Segunda Vuelta

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Baby, el aprendiz del crimen, o los lastres de la independencia

La nueva película de Edgar Wright está por encima de la mayoría pero sus defectos no dejan de retenerla.
09/08/2017
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De Two-Lane Blacktop (1971) a Baby, el aprendiz del crimen (Baby Driver, 2017), la trayectoria del chofer sin nombre ha permitido a varios cineastas reinventar la imaginación moderna. Si antes de los 70 los hombres sin nombre montaban a caballo en el desierto matando y cobrando recompensas, a partir de aquella década el auto y la carretera serían su oportunidad para redimirse. En cuanto a sus directores, estas películas han presentado una posibilidad de innovar una pequeña tradición sin muchas otras convenciones que las características del chofer sin nombre: son tipos de pocas palabras que dominan el automóvil con una maestría fantástica. Baby, el aprendiz del crimen, se suma a las aportaciones de realizadores como Monte Hellman, Walter Hill y Nicolas Winding Refn incorporando elementos de un género que muchos verían fuera de lugar: el musical.

Desde el primer robo en la película, Baby (Ansel Elgort) se nos presenta como una especie de maniaco que escucha música de manera incesante y coordina cada uno de sus movimientos con lo que esté sonando en su iPod. A lo largo de la película las palancas de velocidades, los disparos e incluso la conducción de Baby se sincronizan con la banda sonora para evitar las trampas de los musicales típicos. Nadie canta y mucho menos baila en Baby, el aprendiz del crimen, pero no por eso se elimina la artificialidad. Aunque el estilo busca representar cómo el protagonista percibe el mundo, el director Edgar Wright no aspira al realismo, como lo demuestran El desesperar de los muertos (Shaun of the Dead, 2004), Hot Fuzz: Super policías (Hot Fuzz, 2007) y Scott Pilgrim vs. los ex de la chica de sus sueños (Scott Pilgrim vs. the World, 2010). Wright se ubica más bien entre los cineastas de género contemporáneos que buscan no razonar sobre el mundo y sus conflictos sino resolver las limitaciones de sus antecesores y aportar algunos signos nuevos a la gramática del cine. Pero salvo por Scott Pilgrim, creo que Wright no ha cumplido del todo con este propósito.

Los mejores cineastas de género hoy —y siempre, en realidad— han transformado el lenguaje visual y dramático de sus respectivas tradiciones. Christopher Nolan, por ejemplo, logró darnos una experiencia creíble de un viaje espacial en Interestelar (Interstellar, 2014); David Fincher le dio una resonancia épica al cine de detectives con Se7en, los siete pecados capitales (Se7en, 1995) y Zodiaco (Zodiac, 2007), y Denis Villeneuve transformó el cine de invasión extraterrestre con la compleja experiencia intelectual de La llegada (Arrival, 2016). Wright hizo dos brillantes parodias del cine de zombis y de policías con El desesperar de los muertos y Hot Fuzz y logró convertir el lenguaje del videojuego en película con Scott Pilgrim, pero salvo por esta última las películas de Wright no me parecen tan relevantes como las de sus colegas. En todo caso, Wright está en la liga de Nacho Vigalondo. Ambos son cineastas que, en vez de abandonar las convenciones, las concentran. Vigalondo intenta darles un giro ocurrente pero no las abandona; Wright las condensa todas en un producto de cultura popular que invoca la nostalgia. No sobra decir que Wright es mucho mejor que Vigalondo. Sus parodias no sólo son un ataque a lo que ya se ha visto demasiadas veces sino una propuesta de abandonar la seriedad de películas cuyas tramas sólo pueden ser ridículas. Pero aunque Baby, el aprendiz del crimen no es seria, tampoco es una parodia. En buena medida es un intento de hacer algo inédito pero sus artificios y su trama padecen cuando se les compara con películas de Martin Scorsese, Nicolas Winding Refn y del propio Wright.

La idea de sincronizar la música con las acciones en pantalla no es nueva y la ejecutó Scorsese en Buenos muchachos (Goodfellas, 1990) de manera más sutil y significativa. Recordemos la majestuosidad cínica del montaje que obedece a “Layla”, de Derek and the Dominos: los platillos vibran cuando se abren las puertas de un camión para revelar un cuerpo congelado. Más adelante en la película un montaje nos revela la desorientada consciencia del protagonista, que ha pasado el día inhalando cocaína y huyendo de un helicóptero. En Baby, el aprendiz del crimen, Wright sincroniza los disparos con los golpes de la batería pero no significan nada, son un vacío elemento de estilo. Cool, eso no se le niega, pero nada más, y para empeorar las cosas: intermitente. Son más las secuencias de diálogo influenciadas por Quentin Tarantino que las de acción musical. 

La trama de Baby, el aprendiz del crimen es prácticamente la misma que en Drive (2011), de Refn: algo sale mal en la última misión de un renuente chofer criminal que acaba en la huida y pone en peligro a la mujer que ama. Pero lo que en Drive era un cuento de hadas en el sentido más estricto y simbólico, en el caso de Baby, el aprendiz del crimen se trata de una repetición deliberada de lo que ya hemos visto: un collage. Las distinciones entre ambas historias aparecen cuando el filme de Wright comienza a parecerse a Scott Pilgrim, gracias, en particular, a un enfrentamiento entre Baby y otro personaje que actúa como el jefe de final de nivel en un videojuego de los 90. 

Dudo que estos detalles afecten la experiencia de la película para la mayoría de los espectadores pero estoy convencido de que reducen su estatura entre otras películas del cine comercial contemporáneo. Siendo justos, hay que reconocer que Baby, el aprendiz del crimen compensa la falta de originalidad con sus ocurrencias y con una de las secuencias de persecución más impresionantes que haya visto porque ni siquiera se realiza en autos. Ansel Elgort se mueve como bailando mientras huye de la policía en un centro comercial mientras Wright lo filma en un preciso plano secuencia que resalta la complejidad de la coreografía. Quizá sea la escena mejor lograda del filme si lo entendemos como un musical. Son los grandes placeres como éste los que pueden llamar la atención de cinéfilos más experimentados y que hacen de Baby, el aprendiz del crimen, un filme por encima de la mayoría aunque sus defectos no dejan de retener su independencia estética. 

Twitter:@diazdelavega1

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