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Por Mara, por todas, por todos

El cambio requiere de todos y desde todos los frentes. Mujeres y hombres educados y conscientes de que, si ellas viven en libertad, todos estaremos mejor
20/09/2017
01:50
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Eran las 11:30 de la mañana, un lunes a mediados de abril, hace cinco meses. Lo pensé, ya era un poco tarde para ir a caminar, pero lo necesitaba, quería pensar, así que me dirigí al parque al que acudo a hacer ejercicio desde hace más de 30 años. Al llegar me di cuenta de que, a esa hora, el lugar está prácticamente solo, pero inicié mi recorrido. Apenas llevaba unos 500 metros cuando sentí la mirada sobre mí.

Estaba sentado en una banca a un costado del camino y no me gustó como me vio. Recordé un consejo, así que le sostuve la mirada sin dejar de caminar y le dije: “Buenos días”. Solo asintió, tenía treinta y tantos años. Seguí a mi paso y dos minutos después sentí que alguien me abrazaba por detrás, giré el rostro y tenía el de aquel hombre a milímetros del mío, sus brazos rodeaban mi cintura, escuché su aliento. Primero en voz baja dije: “Ay, no”, y luego grité con todas mis fuerzas “¡No, no, no!” y logré zafarme, pero al pisar el área verde con la idea de correr hacia la zona de juegos en donde había visto gente, tropecé, caí de bruces y me arrastré. El seguía atrás de mí, pero como no dejé de gritar creo que se asustó y cuando logré levantarme, cubierta de tierra, hojas y un hilillo de sangre en la espinilla, lo vi correr hacia la salida. Me quedé temblando. Nadie me había escuchado. Volví al día siguiente, más temprano, hablé con quien debía. “Cargue silbato y un palo”, “le mal interpretaron el saludo”, me dijeron los policías. Hasta ahí el episodio. En esta ciudad y gran parte del país, lamenté, ya no vivimos, sobrevivimos.

¿Será la precarización de la vida, de la que habla Rita Sagato? ¿Será que, como dice la antropóloga argentina, vivimos una sociedad que necesita la ‘pedagogía de la crueldad’ para anular y destruir la compasión, la empatía, los vínculos y el arraigo local y comunitario? ¿Por qué ha aumentado a este grado la violencia de género? ¿Qué tiene en la cabeza un hombre como el que secuestró, violó y asesinó a Mara Fernanda Castilla? ¿De qué están hechos los que agredieron sexualmente a Valeria, Karen, Fátima, Lesvy, Karla, Frida…, todas jóvenes llenas de futuro a quienes arrebataron la vida por ser mujeres?

La mayor cantidad de violaciones y agresiones sexuales no son hechas por psicópatas, sino por personas que viven dentro de una sociedad en la que se practica el maltrato de género de mil formas que no podrán ser nunca tipificadas como crímenes, plantea Sagato, autora de La guerra contra las mujeres. De ahí que ni las sentencias ni las leyes son suficientes, sino que es necesario un trabajo a nivel más profundo, donde se normalizan las agresiones, caldo de cultivo para el crimen.

La gran violencia es la suma de las pequeñas violencias de nuestras casas, escuelas, oficinas y calles, plantea el sociólogo colombiano, experto en procesos de paz, Leonel Narváez, y hace hincapié en el desarme del lenguaje, para empezar. Y es que la necesidad de “demostrar hombría” se pasea campante por las calles y los pasillos del poder, en el transporte público y privado, en los micrófonos de algunos medios, en las universidades y en la educación familiar machista. El cambio requiere de todos y desde todos los frentes. Mujeres y hombres educados y conscientes de que, si ellas viven en libertad, todos estaremos mejor.

Por eso marchamos el domingo. Por Mara y por las 23 mil 763 mujeres que han muerto en México víctimas de feminicidio, en los últimos 15 años, siete cada día. Y porque creemos, como Rosario Castellanos, que debe haber otro modo. Otro modo de ser humano y libre. Otro modo de ser.

 

(Gracias a EL UNIVERSAL por invitarme a sus páginas, a partir de hoy, todos los miércoles).

 

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