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Una foto, difundida de manera viral, parece haber impactado la percepción que millones de personas tienen acerca del drama sirio. Hay, sin embargo, muchas otras fotografías que no alcanzan semejante difusión, y que no por ello, son menos importantes. En una de ellas, por ejemplo, Khalid, de 8 años, con la cara ensangrentada, llora implacable la pérdida de su familia entera mientras unas manos intentan sostenerle. En otra, Salma, de unos 30, lleva de la mano a sus dos niños de unos 4 y 2 años. En una bolsa cargan todas sus pertenencias. Han perdido su casa y no tienen dónde ir. En una más, Musa, de 4 años, sostiene en la mano a un bebé que tiene sangre en la cara. Están tirados en el piso. Envueltos en unas cobijas. Los bombardeos más recientes los dejaron huérfanos. Podríamos seguir por horas, pero este es el tema: Ni Khalid, ni Salma, ni Musa, abandonarán Siria jamás. La migración visibiliza la violencia directa o estructural que le subyace. Y si bien resulta en miles de terribles tragedias como la del niño Aylan Kurdi, no es la causa sino el efecto de algo más. Hay otras víctimas, millones de ellas, que darían todo por salirse del sitio en donde están, pero que no pueden hacerlo. No todos pueden juntar los miles de dólares —cuotas que a medida que incrementa la demanda, van al alza— que los polleros cobran por “el boleto a la libertad”. Unos, logran efectivamente huir del conflicto pero se quedan en campos de refugiados ubicados en países fronterizos. Otros solo consiguen reubicarse dentro de la misma zona. Otros, los más, quedan atrapados entre los actores en choque, y no pueden moverse en absoluto. Para ellos, la vida es el infierno —no siempre retratado o viralizado- que resulta, a veces, peor que la muerte misma. Por eso, muchos de los países que hoy se debaten entre presupuestos y la presión internacional para recibir a unos cuantos miles de refugiados, tendrían que reevaluar su rol en el alimento a las llamas que han hecho de sitios como Siria, Irak, Afganistán o Libia, conflictos eternizados.
Conflicto y migración
Existe, como bien lo sabemos en países como México, migración ocasionada por cuestiones socioeconómicas, entre otras la amplísima brecha que existe entre los ingresos de países del norte y los países del sur. Es la migración que resulta de la combinación de factores de expulsión con factores de atracción. Ese tipo de migración no es sustituida sino robustecida a partir de la conflictiva política que observamos en vastas regiones del planeta en la actualidad.
Así, el número de personas que buscan asilo político en sitios como Europa, se ha incrementado dramáticamente en los últimos años, y se suma a los millones que buscan migrar para encontrar mejores condiciones de vida. Las balsas en las que migran personas como el niño Aylan Kurdi, están llenas de gente que procede de países africanos huyendo del hambre viajando al lado de gente que huye de la guerra y la muerte como sucede con los refugiados sirios.
Corresponsabilidad de las potencias
La “Primavera” árabe, lejos de haber propiciado condiciones de libertad y democracia para las amplias poblaciones que protestaban en las calles en contra de las dictaduras, resultó en guerras civiles y conflictos diversos para muchos de esos países. Varios de esos conflictos, como ocurre en Libia, Yemen o Siria, son alimentados por los intereses de potencias regionales rivales como Arabia Saudita y sus aliados, e Irán y sus aliados, quienes apoyan, arman y financian a actores, grupos y milicias enfrentadas (cuando no combaten de manera directa como sucede con Arabia Saudita o Emiratos Árabes Unidos en Yemen).
Lamentablemente, no son solo los intereses de potencias regionales los que nutren estos conflictos. Están también los intereses de potencias globales, las cuales, como sucede siempre, otorgan mucha mayor prioridad a sus agendas diversas, que a las consecuencias humanas que sus decisiones arrojan.
Por ejemplo, las intervenciones de Washington y sus aliados en Irak y Afganistán, lejos de resolver la problemática que se dio como excusa para efectuarlas, tienen desde hace años, a esos dos países con los más elevados índices de violencia y terrorismo de todo el planeta. Es natural que los habitantes de sitios así busquen refugio en territorios más seguros.
Más cerca en el tiempo, Libia fue sujeto de los bombardeos de la OTAN, bombardeos liderados no por Washington, sino por Francia y Reino Unido, para “proteger la vida de civiles”. Ello resultó, como era de esperarse, en el derrocamiento del líder Gaddafi —con todos los males que este líder significaba—, pero también en la prolongación y dispersión del conflicto, choques entre tribus y milicias varias, dos gobiernos coexistiendo y disputándose el país, un poderoso arsenal que quedó completamente a la deriva, y un amplio caldo de cultivo para la proliferación de la actividad de grupos islámicos. Es esa Libia, sumergida en la guerra civil, en la ausencia de un estado capaz de controlar el territorio, uno de los más importantes puertos desde el que los migrantes zarpan en esas balsas hacia Europa que a veces terminan hundiéndose.
El caso sirio
Ahora mismo, el foco se centra en Siria, una verdadera tragedia humanitaria que ha producido más de 200 mil muertos, unos 4 a 5 millones de refugiados y otros tantos millones de desplazados internos.
La guerra civil siria es producto de un conflicto político interno, que evolucionó hacia un conflicto sectario y religioso, en el que participan múltiples grupos y milicias laicas y fundamentalistas islámicas, locales e internacionales como ISIS, combatiendo contra el presidente Assad y luchando también entre sí. Pero además de todos los actores no-estatales que combaten, la guerra civil siria es escenario del enfrentamiento entre bloques de intereses regionales y globales. De un lado, los países que apoyan a Assad con armamento, financiamiento y personal, incluyen a Irán y Rusia. Del otro lado, potencias como Arabia Saudita, Turquía y Qatar —rivales de Irán— financian y apoyan a milicias laicas e islámicas diversas. Estados Unidos, a pesar de la Doctrina Obama que plantea el repliegue y el des-involucramiento de la superpotencia en conflictos locales, no es un actor inocente en este conflicto. La CIA ha apoyado a las milicias rebeldes desde el inicio de la guerra civil con inteligencia y respaldo logístico. Washington y otras potencias aliadas, han estado mucho más preocupadas por contener a Rusia, y posteriormente por bombardear a actores específicos como ISIS o como el frente Al Nusra (filial de Al Qaeda en Siria), que en realmente contribuir a la generación de condiciones de paz para ese país. Francia, por ejemplo, ha sido una de las potencias que han armado de manera importante a aquellos actores opuestos a Assad.
La participación internacional no en la solución del conflicto, sino en su prolongación, ha resultado en un empate técnico perpetuo. Cada vez que Assad se ha debilitado, incluso ahora mismo, recibe financiamiento, armamento y personal militar de apoyo por parte de sus sponsors como Rusia o Irán. De igual manera, cada vez que la rebelión parece estar sufriendo reveses serios, recibe dinero, armas y todo el apoyo logístico que requiere por parte de potencias interesadas en mantenerla viva.
Como consecuencia, lo que tenemos es un conflicto interminable que las potencias mantienen ahí, siempre asegurando que sus rivales no ganarán más que ellas en el camino, y que sus interese en la región se mantendrán vigentes.
Las repercusiones humanitarias están a la vista.
La raíz de la migración
Por consiguiente, el foco no debe estar solamente en la tragedia que viven los migrantes o refugiados, sino en la raíz de esos fenómenos y en la otra tragedia, la que viven los millones de seres humanos que quisieran pero que no pueden siquiera pensar en salir. La solución, obviamente, no está en recibir unos miles más de refugiados, sino en atender —por el bien político, económico y humano de todos los involucrados, incluidos los países europeos— en lugar de alimentar, de manera integral y colaborativa, las causas estructurales de esta clase de migración.
La foto de Aylan Kurdi pone, en efecto, el dedo en la llaga: el conflicto que les expulsó de su tierra de origen y las otras millones de historias que nunca serán contadas, las que nunca recibirán reflectores, las historias de esos seres humanos que quisieran huir del infierno, y no pueden hacerlo.
En esas otras historias, muchas de las potencias que hoy discuten cuantos cientos —de los millones de refugiados— podrán recibir, no son responsables por omisión. Son responsables por comisión. No forman parte de los silenciosos que no hacen nada ante la tragedia, sino del fuego que la hace crecer. Lo mismo en Siria, que en muchas otras partes del planeta.
¿Usted cómo lo ve?
Twitter: @mauimm
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