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La UNAM, las drogas y las balas

28/02/2018
02:01
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Hace cinco días, se desató una balacera en Ciudad Universitaria que dejó a dos muertos. El enfrentamiento, según las autoridades de la UNAM, estaba conectado a la venta de drogas al menudeo. 

Según el procurador general de la Ciudad de México, Edmundo Garrido, el incidente no está vinculado con el Cártel de Tláhuac o  alguna organización de gran escala, sino con “bandas que están alrededor de Coyoacán, por la zona de Santo Domingo”.

No es la primera vez que hay incidentes serios presuntamente relacionados al narcomenudeo en instalaciones de la UNAM. En agosto pasado, el periodista Humberto Padgett fue golpeado por vendedores de droga.

Ante este escenario, ¿qué deberían de hacer las autoridades universitarias y capitalinas? No lo que han hecho hasta ahora: detener sin ton ni son a presuntos narcomenudistas. Van al menos 29 detenciones desde que inició el año, sin hacer mella en el problema. Por una razón bastante obvia: cada vez que un vendedor es detenido se abre un espacio para un competidor. 

Entonces, ¿que debería de hacer la UNAM? Cambiar de enfoque. El problema no son las drogas, sino las balas. El objetivo no debe ser suprimir el narcomenudeo, sino modular el comportamiento de los narcomenudistas.

¿Cómo está eso? Me regreso dos pasos.

La venta al menudeo de drogas ilegales tiende a ser una actividad violenta. Sin embargo, hay modalidades distintas de narcomenudeo: flagrantes o discretas. Y no son igual de violentas.

En términos generales, las formas flagrantes de venta ilegal de drogas son más violentas que las modalidades discretas. Y la venta abierta en vía pública, como en CU, es particularmente violenta: todos los participantes están expuestos a agresiones de otros participantes o a la acción de la autoridad y, por tanto, tienden a estar armados. No ocurre lo mismo cuando, por ejemplo, la droga se entrega a domicilio, sin que nadie se entere.

Considerando que no se puede suprimir la venta de drogas y no se va a legalizar nada en el corto plazo, es un objetivo legítimo empujar el mercado del modelo flagrante al modelo discreto. Y hay maneras de hacerlo: está, por ejemplo, la experiencia de High Point, Carolina del Norte (replicada después en otras ciudades estadounidenses).

En esa localidad, el crack se vendía en plena calle, a la luz de todos. Y la policía reaccionaba con detenciones indiscriminadas. Pero pasaba lo mismo que en CU: se abría un espacio para otros vendedores. Pero en 2004 cambiaron de táctica: investigaron a profundidad un mercado específico y construyeron, mediante compras encubiertas, expedientes judiciales de todos los vendedores. 

Ya con los casos armados, procedieron a detener a los cinco traficantes que generaban violencia y a advertirles (sin arrestarlos) a los demás que se activaría su expediente y serían detenidos si los volvían a ver vendiendo en vía pública. Al mismo tiempo, se lanzaron patrullajes intensivos en la zona para evitar que llegaran nuevos vendedores. De pronto, dejó de haber oferta en esas cuadras y, sin oferta, dejaron de acercarse los consumidores. Y sin consumidores, no tenía sentido vender. El mercado se colapsó.

¿Eso acabó con la venta de drogas? De ningún modo. Pero empezó a tener lugar en locales cerrados, en las afueras de la ciudad, no en la vía pública. Esa modalidad generaba mucho menos violencia, aún si se vendía el mismo volumen.

Algo similar, adaptado a las circunstancias mexicanas, pudiera intentarse en la UNAM. Pero primero hay que cambiar de objetivo. Nadie, ni con todos los recursos del mundo, va a evitar que se venda droga en una de las mayores concentraciones de jóvenes del país. Pero si se puede evitar que eso acabe a balazo limpio.

 

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