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Cuando los “cerillos” eran niños, no viejitos

Durante décadas han existido unos personajes que te ayudan a empacar tus cosas en el supermercado, los cerillos.
25/10/2017
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Texto: Carlos Villasana y Ruth Gómez

Fotografía actual: Alonso Romero

Diseño web: Miguel Ángel Garnica

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Una de las actividades rutinarias de la vida de cualquier habitante del país es el hacer compras semanales en mercados, tiendas o supermercados. En estos sitios reinan los anaqueles con decenas de productos que, de acuerdo a nuestras necesidades y selección, son de utilidad en casa.

Poniéndolos dentro de un carrito, vamos de pasillo en pasillo buscando todo lo que nos hace falta o tomando los antojos del momento y, al llegar a caja, sabremos que habrá un personaje que nos ayudará a meterlos en bolsas para facilitar su transportación hacia nuestros hogares: los empacadores mejor conocidos como “cerillos”, mote que se generó popularmente ya que eran adolescentes delgaditos uniformados con un mandil y una gorrita o sombrero de color rojo, asemejándose a los fósforos.

Según datos de la Profeco, estos existen desde los años 60, luego de que en 1958 abriera el primer supermercado en el país. El objetivo: ahorrarle tiempo al cliente mientras le cobraban.

Tres primos cerillitos

Gamaliel H. y Frida G. son dos primos de 20 años que se han acompañado durante toda su vida, sus madres son hermanas y desde pequeños les han inculcado el apoyarse. A los 14 años empezaron su vida laboral ejerciendo el oficio de empacador de supermercado, en una sucursal de Bodega Aurrerá. 

Todo comenzó porque a Gamaliel le llamaba mucho la atención que, cada vez que su familia iba a hacer compras, al final de las cajas había chicos igual de pequeños que él empaquetando los productos a una velocidad impresionante y que al mismo tiempo recibían dinero por hacerlo. 

“Le dije a mis papás que quería hacerlo, porque me entusiasmó que al ser menor de edad podrías laborar, tener tu dinero. Ellos me dijeron que me brindaban su apoyo siempre y cuando no descuidara la escuela, que debía de aprender a ser responsable con las dos cosas”, comentó Gamaliel. Fue así que ingresó a Bodega Aurrera, que en ese entonces permitía que los adolescentes trabajaran de los 14 a los 16 años en sus instalaciones.

Aunque estaba muy entusiasmado por su nuevo trabajo, el desgaste que conlleva el trabajar y estudiar no tardó en llegar, le resultaba muy “pesado” tener que presentarse en la secundaria en la mañana y salir corriendo a la Bodega “tenía permiso especial de entrar 14:30 porque me hacía veinte minutos de la escuela para allá, mi horario de salida de la escuela era a las 14:00”, comentó. 

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Jovencitos y Jovencitas prestaban sus servicios como empacadores o “Cerillos” para ayudar de alguna manera a sus padres en la economía familiar. Década de los 90.

Su jornada laboral era de lunes a domingo, con un descanso entre semana y cumpliendo cuatro horas. Sus funciones intermitentes, es decir, se iban turnando las cajas, una hora están activos y otra descansaban, mismas en las que podían tomar su tiempo de comida. Claro que en épocas donde era demasiada la cantidad de gente, como fines de semana, fiestas patrias o decembrinas, las cajas no se daban abasto y los “cerillitos” sólo podían tomar tiempo para comer: “esos días sí terminaba un poco cansado”.

El joven considera que en todo su primer año de “cerillito” le fue muy bien económicamente, pero sin duda las mejores épocas en cuanto a propinas son de noviembre a enero. Ya para su segundo y último año, no tuvo mucho trabajo porque la plaza donde se encontraba el supermercado estaba en remodelación y eso ocasionó que los clientes dejaran de hacer sus compras ahí.

A diferencia de varios de sus compañeros, Gamaliel nunca tuvo ningún problema con el personal de trabajo del supermercado, aunque admite que lo más difícil es el trato con los clientes, quienes luego toman una postura muy grosera. Sin embargo, su prima Frida sí tuvo un par de choques con sus superiores, porque había veces en las que los trataban de forma “altanera”, con ganas de demostrar quién tenía el poder sobre ellos.

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Así lucían los niños empacadores o “Cerillos” al interior de las tiendas de autoservicio en los años 80. Colección Villasana – Torres.

Frida comparte a EL UNIVERSAL que empezó a ser cerillo porque su tía le comentó a su mamá que Gamaliel lo haría y que sería una buena idea que los dos se acompañaran. Después de haberlo platicado, decidieron que si ella quería, podía hacerlo, pero con la misma condición que Gamaliel: no descuidar los estudios.

“A mis padres sólo les preocupaba que me cansara demasiado, que bajara mi rendimiento en la escuela o que me deslumbrara el dinero y dejar de estudiar. Aunque para tener el trabajo teníamos que tener un buen promedio. También se preocupaban de que, por ser niña, algo me fuera a pasar”, comenta la joven.

Fue cerillo al mismo tiempo que su primo y decidió salirse, en parte, porque ya se le hacía aburrido. Para ella, el binomio estudio-trabajo no fue tan cansado “creo que al ser mi primera experiencia laboral nada se me hacía fácil ni difícil, simplemente me discipliné para cumplir con las dos cosas. Ahora lo pienso y creo que esa experiencia fue algo muy bueno para mí”.

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Un grupo de sonrientes empacadores, mejor conocidos como “cerillos”, en los años ochenta. “Historia de un Gigante 1962-2012” / Colección Villasana - Torres.

Frida nos comparte que los días con más trabajo era de septiembre a enero, ya que llegaban las fechas patrias, halloween, día de muertos, la Revolución, las fiestas navideñas y por último, los Reyes Magos. Recuerda que, como en todo, si mostraba buen trato a los clientes y hacías bien el trabajo, te daban buena propina.

Ambos primos comentan que en su época de empacadores no había adultos mayores practicando el oficio y coinciden que entre los mejores aprendizajes que les dejó el ser cerillo fueron la paciencia y la amabilidad, ya que aunque la mayoría de las personas les dirigían el saludo o les daban las gracias, había otras muy déspotas que ni siquiera volteaban a verlos, sólo esperaban que guardaran sus cosas y no les daban propina.

Brayan es el más pequeño de los primos, su interés por ser cerillo nació de ver a su hermano y a su prima: “los veía volver a casa y me daban muchas ganas de ya tener 15 años para poder serlo, lo anhelaba”.

Sus padres lo apoyaron tal y como lo hicieron con su hermano, con las mismas condiciones: “practiqué el oficio por un año, porque cuando yo entré ya habían cambiado mucho las reglas para ser cerillo, mi hermano estuvo de 14 a 16 y yo cuando llegué sólo nos dejaban de 15 a 16 años”.

Él sí alternó cajas con adultos mayores y recuerda que en los momentos en los que ambos grupos descansaban era muy bonito ya que todos platicaban entre ellos, compartiendo experiencias de vida, consejos o simplemente se escuchaban. Sin embargo, todo cambiaba cuando era la hora de las cajas, algunos de los adultos mayores no querían dejar las cajas, dejando a los jóvenes sin horas de trabajo “eran un poco egoístas, pero bueno tanto a ellos les servía el dinero de las propinas como a nosotros”. A pesar de esto nunca tuvo problemas con sus compañeros.

Nuestros tres “cerillitos” nos dicen que la experiencia de haber ejercido el oficio fue de mucho autoaprendizaje, ya que conocieron su capacidad de responsabilizarse, de ahorrar, valoraron el esfuerzo que hacían sus padres al darles dinero y empezaron a contribuir de manera simbólica a los gastos de la casa. Al mismo tiempo, los hizo darse cuenta de lo que eran capaces si se comprometían con ellos mismos al no faltar.

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Tres niños “Cerillos” observan a una señora por si requiere de sus servicios para cargar las bolsas de las compras hasta su hogar. La recompensa: una buena propina. Archivo EL UNIVERSAL.

Para Erika, la madre de Frida, el hecho de que su hija se fuera a trabajar desde pequeña fue muy preocupante, sobre todo porque era niña y no sabía si sus supervisores o compañeros iban a ser buenas personas. Ella y su hermana hablaron con los chicos para que no descuidaran la escuela y también para que consideraran que si entraban a trabajar, tendrían que cambiar su tiempo de descanso y entretenimiento.

Los adolescentes no expresaron tener ningún problema y ambas se dieron a la tarea de ir a realizar todos los trámites necesarios para que sus hijos pudieran entrar a Bodega Aurerrá: entregando documentación tanto a la empresa como a la Secretaría de Trabajo correspondiente.

“Pienso que aceptó porque era algo nuevo y diferente para ella”, comentó Erika, quien dice que desde su perspectiva los adolescentes lo vieron al principio como un juego, al que podían faltar eventualmente. Pero una vez que se dieron cuenta de que si iban constantemente, trabajaban mejor, tenían un mejor ingreso propio, así es como fueron tomándole seriedad y se volvieron responsables “ellos solitos vieron que tenían que ir bien en la escuela para poder conservar su trabajo y además, cumplir en casa. Ese fue el cambio que más me gustó porque ya no teníamos que estar atrás de ellos, como dicen "fregando", bromea.

En 1999 la Asociación Nacional de Tiendas de Autoservicio y Departamentales (ANTAD) y el Gobierno del DF firmaron el Convenio para la protección de menores empacadores, pues en esa época este empleo era de los mejores remunerados para los adolescentes: de 50 a 200 pesos diarios, además de que se registraron 75 mil menores trabajando como “cerillos” y por eso se buscó proteger sus derechos laborales.

La juventud y la experiencia

A partir de 2003, el Instituto Nacional de las Personas Adultas Mayores (INAPAM) implementó el Sistema de Empacado Voluntario de Mercancías, que consiste prácticamente en que la red de pensionados arriba de los sesenta años pudiese tener una oportunidad de trabajo.

De acuerdo al sitio oficial de la página, este programa tiene la intención de promover “la Inclusión Social de las personas adultas mayores que desean servir en una actividad voluntaria. El Sistema de Empacado Voluntario de Mercancías reconoce la experiencia de las personas adultas mayores que han experimentado alguna dificultad para competir en el mercado laboral, ya sea por sus competencias educativas y/o régimen de jubilación al que pertenecen.”

Las empresas propietarias de los supermercados fueron adhiriéndose a este programa de forma paulatina y una de las primeras fue Gigante. Por este motivo, ni Frida ni Gamaliel tuvieron la oportunidad de laborar a su lado: “hubiera sido todo un placer trabajar con ellos, Brayan nos contaba cómo se llevaba con sus compañeros y parecía que una experiencia muy linda el que compartieran sus vidas charlando, aconsejándolo”, dicen los ahora universitarios.

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“El 29 de octubre de 2003 se firma en la región de occidente, el 6 de noviembre en Baja California, el 3 de diciembre en el norte y el 12 de enero en Mérida. Con este proyecto, Gigante contribuye a que otras empresas se sensibilicen y abran sus puertas a los adultos mayores, quienes al obtener ingresos logran una mejor calidad de vida.” se lee dentro de las páginas del libro “Historia de un Gigante 1962 - 2012”.

Sin embargo este programa se ha visto envuelto en la discordia ya que si bien, por una parte ayuda a que el adulto mayor tenga un ingreso que complemente su pensión, las condiciones en las que lo consiguen no son las óptimas. Se replica la situación laboral en la que viven decenas de mexicanos: sin contratos. Para que ellos puedan ser “cerillos” ya deben de ser parte del sistema de pensionados.

En 2009, nuestro compañero Fernando Martínez escribía en su artículo “Maltratan a adultos empacadores” que Enrique Olivo y Bonilla, de 75 años de edad, había trabajado por cinco años en un supermercado sin ningún problema hasta que hubo cambio de administración en el supermercado: “la actitud de los jefes se transformó y ellos pasaron a ser “estorbo” o “achichincles”. Nos ponen a recoger los carritos que los clientes dejan por todo el estacionamiento; también nos han puesto a subir paquetes de bolsas de plástico al primer piso de la tienda. Yo he sabido de casos como en la Comercial Mexicana donde los han puesto a lavar los baños”, le explicaba Enrique.

Tanto Enrique como Brayan platicaron a este diario que uno de los problemas que solía presentarse en las cajas era que la gente era muy desesperada y como los adultos mayores tardaban un poco más en guardar la mercancía, los clientes se molestaban y no les daban propina. También empezó a haber ciertos conflictos porque los jóvenes no podían quedarse tan tarde y los supervisores mandaban a los adultos a recoger, entregar o cargar cosas dentro del supermercado, sin que ninguna de las partes se hiciera responsable en caso de que a los adultos les pasara algo.

“A diferencia de los niños, los adultos mayores se comprometen a cumplir un horario, ayudan a los supervisores a controlar a los menores, y esta relación intergeneracional es satisfactoria para ambos grupos, así como para el personal del autoservicio. (...) Son denominados ‘empacadores voluntarios’ porque ni la empresa ni el INAMPAM están obligados a asumir responsabilidad por cualquier situación que se presente” decía en 2009 Héctor Ramos, entonces vocero de la Secretaría del Trabajo.

Aún con esas penosas condiciones, la dependencia aseguraba que el programa ayudaría a que los adultos tuvieran un ingreso que iba de los 100 a los 200 pesos diarios y en temporadas fuertes hasta 800 pesos, tal como solían hacerlo los adolescentes.

Nos acercamos a dos "empacadores voluntarios" a unos pasos del supermercado de Parque Delta. Sergio y Juan estaban en su descanso, comiendo un pan y bebiendo un poco de refresco. Amablemente nos dijeron que contestarían nuestras preguntas siempre y cuando no dijéramos sus nombres, porque no les interesa crear malos entendidos. 

Sergio tiene 67 años y lleva ejerciendo el oficio por tres, el motivo por el que decidió hacerlo fue porque "no quería estar en mi casa todo el día. Recién me había jubilado y al principio fue "padre" no hacer nada, pero después me dio tristeza. No sé si lo que gano aquí es mucho o poco, pero me hace salir y despabilarme, eso hace que lo valga todo."

Para Juan, de 71 años, este empleo le ha servido para completar los gastos del hogar cuyo mayor ingreso son pensiones que tienen su esposa y él. Admite que no ha sido fácil, ya que hay veces que su cuerpo no reacciona como a él le gustaría: a prisa, sobre a todo en fines de semana o temporadas altas. "Antes me desesperaba, porque a pesar de que uno llega con todas las ganas el cuerpo es lento. Poco a poco fui agarrando práctica y hoy ya soy menos tardado, creo" dijo entre risas.

Los compañeros, que portan un uniforme azul con playera blanca y las tradicionales cangureras, comentaron a EL UNIVERSAL que la cantidad de dinero que ganan al día es muy variable, los días "muy buenos" son aquellos donde se llevan más de $ 300 pesos. Sus horarios están distribuidos en turnos que abarcan desde las siete de la mañana hasta las once de la noche -cada turno tiene una duración de cuatro horas- y tienen pequeños recesos en los que pueden comer algo o descansar. 

Ambos se despidieron diciendo que como todo tiene sus "pros" y sus "contras", pero que al menos les sirve para "distraerse y tener la oportunidad de hacer amigos, para eso nunca es tarde, ¿no creen?".

Poco a poco se fue disminuyendo el número de cerillos jóvenes y su presencia hoy sobresale en tiempos vacacionales. Le preguntamos a un par de clientes del Soriana al interior de Parque Delta, a quién consideraba que le iba mejor en propinas, si a un cerillo joven o a uno adulto y las respuestas fueron contundentes: sueles dar más dinero a los adultos mayores que a los jóvenes, porque los chicos aún cuentan con el respaldo financiero de sus padres, mientras que los adultos puede que no sólo se mantengan a ellos mismos, sino a sus hijos o ayudan a sus familiares.

En nuestra foto principal se observa a jóvenes cerillos en el área de cajas registradoras de un supermercado Wal Mart, en el año de 1996. Archivo El Universal.

Fotografía antigua: Colección Villasana-Torres.

Fuentes: Frida G., Gamaliel H., Brayan H, Erika G. Libro “Historia de un Gigante 1962-2012”. “Maltratan a adultos empacadores” de Fernando Martínez, EL UNIVERSAL. Sitio oficial del Instituto Nacional de las Personas Adultas Mayores.

Carlos Villasana y Angélica Navarrete

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