.

Entré por primera vez en los años de infancia (proyectaban Melody, con Mark Lester, Tracy Hyde y música de los Bee Gees). Muchos años más tarde, fraccionado ya en varias salas, funcionó para un entrañable grupo de periodistas de EL UNIVERSAL como un espacio en el que era posible matar las horas muertas en tanto llegaba la hora trágica del cierre editorial.

Hace unos días lo cerraron. Nada extraordinario en una ciudad que ha dejado perder tantas cosas. Una ciudad de salas sucias y palomitas tiradas en los pasillos.

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