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El capítulo séptimo de Amoris Laetitia plantea la necesidad de fortalecer la educación de los hijos en la familia. Continuando con un estilo vivaz, que no se despega de situaciones concretas, considera los desafíos peculiares que atraviesa la actual generación de padres, y propone las grandes tareas tradicionales de la educación propiciando la creatividad ante las nuevas situaciones.
“La familia no puede renunciar a ser lugar de sostén, de acompañamiento, de guía, aunque deba reinventar sus métodos y encontrar nuevos recursos. Necesita plantearse a qué quiere exponer a sus hijos. Para ello, no se debe dejar de preguntarse quiénes se ocupan de darles diversión y entretenimiento, quiénes entran en sus habitaciones a través de las pantallas, a quiénes los entregan para que los guíen en su tiempo libre. Sólo los momentos que pasamos con ellos, hablando con sencillez y cariño de las cosas importantes, y las posibilidades sanas que creamos para que ellos ocupen su tiempo, permitirán evitar una nociva invasión” (n. 260).
Para desarrollar esta idea eje, el Papa equilibra la vigilancia con la libertad. Ni se puede abandonar ni se puede pretender controlar toda posible situación. Por ello, lo fundamental se encuentra en el suscitar procesos desde dentro de las personas. “Lo que interesa sobre todo es generar en el hijo, con mucho amor, procesos de maduración de su libertad, de capacitación, de crecimiento integral, de cultivo de la auténtica autonomía. Sólo así ese hijo tendrá en sí mismo los elementos que necesita para saber defenderse y para actuar con inteligencia y astucia en circunstancias difíciles” (n. 261).
Sobre este marco de ubicación existencial de los hijos se desarrollan varios temas. En primer lugar, el de la formación ética, que antes que recibirse en la escuela se obtiene en casa. Para ello hace falta cultivar la confianza en los padres, la educación en los hábitos e inclinaciones afectivas buenas, y el ejercicio prudente de la libertad, hasta alcanzar la virtud. “La virtud es una convicción que se ha transformado en un principio interno y estable del obrar. La vida virtuosa, por lo tanto, construye la libertad, la fortalece y la educa, evitando que la persona se vuelva esclava de inclinaciones compulsivas deshumanizantes y antisociales” (n. 267).
A este propósito, reconoce el valor de la sanción como un estímulo educativo. “Es indispensable sensibilizar al niño o al adolescente para que advierta que las malas acciones tienen consecuencias” (n.268). Ello no implica inhibir el deseo, sino encauzarlo adecuadamente. Todo ello sólo se realizará con un paciente realismo, que sepa dar pasos pequeños, pero bien asimilados.
En este nivel, “la familia es el ámbito de la socialización primaria, porque es el primer lugar donde se aprende a colocarse frente al otro, a escuchar, a compartir, a soportar, a respetar, a ayudar, a convivir. La tarea educativa tiene que despertar el sentimiento del mundo y de la sociedad como hogar” (n. 276). Para ello, especialmente en un contexto en el que “reinan la ansiedad y la prisa tecnológica”, el Papa Francisco propone la estrategia de educar en la “capacidad de esperar” (n. 275), mirando también los hábitos de consumo y distracción.
Un apartado importante se detiene en la educación sexual. Ésta debe brindar información, pero una información que llegue “en el momento apropiado y de una manera adecuada a la etapa que viven. No sirve saturarlos de datos sin el desarrollo de un sentido crítico ante una invasión de propuestas, ante la pornografía descontrolada y la sobrecarga de estímulos que pueden mutilar la sexualidad” (n. 281). Se ha de desarrollar, por lo tanto, por fuera de moda que parezca, el respeto a la intimidad. “Es una defensa natural de la persona que resguarda su interioridad y evita ser convertida en puro objeto. Sin el pudor, podemos reducir el afecto y la sexualidad a obsesiones que nos concentran sólo en la genitalidad, en morbosidades que desfiguran nuestra capacidad de amar y en diversas formas de violencia sexual” (n. 281).
Aquí debe incluirse una adecuada valoración del sexo conforme al orden moral. “Con frecuencia la educación sexual se concentra en la invitación a ‘cuidarse’, procurando ‘sexo seguro’. Esta expresión transmite una actitud negativa hacia la finalidad procreativa natural de la sexualidad, como si un posible hijo fuera un enemigo del cual hay que protegerse. Así se promueve la agresividad narcisista en lugar de la acogida. Es irresponsable toda invitación a los adolescentes a que jueguen con sus cuerpos y deseos, como si tuvieran la madurez, los valores, el compromiso mutuo y los objetivos propios del matrimonio. De ese modo se los alienta alegremente a utilizar a otra persona como objeto de búsquedas compensatorias de carencias de grandes límites”. En cambio, conviene “enseñarles un camino en torno a las diversas expresiones del amor, al cuidado mutuo, a la ternura respetuosa, a la comunicación rica de sentido”, lo cual “prepara para un don de sí íntegro y generoso que se expresará, luego de un compromiso público, en la entrega de los cuerpos” (n. 283).
En este punto el Papa indica la importancia de una adecuada educación en la diferencia sexual. “También la valoración del propio cuerpo en su femineidad o masculinidad es necesaria para reconocerse a sí mismo en el encuentro con el diferente. De este modo es posible aceptar gozosamente el don específico del otro o de la otra, obra del Dios creador, y enriquecerse recíprocamente… La educación sexual debe ayudar a aceptar el propio cuerpo, de manera que la persona no pretenda cancelar la diferencia sexual porque ya no sabe confrontarse con la misma” (n. 285).
El capítulo concluye señalando la responsabilidad de la familia en la transmisión de la fe. Atendiendo a las características de las personalidades y de los momentos de su desarrollo, “el ejercicio de transmitir a los hijos la fe, en el sentido de facilitar su expresión y crecimiento, ayuda a que la familia se vuelva evangelizadora, y espontáneamente empiece a transmitirla a todos los que se acercan a ella y aun fuera del propio ámbito familiar” (n. 289).
Foto: Egisto Sarri, Primeros pasos
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