Ciudad de México, cinco de la tarde. Los volcanes que rodean la ciudad y que apenas hace unas semanas nos regalaron postales maravillosas, hoy están ocultos  detrás de una densa nube gris. Los altos edificios aparecen (si se ven) nebulosos, como si de neblina se tratara. Contaminación pura.  Los ojos arden y lagrimean, la cabeza duele, un dolor constante y sordo, respirar duele. Son los efectos de la pésima calidad del aire con la que vivimos los habitantes de esta enorme y canica ciudad.

Se decretó contingencia ambiental y con ello la prohibición de circular para automovilistas que, dicho sea de paso, son -somos- minoría. Cinco millones de autos contra más de veinte millones de habitantes de la megalópolis. Una cuarta parte apenas que emite el 80% de los contaminantes que han generado la crisis que vivimos hoy. El resto de los ciudadanos se mueve en transporte público..

Obligados por la resistencia de los contaminantes a irse, enfrentamos un doble no circula. Dos millones de autos fuera de circulación. Lo esperado: la protesta. Una protesta dura contra la decisión de dejar a los capitalinos sin automóvil dos días a la semana. La gente está enojada. Más enojada porque debe usar transporte público para poder moverse: taxis, microbuses, metrobus, metro, Ubers. Enojada porque si, el transporte público de esta ciudad es de quinta.

Por años  se ha privilegiado al automóvil (no a sus usuarios). Ha sido el auto el que ha ocupado el centro de una buena parte de las políticas públicas urbanas, de infraestructura y con ello de presupuesto. Millones de pesos en pasos a desnivel, en (mal)cubrir baches, en segundos pisos, terceros pisos, ampliar carriles y un larguísimo etcétera que no se acaba ni acaba de dejar contento a nadie.

Millones de pesos en politica populista para dejar medio-insatisfechos a unos y a otros. Porque en una ciudad con población creciente los espacios para mover los autos particulares no son, nunca son ni serán, suficientes. Aún con lo negro del panorama, más aún con el doble no circula, pienso que debemos ver las cosas desde otro ángulo.

Muchos han advertido que esto no pasa en ciudades de primer mundo. Error. Italia ha vivido contingencias ambientales como la que enfrentamos ahora y una de las primeras medidas que se toman cuando esto ocurre es -si, adivinaron- la prohibición de usar vehículos particulares, una prohibición que abarca a TODOS los vehículos (no alternados como aquí). Calles vacías sólo transitadas por personas a pie o en bicicleta.

Si bien es cierto que la prohibición NO es la solución final -ni debe serlo-, creo que los ciudadanos de esta ciudad deberíamos tomar esto como una oportunidad para construir una ciudad realmente sustentable donde el sujeto principal de la misma deje de ser el auto y volvamos a ser los ciudadanos. Para empezar exigiendo una mejora rotunda en el servicio de transporte público que DEBE dejar de ser concesionado. Hoy millones enfrentan la realidad que viven millones diariamente al usar el transporte público: un Metro atestado con tiempos de espera de hasta 30 minutos para poder abordar, autobuses y microbuses en mal estado y contaminando, falta de unidades y riesgo a accidentes vehiculares o choques, por mencionar algunos.

Sumado a ello, debemos exigir un plan de reforestación y recuperación de espacios y áreas verdes como pulmones de la ciudad. Las autoridades han sido laxas (por decir lo menos) y omisas al permitir la invasión de partes del Bosque de Chapultepec o de parques como el Parque Hundido  donde de manera irregular se construyen edificios de departamentos que luego simplemente son regularizados.

El gobierno de Mancera tendría que estar trabajando en presentarnos planes de mejora de la movilidad y no quedarse sólo esperando (con los dedos cruzados) a que lleguen buenas rachas de viento que se lleven la contaminación y con ello todos sus problemas para volver a hacer lo mismo de siempre: administrar la incompetencia.

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