¿México en paz?

Se encuentra usted aquí

Informalidad e ilegalidad vs cultura de la legalidad en México

1
La economía criminal se apoya en el sector informal para reclutar personal
20/01/2016
00:00
-A +A

En términos “teóricos” para comprender la cultura de la legalidad es fundamental estudiar las relaciones de las personas, sus experiencias personales y sociales, que son diferentes en cada caso y configuran la manera en que actúan frente a la legalidad. Pero en México ¿qué nos hace comportarnos frente a la ley como lo hacemos diariamente? apegarnos o no a una cultura de la legalidad o por qué hombres como El chapo y Humberto Moreira se han hecho inmensamente ricos con actividades ilícitas, a la sombra de un país sin un progreso destacado.

Cómo nos posicionamos frente a eso que pensamos como una cultura de la legalidad mientras que México vive una ola de violencia que ha minado las bases más básicas de convivencia entre los seres humanos. La situación económica tan critica que existe no es el pretexto, pero si forma parte de la descomposición social y la falta de respeto por las leyes, así como la falta de una educación pertinente sobre la cultura de la legalidad, tal como lo menciona Gerardo Paredes.[1]

Una de las explicaciones paralelas que nos ayuda a analizar lo que ocurre en México, es aquella que revela que nuestro país es parte de los tres circuitos económicos que se traslapan en las ciudades latinoamericanas: el formal, el informal y el ilegal. Esta nueva configuración espacial deriva en parte de las dinámicas regionales que demanda el mercado financiero global, en donde las políticas públicas reproducen las condiciones que producen tanto la informalidad como la ilegalidad lo cual deja un escaso margen sobre el cual cimentar prácticas orientadas a la legalidad.[2]

Evidencias recientes sugieren que cuando el Estado intenta diluir la economía informal a través de normas y controles, los incentivos son negativos o no suficientes, pues originan el fortalecimiento del crimen organizado quien está atrayendo a la población, sobre todo joven, hacia aquello que es ilegal, debilitando la estructura social de las comunidades; los lazos se diluyen porque lo ilegal ofrece también identidad, pertenecía y garantías de bienestar (por lo menos inmediato).[3]

Esos circuitos paralelos a los legales, se han integrado a la población mexicana, porque se ha desarrollado la falsa idea que entre más alto sea el poder adquisitivo, es decir entre más dinero, mayor desarrollo humano; no es fortuito que los ídolos o estereotipos de la juventud sean los líderes de cárteles de la droga. En parte este es el motivo por el que algunos autores celebran dicha economía como la alternativa para salir de la pobreza.

 

De acuerdo con un reporte de la CEPAL, el sector informal representa el 41.1% de la población económicamente activa en América Latina, sin embargo, con las nuevas metodologías dictadas por la Organización Internacional del Trabajo (OIT), México registró que de cada diez empleos, seis son informales. Por otra parte, la Convención de las Naciones Unidas contra la Delincuencia Organizada Transnacional estima que el valor del mercado ilegal de drogas -equivalente a 870,000 millones de dólares- lo cual es mayor al comercio global de petróleo y nos da una referencia sobre la importancia económica que juegan en la actualidad dichos circuitos.

La economía criminal se apoya en el sector informal para reclutar personal para sus organizaciones, establece rutas y puntos de venta en sus territorios y aprovecha las condiciones estructurales del trabajo informal para transmutarla en ilegal. Por otra parte, el crimen organizado se articula también con el sector formal mediante la corrupción de funcionarios públicos, mandos militares y policiacos, así́ como los entes encargados de las comunicaciones aéreas, marítimas terrestres.[4]

Las dos características (informalidad y crimen) antes mencionadas han consolidado el circuito ilegal en nuestro país, que en muchas ocasiones da la sensación de estabilidad, de construir comunidad, por ese pacto no escrito entre las personas, por agradecimiento, solidaridad, retribución. La ilegalidad les ha permitido “salir a delante”, lo cual lo retribuyen reproduciendo la ilegalidad y volviéndola parte fundamental de la vida cotidiana y convivencia; lo cual, no quisiera calificar como bueno o malo, sino solo ponerlo en la mesa de discusión.

Recordemos que en la reciente entrevista difundida de El chapo (propiedad de Kate del Castillo y Sean Penn) el capo más importante de la droga en México, que ha burlado en distintas ocasiones al Estado de Derecho, narra cómo desde pequeño trabajaba. Vendió dulces, refrescos, sembró maíz, cuidó ganado, cortó leña… y cómo a los 15 años al no haber fuentes de trabajo en Badiraguato, Sinaloa (ni hay en la actualidad, argumenta) la forma de sobrevivir y comprar la comida era sembrar y vender drogas (mariguana y amapola, en principio). Lo anterior le permitió salir de su rancho (La Tuna) a los dieciocho para dirigirse a Culiacán, Guadalajara, entre otros lugares, o sea abrirse mundo o “mercado”; desligando “su actividad” económica de la realidad que vive México.

De una forma superficial, dicho argumento permitiría afirmar la existencia de una especie de simbiosis entre los tres circuitos lo cual deja al ciudadano sin la posibilidad de contar con referentes, suficientes, legales que lo respalden en su vida cotidiana.[5] Una visión pesimista nos haría afirmar que:

 

Las condiciones estructurales y estructurantes de la economía como el sector formal, informal, y ahora, ilegal, así́ como la superestructura conformada por la corrupción, impunidad, descontrol y polarización socioeconómica permite solo ofrecer remedios temporales o estetizantes, dentro de una realidad mucho más dura. En contraste con las nociones de interacción social formal, la ilegalidad no debe ser interpretada como desorganización social o anarquía, sino que como la desorganización puede ser una forma institucional o un mecanismo socio-espacial de control social en donde dicha desorganización provee los espacios o vacíos necesarios para que el circuito ilegal pueda funcionar de manera concurrente. Si bien los mercados informales no son fenómenos económicos espontáneos sino instituciones estructuradas y reguladas deliberadamente, la economía ilegal ahora forma parte del engranaje económico no solo local sino también global.[6]

 

Estos tres circuitos (formal/informal/ ilegal) se materializan y forman parte de tres ámbitos importantes de la vida en México: la dimensión territorial, que tiene una poblacional; la dimensión social, que comprende una estructura y esquemas en las relaciones sociales; “y la dimensión cultural, como las ideas y actitudes tanto individuales como grupales operando bajo formas de comportamiento colectivo y de control social”.[7] Es esta última dimensión la que reproduce y encuentra útil la ilegalidad.

El concepto de cultura de la ilegalidad, no existe en términos teóricos, pero es mucho más comprendido en la vida cotidiana y en la convivencia que la propia cultura de la legalidad, pues es una expresión de que “la sociedad paradójicamente favorece caminos que ella misma ha clasificado como contrarios a la ley o a la norma moral para obtener lo que es apetecible o deseable”. Es, en alguna medida, anomía, es decir, hay falta de normas para la conducta humana, pero contradictoriamente muy normalizado en el día a día de los mexicanos, pues sería difícil entender a la sociedad sin este elemento.[8]

Es por ello que la cultura de la legalidad en México, la hemos entendido por diversos fenómenos que nos toca presenciar a diario más cercanos a la ilegalidad. Sin embargo, no podemos unirnos a la apatía…Pues, como una tarea fundamental, desde la academia, las organizaciones no gubernamentales, las instituciones, pero sobre todo desde la sociedad civil, es necesario voltear los reflectores e intervenir, sobre el papel que desempeñamos cada uno de nosotros para la reproducción de estos tres circuitos. Es urgente que desde nuestros ámbitos entendamos la importancia de involucrarnos en la promoción de prácticas y significados que se orienten a la cultura de la legalidad en México, como respuesta de incorporar a los ciudadanos de a pie al frente del debilitado modelo de Estado de Derecho de nuestro país y como encargados de las relaciones de convivencia con el otro.


Vania Pérez Morales

Investigadora del Observatorio Nacional Ciudadano

@vaniadelbien @ObsNalCiudadano

 


[1] Paredes, Oca Juan Gerardo, “La cultura de la legalidad y el sistema educativo en la sociedad mexicana”, en Revista e-formadores, Instituto Latinoamericano de la comunicación educativa, México, 2011.

 

[2] Valenzuela, Aguilera, Rafael; Monroy, Ortiz, Alfonso, “Formal/Informal/Ilegal: Los Tres Circuitos de la Economía Espacial en América Latina”, en Journal of Latin American Geography, Vol. 13, Issue 1, 2014, p. 118.

[3] ídem.

[4] Ibídem., p. 123

[5] Ídem.

[6] Ibídem., p. 126.

[7] Ibídem., p. 127.

[8] Cfr., Duque, Fernando Luis, “Cultura de la Ilegalidad en Medellín y su asociación con diversas formas de violencia”, en Revista Facultad Nacional de Salud Pública, Vol. 31, Issue 2, 2013, p. 209.

URL= http://eds.a.ebscohost.com/eds/pdfviewer/pdfviewer?sid=bc8bc090-6086-4dc3-8899-c1f5f2b813b3%40sessionmgr4004&vid=21&hid=4208, revisado el 15 de agosto de 2015.

El Observatorio Nacional Ciudadano es una organización de la sociedad civil que vincula a las organizaciones civiles para potenciar su incidencia en las políticas y acciones de las autoridades.

Comentarios