Ahora prefiere no ser identificada aun cuando en algún momento hubo en las redes sociales casi una veintena de perfiles apócrifos que llevaban su nombre completo y sus fotografías: casi todos eran páginas personales, salvo una, en Facebook, titulada “Los hombres de Artemisa . .”, que le rendía un extraño tributo a su belleza y a su personalidad.

El autor de la página y los perfiles apócrifos es Manuel Barrios, supuesto abogado radicado en Barcelona, España, quien, a su vez, mantenía –y mantiene-- más de una decena de perfiles apócrifos bajo diversos nombres. Desde cada una de esas cuentas, Manuel se dedicó a intimidar a Artemisa, especialmente cuando ella decidió romper cualquier contacto con él y no cedió a ningún chantaje aun cuando él la amenazó con difundir información íntima a menos que ella le depositara 140 mil euros a una cuenta en particular:

“Recuerda: la cifra o te quedas conmigo. Ése era el trato”, le escribió en un mensaje de texto. Acto seguido le advirtió que aún guardaba las fotos y videos consigo, que todo sería cuestión de tiempo, que, en breve, liberaría uno a uno los contenidos: imágenes, diálogos, comentarios, de lo explícito a lo nimio, de confesiones que, fuera de contexto, podrían resultar incómodas, a frases cotidianas, casi anodinas, pero, al ser parte de un paquete prohibido, todo, hasta el más mínimo detalle, cobra una magnitud fuera de proporción y se vuelve igualmente amenazante.

Poderosamente, increíblemente amenazante, aun cuando la amenaza fuera poco probable o incluso imposible de cumplirse. Artemisa me muestra un correo electrónico en el que el extorsionador le advierte que “muy pronto” las imágenes (con las que la había amenazado) comenzarían a ser repartidas en los vestidores y entre el público, en referencia al lugar en que el hijo de ella entrenaba futbol.

“Todo lo guardé. A todo le saqué copia y le tomé fotos”, me explica, mientras desliza el pulgar por la pantalla de su teléfono y me muestra los perfiles en Facebook de supuestas amigas de Manuel que, igualmente, la amenazaban o la llamaban a desistir y pedirle perdón a él. También están ahí las capturas de pantalla a las imágenes y comentarios que Manuel publicó en las páginas de los colegios a los que asisten los hijos de Artemisa: es la imagen de una sesión en Skype dividida en dos pantallas: en la más chica se ve al tal Manuel tocándose el pene y en la más grande se ve unos dedos que acarician una vulva: ello ocupa casi la totalidad del espacio por lo que no se distingue un rostro ni demás detalles.

Artemisa me explica que ésa es la misma imagen que el acosador les envió por correo a sus hijos que, en ese entonces, tenían 13 y 17 años de edad y, por esta razón, en la denuncia que ella presentó contra Manuel, además de extorsión, se le acusa de pornografía infantil: entre México y España existen convenios para la persecución y penalización de ambos delitos.

Eso fue, precisamente, lo que la hizo pasar del miedo a la acción: que el extorsionador se metiera con sus hijos. Y, ahora, dice, está dispuesta a llegar hasta las últimas consecuencias “cueste lo que cueste”. Es la cuarta vez que la escucho decirlo y se lo hago notar. Ella insiste: está dispuesta a todo y contra todo. La observo mientras me pregunta si me molesta que fume y saca una cajetilla de Camel de su bolsa. Desde que la vi llegar al restaurante donde nos citamos noté esa chispa en sus ojos grandes y verdes. De hecho, en su momento dudé que se tratara de ella, pues, aunque había leído sobre su caso en la prensa, no la conocía físicamente, si acaso por la descripción que, a bote pronto, había hecho un amigo en común y a quien, a raíz de la publicación de la nota, le había pedido que me ayudara a contactarla.

Le pregunto cómo empezó todo y me cuenta sobre sus status en Facebook: son ocurrentes e irreverentes y, como sus ojos, tienen chispa. Eso le fue allegando, una tras otra, solicitudes de amistad, entre ellas la de Manuel Barrios, con quien entabló una amistad próxima, aun virtual.

Es siempre una inmersión paulatina y profunda. . . ¿Quién no ha estado ahí? Suele arrancar desde la curiosidad, la coincidencia, el refugio, el bálsamo, la adicción. . . Especialmente en casos como el de Artemisa ofrece una vida alterna y alternativa al tedio de la vida conyugal: un escape, una guarida, un confesionario, a la manera de la novela Entre mundos, de Inés Recamier, en la que vemos el contraste entre lo cotidiano y la aventura que depara ingresar al mundo virtual.

Para Artemisa fue, literalmente, una pesadilla hecha realidad que le costó el trabajo, el matrimonio, la paz del alma y casi diez kilos. Hoy se ve radiante.

--Es que ya pasó lo peor –dice.

El periodo crítico fue durante noviembre y también en diciembre cuando ella tomó unas vacaciones al extranjero, que había planeado con antelación, y durante las cuales no tuvo un instante de tranquilidad: al pendiente de cualquier amenaza que pudiera llegarle por mensaje de texto o correo electrónico, de cualquier nuevo perfil apócrifo, de cualquier link, cualquier post. . .

Cuenta Artemisa que lo que quizá desató el descontento de Manuel fue una ocasión en que él quiso desahogarse de un episodio recién ocurrido en su entorno, pero fue tal su resquebrajamiento, que ella no pudo sino alejarse. A partir de ahí, el tono de la conversación cambió. Al notar este repliegue, Manuel se tornó amenazante y empezó a cobrarle, una a una, las confesiones, las quejas, los exabruptos, las muestras de confianza, la intimidad: todo ello en riesgo de ser revelado, compartido, exhibido.

Típico del patrón de amenaza por parte del acosador, chantajista, extorsionador: exhibir, desnudar, señalar, desde la comodidad del anonimato o, en este caso, de la distancia:

“Pues sí, empieza el espectáculo: ahora todos verán todo... ahora se sabrá quién eres”, rezaba una de las amenazas.

Después de que Manuel pasó a las amenazas hubo otro disparador que lo llevó a cumplirlas: al presentar su denuncia ante la procuraduría capitalina, a Artemisa se le recomendó cortar todo contacto con su extorsionador. Ella lo expulsó de sus redes, pero esto, en vez de desalentarlo, lo llevó a actuar con desesperación: “como un animal salvaje que es cercado”. Él comenzó a traspasar los límites de una relación entre dos: subir y compartir las fotos ya descritas, crear una multiplicidad de perfiles apócrifos desde los cuales también la amenazaba e incriminaba y advertir, a través de sus redes sociales, que ya se encontraba en la Ciudad de México e incluso preguntar a sus seguidores indicaciones para llegar al domicilio de Artemisa: sin duda, el mayor de sus temores.

No obstante, a lo largo de dicho episodio, los correos y mensajes de Manuel iban de amenazas despiadadas a muestras de cariño, de la maquinaria pesada al “aquí no ha pasado nada”, de burlarse de ella y de su vida familiar a colmarla de halagos y alabanzas, del odio al amor, propios de un cuadro psicológico como el de Manuel, que uno de los terapuetas consultados por Artemisa, calificó como: psicopatía y personalidad limítrofe.

Muy a tiempo Artemisa conoció a su actual abogado que la convenció de dar un paso adelante y llevar el caso a la Procuraduría General de la República para, desde ahí, seguir los trámites necesarios con tal de hacer efectivos los convenios que España y México mantienen en los temas, ya mencionados, de extorsión y pornografía infantil.

Artemisa, como ya lo dije, sigue en pie de guerra. Durante las casi cuatro horas que duró nuestra conversación no la vi derramar una sola lágrima: la noté, empero, sensible y aguda, al tanto de su viacrucis, día con día, hora con hora, como si relatara una novela, una película, cuyo final anhelamos y aún desconocemos.

Como suele ocurrir con quienes padecen este tipo de abusos, además de los excesos cometidos por su extorsionador, ella ha tenido que hacer frente a los malentendidos, impertinencias, insultos y ataques por parte no sólo de quienes comentaron la nota en la página de Uno TV, entre estos el mismo Manuel Barrios (a la defensiva y subestimando la información, diciendo que se trataba de un montaje por parte de una prensa mediocre y vendida (sic) aun cuando poco después eliminara sus respuestas) y sus presuntas partidarias, sino igualmente las reacciones dentro de su círculo más cercano: familiares, amigos, los papás y mamás de los compañeros de sus hijos, etc. Unos recurrieron al silencio, otros al consejo no pedido, otros a la recriminación, a hacerla doblemente víctima.

--Llega un punto en que mi respuesta ideal es: sí, tienes razón, soy una puta, sí, estás en lo cierto, soy una pendeja.

Afortunadamente ninguno de esos señalamientos le ha impedido quitar el dedo del renglón. Ella, junto con otras mujeres que también presentaron denuncia, dieron un paso adelante. Sin duda lo sufrieron, pero no se detuvieron aun cuando sus comportamientos íntimos fueron distorsionados y utilizados en su contra bajo la clásica premisa de: “tengo algo que puede perjudicarte”, “ahora todos se van a enterar de la clase de mujer que eres”, “sé lo que hiciste el verano pasado” y demás secuelas. . . Cierto: en casos como éstos la sociedad muestra su lado más hipócrita y mustio, no obstante, todo ello encuentra una valerosa contraparte cuando esta mujer, estas mujeres, no ceden su poder no importa cuán asustadas, cuán avergonzadas o cuán culpables se sientan.

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