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El castillo errante de la CDMX, de la Roma a las Lomas

En la Ciudad de México existen muy pocos casos en los que una casa se ha trasladado piedra por piedra, de un sitio a otro, como pasó con este “castillo” de 1907. Hoy existe dentro de un fraccionamiento privado.
Mochilazo en el tiempo, Ciudad de México, CDMX, El castillo errante, Colonia Roma, La Loma, Edward Brown
21/02/2018
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Texto: Carlos Villasana y Ruth Gómez

Foto actual: José Antonio Sandoval Escámez

Diseño web: Miguel Ángel Garnica

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A principios del siglo pasado, en la esquina de Puebla y Mérida, se construyó una casa que llamaba la atención no sólo por la familia que la habitaba, sino por su estilo arquitectónico: un castillo en el corazón de la colonia Roma.

El restaurador Rafael Fierro Gossman nos comenta que la casa fue edificada entre 1905 y 1907  por instrucción de Edward N. Brown, que en aquella época era el Presidente de Ferrocarriles Nacionales y un amigo muy cercano de quienes idearon a la colonia Roma: Edward Walter Orrin, Pedro Lascurain y C. C. Lamm.  A partir de 1908, la construcción con su peculiar forma de “challet”, fue habitada por la familia Brown para después convertirse en la sede de las embajadas de Japón y Alemania y, para los años treinta albergó al Colegio Bachilleratos.

El señor Brown trabajó desde los 16 años en la industria ferroviaria en Georgia, E. U. A., motivo que lo trajo a México a finales del siglo XIX, cuando la empresa para la que laboraba vino a liderear la “construcción de las vías e instalaciones del ferrocarril de Saltillo a San Luis Potosí, y al año siguiente fue nombrado superintendente de división en San Luis Potosí, para recibir un ascenso en el mismo cargo pero comisionado de la zona Ciudad de México entre 1889 y 1892”, nos explica Rafael.

Rápidamente se volvió indispensable para el desarrollo de la industria nacional, ya que tenía conocidos que querían ser inversionistas en el sistema de ferrocarriles del país. Entre 1902 y 1908, Brown ocupó la vicepresidencia y la presidencia del Ferrocarril Nacional Mexicano, bajo su administración logró integrar los ferrocarriles, tranvías locales e internacionales, controlando de esta forma 13 mil 200 km de “vía ancha” además de 650 km de ampliación.

Durante esos años, Brown impulsó la construcción de estaciones y la producción de ferrocarriles en territorio nacional. Su trabajo lo llevó a conocer tanto a aristócratas como a otros altos mandos del gobierno de Porfirio Díaz, entablando relaciones de negocios y amistad exitosas:

“Leopoldo Mendívil López dice que Brown era presidente del Ferrocarril Nacional Mexicano y representante en México de uno de los banqueros más poderosos del mundo, Speyer y por eso promovía negocios con el secretario de Relaciones Exteriores, Pedro Lascuráin. Ellos y el cirquero Edward W. Orrin consiguieron los contratos del gobierno para fraccionar y desarrollar dos nuevas colonias, la Roma y la Condesa con la Compañía de Terrenos de la Calzada de Chapultepec y la Compañía de la Colonia Condesa”, narró para EL UNIVERSAL nuestro entrevistado.

Por ser parte de los fundadores de la colonia Roma, a Edward Brown se le asignó el predio ubicado en el número 21 de la calle de Mérida, que contaba con 2 mil 351 m² y hacía esquina con Puebla. No hay un documento que diga quién la hizo, pero Rafael la atribuye a un par de hermanos que también fueron vitales para la construcción de la Roma, los hermanos Lamm.

La casa tenía una arquitectura muy particular y se vio influenciada por dos corrientes: una nacional que se llamaba “campestre románica” -residencias “que se hicieron rodeadas de espacios descubiertos y por lo tanto separadas una quinta de la otra (...) con torres cilíndricas o piramidales, con techos inclinados y principalmente tejados- y otra que se desarrolló en E.U.A. a finales del siglo XIX y principio s del XX,  el “románico richarsoniano”, que se distinguía por la “variedad de elementos como tramos de muros en blanco haciendo contraste con las cintas de ventanas, y torres cilíndricas con cubiertas cónicas integradas a la rústica mampostería almohadillada”.

Asimismo, la casa contaba con herrería hecha por la empresa Pullman Palace Car Works, que además de dar mantenimiento a vías, maquinaria y estaciones de ferrocarril, también dotaba de lujo a los vagones de primera clase.

La casa se colocó al sur-oriente del terreno, contaba con un total de 950 m² de construcción distribuidos en tres plantas, un semisótano, una “sección acristalada a manera de invernadero”, fustes de mármol y una barda de piedra y acero que delimitaba el perímetro; los metros restantes se utilizaron para el diseño de un jardín. Fue uno de los primeros inmuebles de la zona y se puede inferir que resaltaba entre un paisaje sin torres de departamentos, panorámica que vemos actualmente de la zona.

“Desde el pórtico principal, se podía acceder a un amplísimo espacio de doble altura -al centro de la casa-, que a manera de “hall” permitía distribuirse a los diversos espacios interiores incluyendo la escalera que llevaba al tercer piso, salones, biblioteca, comedores y sus miradores. Parte de los acabados y ebanistería se encomendaron a la Pullman Palace Car Works, incluyendo el espectacular acceso y su vitral, trabajo que aún se conserva íntegro”, dijo Rafael.

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“En una fotografía de Manuel Ramos aparece el jardín frontal de la casa Brown y el pórtico de la esquina; además de permitirnos ver a detalle la mampostería de aparejo irregular con que se edificó la casa, los fustes de mármol sólido que sostenían ese pórtico y el intrincado diseño de la herrería, la toma permite distinguir el campanario del templo de la Sagrada Familia al fondo, sobre la calle de Puebla”, explicó Rafael Fierro. Cortesía Rafael Fierro.

Sin embargo, acontecimientos históricos -como la Revolución o la Decena Trágica- afectaron directamente al sistema ferroviario y en 1917, después de la promulgación de la Constitución, Edward Brown y su familia se fueron del país, dejando la residencia de la colonia Roma.

La casa fue arrendada, lo que permitió que fuera utilizada como embajada -primero del gobierno japonés y después del alemán- y como sede del “Colegio Bachilleratos”; a pesar de que no se modificó nada de la estructura original, cuando fungió como escuela se le añadieron un par de cobertizos. En 1937 el inmueble fue adquirido por Enrique Braun, que en 1940 empezaría a “rematar” la propiedad, sin importarle la conservación de la construcción.

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En un reportaje sobe la Colonia Roma, publicado en EL UNIVERSAL ILUSTRADO del 19 de mayo de 1932, la casa Brown ilustra la primera página de la publicación, mencionando que es "una de las más bellas residencias".

Afortunadamente, el farmacéutico Mario Padilla tuvo la oportunidad de comprarla para su familia y fue él quien se la llevó de la colonia Roma a lo que hoy conocemos como Bosque de las Lomas. Padilla era propietario de la farmacia que producía el famoso “Neumonyl”, un popular vitamínico-antigripal de la época, negocio que le había permitido comprar un “amplio y accidentado terreno en la cumbre de una loma”, por la continuación del Paseo de la Reforma.

Don Mario reunió a un grupo de arquitectos y asesores para que lo guiaran en la mudanza de la casa, de acuerdo a nuestro entrevistado para lograrlo se debía de estudiar a la perfección los materiales con los que estaba construida y decorada, la ennumeración de piedras, el alto de techos, el orden de las piezas de los vitrales, así como un minucioso análisis de cada sala antes de ser desmontada.

La casa fue re-edificada en 1941 pero, a diferencia de la colonia Roma donde vista de frente las torres estaban del lado derecho, en la “Loma” -como le decía don Mario-, las torres están del lado izquierdo, para aprovechar las vistas que ofrecía el terreno. “No estuvo mal que lo hicieran así- dice Rafael-, de hecho es algo bastante curioso que la reconstruyeran en “espejo”, ya que al igual que cuando Brown la mandó a hacer, tuvo en cuenta que se pudieran apreciar las vistas y el jardín de la Roma, aquí don Mario hizo mismo”.

En el libro El jibarito y La Loma se dice que cuando la casa estaba en la colonia Roma, no había asoleamiento y ventilación adecuados para que se pudiese tener un sótano habitable, sino que se ocupaban más como bodegas -principalmente de vino-, en La Loma, el señor Padilla pudo añadirle habitaciones destinadas al descanso y el entretenimiento para más de setenta personas.

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Imagen de la construcción una vez instalada en “La Loma”. Cortesía Rafael Fierro.

La construcción en sí tuvo muy pocas remodelaciones, la principal fueron las torres, la construcción de una especie de capilla con el material que antes pertenecía a la barda perimetral y al interior. Con el paso del tiempo, la familia estuvo involucrada en el desarrollo de los fraccionamientos de Las Lomas y a pesar de que ahora la casa pertenece a otro propietario, el inmueble sigue escribiendo su historia.

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El cambio más radical fue al interior, ya que de un estilo muy sobrio pasó a un lugar con múltiples entradas de luz. Cortesía Yamil Molina.

Otro testimonio que encontramos sobre la casa fue el de Yamil Molina Alarcón, cuyo padre trabajó para el don Mario Padilla. Comenta a El Gran Diario de México que por los años setenta, el señor Padilla obsequió a sus trabajadores un ejemplar del libro El jibarito y La Loma, un libro que había escrito. En dicho libro había un capítulo donde el señor Padilla contaba la historia de la casa y cómo logró trasladarla a Las Lomas, ese mismo libro sirvió para que tanto Yamil y Rafael pudieran conocer un poco más sobre este inmueble.

“Esa casa perteneció a un señor de apellido Brown en la época del Porfiriato, después desconozco a quien haya pertenecido, pero en 1941 el Sr. Mario Padilla, empresario farmacéutico de origen puertorriqueño que llegó a México por los años veinte del siglo pasado, llevó una estrecha amistad con los altos círculos sociales de México durante los cuarenta y cincuenta, por eso compró esa casa. Él escribió un libro autobiográfico donde habla acerca de su vida y en el capítulo “Un sueño hecho realidad” habla sobre esa casa.

El primer trabajo de mi papá fue en los laboratorios que eran propiedad del Sr. Padilla, cuando se publicó ese libro, en 1972, mi papá trabajaba ahí por lo cual recibió como recuerdo un ejemplar del libro.”

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Vista de una de las torres desde un arco de “La Loma”. Cortesía Yamil Molina.

Hoy este castillo continúa en pie dentro de un fraccionamiento privado en las Lomas de Chapultepec.

En la historia de la capital son contados los casos de éxito de inmuebles itinerantes, otros dos ejemplos son la fachada de “La Castañeda” a Amecameca y el de la casa que solía pertenecer a la familia Suinaga-Escandón a Lomas Virreyes; que llegaron al cambio de milenio con escasas modificaciones y en un buen estado de conservación

La foto principal es cortesía de Rafael Fierro Gossman.

Fotografía antigua: Cortesía Rafael Fierro Gossman y Yamil Molina Alarcón.

Fuentes: Rafael Fierro Gossman y Yamil Molina Alarcón.

 

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