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El capítulo sexto de Amoris Laetitia reconoce la “necesidad de desarrollar nuevos caminos pastorales” ante los desafíos actuales (n. 199). Su contenido incluye reconocer las principales instancias de la pastoral familiar (nn. 200-204), proponer caminos de acompañamiento para los prometidos, tanto de largo plazo como inmediatos a la celebración (nn. 205-216), un seguimiento particular durante los primeros años de la vida matrimonial (nn.217-222) y los recursos para ello (nn. 223-230), y una amplia reflexión sobre la atención a matrimonios en situaciones difíciles (nn. 231-252), incluyendo una consideración sobre los duelos por la muerte (nn. 253-258).
El capítulo, de un intenso realismo en la descripción de muchas de las situaciones que afronta, muestra los más diversos ámbitos de solicitud eclesial ante la complejidad de la condición cultural contemporánea, y también el colosal desafío que implica el acompañamiento que se descubre necesario, y para el cual, sin embargo, resultan claramente insuficientes las actuales fuerzas pastorales. Una pregunta inquietante que deja la lectura de este capítulo es quién podrá llevar a cabo semejante tarea.
La constante, en efecto, a lo largo del capítulo, es el acompañamiento. Para ello, se subraya atinadamente que las familias cristianas “son los principales sujetos de la pastoral familiar, sobre todo aportando el testimonio gozoso de los cónyuges y de las familias” (n. 200). Es necesario a este propósito la conversión hacia actitudes misioneras, que no se queden en anuncios teóricos, sino que consideren los problemas reales de las personas (cf. n. 201). En este marco se valora ante todo la contribución indispensable de la parroquia (cf. n. 202), la necesidad de una formación particular del tema en los seminarios (cf. n. 203), y también de una formación específica de agentes laicos especializados (cf. n. 204).
El camino de preparación al matrimonio se considera tanto en el nivel de presentar la belleza del sacramento en un contexto que tiende a desconfiar de él, como en el acompañamiento directo de quienes ya se dirigen a su celebración. En lo general, se observa que “es preciso recordar la importancia de las virtudes. Entre estas, la castidad resulta condición preciosa para el crecimiento genuino del amor interpersonal” (n. 206). En lo específico, se recuerda que “tanto la preparación próxima como el acompañamiento más prolongado, deben asegurar que los novios no vean el casamiento como el final del camino, sino que asuman el matrimonio como una vocación que los lanza hacia adelante, con la firme y realista decisión de atravesar juntos todas las pruebas y momentos difíciles” (n. 211).
Respecto a la preparación del rito mismo, se aboga por lo esencial, renunciando a lo superficial. Advirtiendo que a veces se concentra la atención “en las invitaciones, la vestimenta, la fiesta y los innumerables detalles que consumen tanto el presupuesto como las energías y la alegría”, se recomienda “optar por un festejo austero y sencillo, para colocar el amor por encima de todo” (n. 212).
En los primeros años de la vida matrimonial, se propone un acompañamiento que favorezca la maduración y que ayude a superar las primeras dificultades. Se sugiere, de hecho, un itinerario: “El camino implica pasar por distintas etapas que convocan a donarse con generosidad: del impacto inicial, caracterizado por una atracción marcadamente sensible, se pasa a la necesidad del otro percibido como parte de la propia vida. De allí se pasa al gusto de la pertenencia mutua, luego a la comprensión de la vida entera como un proyecto de los dos, a la capacidad de poner la felicidad del otro por encima de las propias necesidades, y al gozo de ver el propio matrimonio como un bien para la sociedad” (n. 220). El Papa no se cansa, para ello, de señalar que no se trata de pretender ser perfectos, sino de ponerse en camino, y destaca entre los recursos para el crecimiento la vida espiritual profunda, además de algunas recomendaciones prácticas, como integrar una adecuada rutina con determinados quiebres de la misma.
Al señalar el acompañamiento de las crisis, angustias y situaciones difíciles, se abunda en la oportunidad que representan, aunque también se señalan con claridad los fracasos. “Hay que ayudar a descubrir que una crisis superada no lleva a una relación con menor intensidad sino a mejorar, asentar y madurar el vino de la unión” (n. 232), y se plantean diversas pistas para hacerlo. Pero también se reconocen problemas insuperables, ante los cuales la actitud pastoral no puede ser la del abandono, sino nuevas formas de acompañamiento e integración. Se indican los desafíos específicos de matrimonios entre cristianos de diversas iglesias (técnicamente llamados “matrimonios mixtos”) y de otras religiones (“disparidad de culto”), y aún otras situaciones.
Finalmente, ante situaciones de muerte en la familia, se señala que “el duelo por los difuntos puede llevar bastante tiempo, y cuando un pastor quiere acompañar ese proceso, tiene que adaptarse a las necesidades de cada una de sus etapas” (n. 255).
Aunque, como el mismo documento señala, es tarea de las iglesias particulares afrontar concretamente los retos pastorales, queda abierta la cuestión de cómo elaborar estructuras que hagan factible el acompañamiento auspiciado, así como la preparación de los agentes de pastoral para el mismo.
Foto: Jan Steen, Boda campirana
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