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La afición oculta de Sor Juana

Sor Juana fue una mujer de múltiples pasiones, además de la poesía, la música y la pintura se piensa que también le gustaba cocinar. La Décima Musa vivió en una época chocolatera, donde además se producían muchos otros tipos de dulces en los conventos, en los 70 se publicó un recetario que se atribuye a la poeta
10/11/2017
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Texto: Nayeli Reyes
Fotografía actual: Nadya Murillo
Diseño web: Miguel Ángel Garnica

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Los viernes de quincena los despistados caminan por las calles del Centro Histórico, en busca de algo de comer o beber, sin darse cuenta quizá andan cerca de los pasos de Sor Juana Inés de la Cruz, la mujer que aparece en el billete de 200 pesos que posiblemente gastarán ese día, quien vivió en el ex convento de San Jerónimo, donde ahora está la avenida Izazaga.  

Sor Juana nació hace casi 366 años, un 12 de noviembre de 1651, en Nepantla, un poblado del Estado de México, pero, como muchos mexiquenses, estuvo casi toda su vida en la Ciudad de México; fue una mujer tan diversa de sí misma, dice Octavio Paz, que fue religiosa, poeta, música, pintora, teóloga andante, metáfora encarnada, concepto viviente… y hasta cocinera, añade Mónica Lavín en su libro Sor Juana en la cocina, donde, junto con Ana Benítez, recoge recetas e historias de la escritora. 

Era el siglo XVII, en aquella época la mujer sólo tenía dos opciones: el esposo o el convento, como deseaba estudiar y lo suyo no era casarse, Juana Inés de Asbaje y Ramírez de Santillana entró a los 21 años al convento de Santa Paula de San Jerónimo y desde entonces fue conocida como Sor Juana Inés de la Cruz.

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Sor Juana nunca fue retratada en vida, todos sus retratos son póstumos.

Las paredes de ese claustro vieron transcurrir los siguientes 25 años de su vida, rodeada de admiración y envidias por su talento. Esos muros ahora observan su eternidad, en los patios ya no hay monjas de blancos hábitos andando en el laberíntico convento, entre rezos y libros (pues todas las monjas que ahí estaban escribían), sino estudiantes que recorren los pasillos restaurados, adornados con poesía de Sor Juana, que andan entre las ruinas del convento y el templo.

Dejó de ser convento hace mucho, en 1867, cuando el terreno fue expropiado, usado como cuartel, luego vecindad, bodegas, talleres mecánicos, un salón de baile llamado “El Pirata”, posteriormente el salón de baile “Smyrna Dancing Club”, incluso fue el escenario de una película de Adalberto Martínez, “Resortes”.

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Vista del ex convento de San Jerónimo, en la década de los 10. Colección Carlos Villasana.

Antes de ser rescatado y convertido en la Universidad del Claustro de Sor Juana, era ya un predio abandonado. Ahora en ese recinto se resguarda un féretro con los restos encontrados de la famosa poeta, ahí está su rosario de madera original, tan intacto como su poesía, después de cerca de tres siglos. Un fragmento acompaña su tumba: “triunfante quiero ver al que me mata y mato a quien me quiere ver triunfante”.  

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Restos de Sor Juana encontrados en esa misma sala.
 

“Si Aristóteles hubiera guisado, mucho más hubiera escrito” 

La vida de la también llamada Décima Musa está rodeada de mitos, algunas historias cuentan que la enviaban a la cocina para castigarla; sin embargo, la investigadora Lourdes Aguilar Salas afirma lo contrario: “Sor Juana tiene varias pasiones, entre ellas está la poesía, la música, la escritura y por supuesto la cocina”.

Para entrar al convento de San Jerónimo, uno de los más extensos de la ciudad, Sor Juana recibió el apoyo del jesuita Antonio Núñez de Miranda y de su padrino, el gobernador Pedro Velázquez de la Cadena, quien pagó la dote requerida, tres mil pesos reales, bastante dinero para la época.

La vida en ese lugar le permitía ciertos privilegios, su celda era un departamento de dos pisos, Aguilar explica que ahí tenía una biblioteca con cerca de cuatro mil libros, una pajarera (lo cual no estaba permitido para las monjas), incluso un recibidor para las visitas, así como sus instrumentos para la observación del cielo, gusto que compartía con el poeta Sigüenza y Góngora.

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El convento fue fundado en 1586, es uno de los edificios más antiguos de la Ciudad de México, aunque queda muy poco de la estructura original. En la imagen se observa el piso del siglo XVII.

Además, de acuerdo con el libro de Mónica Lavín, durante 10 años la acompañó una mujer esclava llamada Juana de San José, que su madre le regaló cuando se hizo monja. Aguilar precisa que ella tenía gente a su servicio para hacer las labores pesadas de la cocina, por lo que ésta formaba parte de sus placeres.  

 “Pues ¿qué os pudiera contar, Señora, de los secretos naturales que he descubierto estando guisando?... ¿qué podemos saber las mujeres sino filosofías de cocina? Bien dijo Lupercio Leonardo, que bien se puede filosofar y aderezar la cena. Y yo suelo decir viendo estas cosillas: Si Aristóteles hubiera guisado, mucho más hubiera escrito”, escribe Sor Juana en Respuesta a Sor Filotea.  

Sor Juana observaba la vida cotidiana con un interés científico, se maravillaba, por ejemplo, de los cambios de estado del azúcar, de las distintas reacciones de un huevo si se freía en manteca o de lo que se podía hacer con la clara y la yema por separado, “la sagacidad de su intelecto es tal que va más allá de la ejecución de las recetas y goza al presenciar la alquimia culinaria”, escribe Lavín.

Aguilar Salas considera que la cocina era un espacio de reflexión para la monja jerónima: “siento que Sor Juana descansaba porque inventaba, inventaba sobre la propia marcha sus recetas, no era necesario que las escribiera, como buena mujer inteligente y sabia también lo era y lo fue siempre en la cocina”.
 

Poesía y chocolate 

Otro de los mitos que se cuenta sobre Sor Juana es que amaba el chocolate, tanto que tuvo que cambiar de convento para estar en uno en el que las reglas le permitieran comerlo, cuenta Carlos González Romero, guía del Museo del Chocolate (Mucho).  

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Ilustración. Museo del Chocolate.

Aguilar Salas explica que la cuestión del chocolate podría haber sido la cuestión de menor importancia por la que Sor Juana abandonó el convento de las Carmelitas Descalzas, pues, aunque en éste sí estaba prohibido porque se consideraba que interfería con la reflexión y la contemplación, además de que se le asociaba a lo festivo, lo afrodisiaco y era caro, este era un recurso que las monjas hurtaban de las cocinas y luego compartían entre ellas.

La especialista señala que Sor Juana se retira de esa orden religiosa de las Carmelitas porque todas las reglas eran muy estrictas, además, su familia consideró que San Jerónimo sería un lugar más adecuado para ella, pues se pensaba como una universidad, un lugar donde se realizarían las mujeres jóvenes. 

Ana Rita García Lascurain, directora y fundadora del Mucho, explica que la época en la que sor Juana vivió fue muy trascendente en la historia del chocolate en México, especialmente en los conventos de monjas se empiezan a desarrollar nuevas metodologías de preparación, anteriormente se bebía a la manera de los pueblos originarios, con el tiempo se fueron eliminando ingredientes como el chile, el axiote y las flores.

Los conventos de aquel entonces tenían un lugar llamado patio chocolatero o salón chocolatero, espacios dedicados exclusivamente para beber el chocolate, en San Jerónimo éste se encontraba frente al coro bajo, cerca de la cocina.

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Universidad del Claustro de Sor Juana. Al fondo se observa un horno de las cocinas de las monjas usadas en el siglo XVII.

La directora del Mucho relata que en la época de Sor Juana, la Colonia, el chocolate era muy apreciado en la vida diaria. En aquel entonces llegaron al actual territorio mexicano el trigo y el azúcar, con lo que se produce una increíble variedad de pan dulce. El acompañamiento del pan con el chocolate líquido resultó irresistible, incluso se diseñaron unas tazas llamadas “mancerinas” especiales para servir ambos alimentos y remojar el pan en el chocolate, (lo que ahora se le llama chopear).

Esa fue la época de oro del chocolate en los conventos, San Jerónimo era uno de los que tenía una producción más constante y regulada, afirma la directora del Mucho. Aunque no se sabe de recetas de chocolate que Sor Juana haya inventado, sí se piensa que lo consumía, como era costumbre en la época, mientras estuvo en la Corte es posible que ella lo bebiera en las lujosas mancerinas del palacio, posteriormente, lo tomaría en las humildes jícaras o tazas de loza usadas en los conventos, diluido en atole o champurrado. Si Sor Juana “chopeaba” no se puede saber, quizá lo hizo porque esa era la costumbre en su época.

En su libro, Mónica Lavín explica que Sor Juana era una experta dulcera del convento favorecida con la facilidad del verso, con esas habilidades enviaba recados a sus amistades. Artemio de Valle-Arizpe precisa: “¿Y aquellos suculentos y olorosos ‘recados de chocolate’ que mandaba junto ‘con un zapato bordado según estilo de México’, como muestra de rendido afecto a su bella amiga, la Excelentísima Señora Virreina, marquesa de Paredes?”

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Vista antigua al interior del Claustro.

Sor Juana siempre fue una rebelde, dice Aguilar Salas, los últimos años de su vida fueron muy accidentados, se enfrentó en la palabra con el obispo de Puebla, Manuel Fernández de Santa Cruz (alias sor Filotea) quien la acusaba de soberbia y de vanidad al criticar un sermón. Asimismo, la especialista afirma que durante toda su vida tuvo varios altercados con su confesor, Núñez de Miranda, pues él buscaba que le dedicara más tiempo a la vida del convento y menos a la escritura.

Al final de su vida Sor Juana deja de acudir al locutorio, inicia un silencio definitivo, un retiro espiritual. La muerte la sorprende después de cuidar a los enfermos, se fue en tres días, dice Aguilar, muere en medio de llagas y fiebres, se cree que por tifus o tabardillo.

La especialista explica que aún en sus últimos años no dejó de escribir, se tiene conocimiento de unas adivinanzas que envió a sus compañeras jerónimas en Portugal, un escrito llamado Enigmas, Aguilar concluye que Sor Juana buscaba desarrollarse en otros ámbitos, después de todo ya había trabajado durante toda su vida en la escritura: “los últimos dos años de su vida los pasa con ella misma”.

En 1979 se publicó por primera vez un libro de cocina con recetas del que fue el convento de San Jerónimo, al inicio hay un soneto a manera de introducción y al final está la firma de Sor Juana. Después de realizar diversos análisis al papel, se concluyó que éste era del siglo XVIII, una copia del que, se piensa, escribió de puño y letra la poeta.

Mónica Lavín explica que es posible que Sor Juana fuera la encargada de conservar la memoria gastronómica del convento, de hacer un manual para las novicias. Aunque los estudiosos de Sor Juana aún tienen sus dudas sobre la autoría del recetario, reconocen su valor en cuanto a las costumbres de la época.

En el recetario hay 36 platillos, todos son dulces menos 10, “clara vocación del convento que debía cambiar obsequios por favores y monedas que permitieran el sostenimiento de la orden y el edificio, al que las monjas y sus celdas personales habían hecho modificaciones laberínticas", escribe Lavín.

“Podremos pensar que sor Juana se deleitaba con ‘antes’ de frutas tan diversas como el mamey, la piña o la nuez, tubérculos como el betabel y lácteos como la mantequilla, y que los alfajores y las cajetas debían atenderse con secretos precisos escuchados frente al brasero (como es siempre el caso de la enseñanza gastronómica”, señala Lavín, pues si Sor Juana escribió el recetario, es de suponer que ella eligió las recetas de su predilección para perpetuarlas. 

Aguilar Salas explica que las jerónimas tenían una de las mejores cocinas, pero eran muy celosas y a veces no daban a conocer las verdaderas recetas. Cada orden hacía sus platillos con elementos propios, “el detalle estaba en el secreto y esos se fueron con las vidas de las monjas”.
 
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Donde estaba el convento de San Jerónimo ahora está la Universidad del Claustro de Sor Juana, fundado en 1979, abarca las calles de Izazaga, 5 de febrero, Isabel la Católica y San Jerónimo. 
 
Fotos antiguas: Archivo Fotográfico EL UNIVERSAL. 
Fuentes: Sor Juana en la Cocina de Mónica Lavín y Ana Benítez; “Respuesta a Sor Filotea”; entrevista con María de Lourdes Aguilar Salas, Ana Rita García Lascurain y Carlos González Romero.

Carlos Villasana y Angélica Navarrete

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