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El octavo capítulo de Amoris Laetitia se propone acompañar, discernir e integrar la fragilidad vivida por las familias (cf. nn. 193-312). El Papa evita hablar de “situaciones irregulares”, para recordar, por una parte, que todos los seres humanos estamos marcados por la debilidad, y para generar espacios de comunicación antes que de marginación. Es evidente, sin embargo, que no pretende abordar genéricamente cualquier tipo de pecado que se cuele en la vida familiar, sino las situaciones que a partir de alguna condición estable contradicen la convicción cristiana sobre el matrimonio y la familia.
Por mucho, este ha sido el capítulo más polémico y discutido del documento. En realidad, a mi parecer, sus críticos no carecen de razón al presentar sus reservas y perplejidades. Algunos puntos asoman una franca contradicción con la enseñanza tradicional de la Iglesia; la argumentación, sobre todo de moral fundamental, se presenta débil y confusa en ciertos puntos, y la referencia a autoridades que utiliza no resulta siempre ni convincente ni oportuna.
Con todo, me parece que hay una actitud general de parte del Papa que debe ser la clave para superar las ambigüedades, y representa, más que una nueva perspectiva doctrinal, una disposición en las actitudes que Francisco desea subrayar, y es en donde hemos de ubicar su aportación original y su valor. Me permito, a este propósito, una anécdota personal. Durante su visita a nuestro país, en la Catedral de México, tuve la oportunidad de intercambiar unas breves palabras con el Santo Padre, junto con otros sacerdotes que también prestan su servicio ministerial ahí. Entonces, a propósito de la confesión, nos dijo: “Habrá algunas veces que ustedes no puedan absolver; pero siempre, siempre, muestren misericordia”. Creo que aquí se encuentra la solicitud fundamental del Papa, y coincide con lo que ha repetido en numerosas ocasiones. No relativiza la norma, ni plantea una nueva enseñanza de la fe. “Habrá algunas veces que ustedes no puedan absolver”. Sin embargo, en cualquier circunstancia, la actitud de acogida y de apertura de horizontes de conversión no debe faltar.
Esto, de hecho, se repite en la Exhortación. Las situaciones de las que habla son, ante todo, la de quienes conviven maritalmente sin estar casados y la de los divorciados vueltos a casar. Como se sabe, uno de los temas que más atrajo la atención durante los dos sínodos de la familia previos al documento fue la de la posibilidad de que los divorciados vueltos a casar y que mantuvieran una unión marital accedieran a los sacramentos de la Reconciliación y a la comunión eucarística. La situación objetiva los identificaría como “adúlteros”, en referencia directa a palabras de Jesucristo. Ello no los “excomulgaba”, en sentido técnico, pero la limitación a la práctica sacramental podía prestarse a que así se sintieran.
Delante de ello, el Papa se detiene a recordar la doctrina que distingue la imputabilidad subjetiva de la culpa y la falta objetiva a la ley. La realidad, en efecto, puede ser muy compleja. De ninguna manera se pretendería renunciar a los mandamientos del Señor. Pero la actitud ante quien se encuentra en una situación irregular puede ayudar a que se empiecen a dar pasos de conversión, con el conocimiento y reconocimiento del desorden, el descubrimiento de los aspectos implicados en él, y la orientación esperanzada a un cambio de vida, valorando siempre el bien posible. A ello se añadiría la búsqueda de actividades eclesiales en las que pueden involucrarse. Los tres verbos de acompañar, discernir e integrar adquieren así su sentido.
En palabras del Papa: “Para evitar cualquier interpretación desviada, recuerdo que de ninguna manera la Iglesia debe renunciar a proponer el ideal pleno del matrimonio, el proyecto de Dios en toda su grandeza… La tibieza, cualquier forma de relativismo, o un excesivo respeto a la hora de proponerlo, serían una falta de fidelidad al Evangelio y también una falta de amor de la Iglesia hacia los mismos jóvenes. Comprender las situaciones excepcionales nunca implica ocultar la luz del ideal más pleno ni proponer menos que lo que Jesús ofrece al ser humano. Hoy, más importante que una pastoral de los fracasos es el esfuerzo pastoral para consolidad los matrimonios y así prevenir las rupturas. Pero de nuestra conciencia del peso de las circunstancias atenuantes –psicológicas, históricas e incluso biológicas– se sigue que, sin disminuir el valor del ideal evangélico, hay que acompañar con misericordia y paciencia las etapas posibles de crecimiento de las personas que se van construyendo día a día, dando lugar a la misericordia del Señor que nos estimula a hacer el bien posible” (nn. 307-308).
El equilibrio entre ambas exigencias es, sin duda, un arte. Con razón Gregorio Magno llamó al servicio de los pastores “arte de las artes”.
Foto: Frans Francken II, Hijo pródigo con cortesanas
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