Me sería imposible comentar las 104 películas que conforman la decimoprimera gira de documentales Ambulante pero puedo al menos explorar brevemente algunas de las que he visto hasta ahora y que me parecen destacables por su relevancia cultural o estética. No quisiera contradecir a Ambulante, que parte de la idea del cine documental como una herramienta de cambio, pero no creo en la capacidad del arte para transformarnos. Creo en la capacidad de dejarnos transformar por el arte. Una película no puede afectar de la misma manera a todos. Esto es afortunado en el caso de Pink (2016); desafortunado cuando se trata de filmes que develan las intrincadas relaciones del mundo. Aun así, la convicción absurda de compartir y reflexionar a pesar de la ignorancia y los imparables ciclos de la historia, me parece inevitable y, más importante, loable. La mejor manera de celebrarla es escuchar y mirar: entender; acudir a Ambulante para refrescar la consciencia con las tres grandes experiencias que nos ofrece: la indignación, la revelación, la liberación. No sé si las películas que seleccioné para este texto puedan cambiarnos pero estoy convencido de que intentan hacerlo y de que un espectador sensible se abrirá a ellas como un aprendiz, como un amante.

Indignación

En un mundo guiado por la codicia y las intuiciones más perversas del poder es fácil encontrarse con historias de abuso en las que la figura humana es despojada de su dignidad e incluso de su realidad. Las víctimas del poder ya no son personas sino cifras impotentes y mudas en documentos que aceptan su existencia con base en su dolor. Tempestad (2016), de Tatiana Huezo, intenta recuperar la humanidad de dos de esas víctimas. Una perdió a su hija en el tráfico de personas, la otra se perdió en él. La primera aguarda noticias mientras se disfraza de payaso para hacer sonreír a otros, la segunda viaja de vuelta a casa y en el camino se encuentra con un México bajo asedio. Huezo no está a la búsqueda de una realidad en crudo —ningún documental lo está—; más bien, es a través de lo visionario, tanto en el lenguaje visual como el hablado, que Huezo salva estas historias y a sus protagonistas. Los colores pálidos y las imágenes poéticas crean un ominoso recorrido en la calma que precede y procede las tormentas de la violencia para compartir el infinito dolor de la desaparición.

Everardo González nos trae, por otra parte, un documental menos delicado para describir el exilio. En su quinto largometraje, González elude la belleza para resaltar la realidad de sus imágenes y del sufrimiento de dos familias de periodistas mexicanos que se ven forzados a abandonar su país ante las amenazas del crimen organizado. En El Paso (2016) nos encontramos con un México temáticamente igual al de Huezo: las élites armadas sustituyen a la Muerte y definen los destinos de quienes viven lejos de la capital. Mientras sus personajes describen la nostalgia y la incapacidad de adaptarse a la sociedad estadounidense, completamente ajena al México donde crecieron, González también captura la ineptitud de un gobierno que combate al crimen en la televisión pero no en la calle y el futuro de una sociedad condenada a la desinformación y el miedo.

Si en los filmes anteriores se discute de alguna manera la abstracción del hombre, en Lo and Behold: ensueños de un mundo conectado (Lo and Behold, Reveries of the Connected World, 2016) Werner Herzog explora su desaparición en un universo de redes tan frágil como la vida misma. Quizá podríamos pensar que este es un filme de revelación donde se transparentan las conexiones de un sistema inmaterial del que dependemos para todo pero pienso que no es sin horror que Herzog contempla un mundo donde un invento humano, el internet, podría soñar sobre sí mismo. Amputada nuestra memoria, nuestros razonamientos y algunas funciones físicas, la humanidad en el siglo XXI parece resuelta a ceder su lugar a la inteligencia artificial. ¿Estamos sembrando nuestra destrucción? Es posible, pero antes de que suceda, Herzog intenta hacernos reaccionar aunque no sin sentido del humor. No es fácil transmitir de otra manera la certidumbre del apocalipsis.

Revelación

Convencida de que las vedettes son algo más que signos en la cultura de los 70, María José Cuevas dirige Bellas de noche (2016) para encontrar a las mujeres detrás de los personajes que trajeron el arte del desnudo a los cabarets de la Ciudad de México. Lyn May, Rossy Mendoza, Olga Breeskin, Princesa Yamal y Wanda Seux se aparecen en la vejez ya no como las asombrosas bailarinas y cantantes de su juventud sino como las diosas forcejeando contra el tiempo pero inevitablemente vencidas por él. Tal vez el mayor triunfo de Cuevas sea la conmovedora escena en que Wanda Seux alterna entre Juana Amanda y Wanda mientras le pide a Dios fuerza para continuar viva a pesar del cáncer. Es más fácil quitarse la ropa que la máscara pero Cuevas logra encontrar la vastedad de lo humano oculto detrás de las plumas, los escotes y el maquillaje.

El trabajo de Laurie Anderson, en comparación, parece más sencillo. Corazón de perro (Heart of a Dog, 2015) es un ensayo en la tradición del francés Chris Marker que comienza hablándonos del intenso amor de Anderson por su perra pero termina exponiéndola a ella mientras reflexiona sobre su mundo y sus muertos. Lou Reed, el amor de su vida, es el fantasma más tímido en el panteón de Anderson pero se aparece en imágenes breves y en una canción que aligeran con su amoroso recuerdo el arrepentimiento y la desdicha. Sin embargo nada parece borrar del todo la pena de Anderson por no conversar una última vez con su madre. En contraste, la excéntrica atención que le da Anderson a su perra podría hacerla parecer frívola —ella le enseña a tocar el piano, a pintar y a esculpir—, pero su psique se desenvuelve de forma tan sincera ante nosotros que entendemos que el corazón de perro mencionado en el título late en su pecho. Su empatía no está del todo con los seres humanos pero tampoco lejos de ellos.

Somos lengua (2016), de Kyzza Terrazas, está en los lindes entre la revelación y la liberación: es un retrato revelador —aunque hacia el final un poco redundante— sobre la liberación de y en la palabra. Terrazas no discurre sobre el hip hop en México porque no pretende hacerlo. Su objetivo, me parece, es mirarlo, capturarlo en bellas imágenes donde atestiguamos el éxtasis de rimar. Los raperos de Somos lengua son, además, un retrato de la diversidad en un mundo tan inexplorado por nuestra cultura que se podría pensar homogéneo. Terrazas nos muestra raperos jóvenes, maduros, románticos, crudos, elocuentes, ignorantes, anglofóbicos y anglofílicos. Todos convergen en los bajos fondos donde no hay ni para una guitarra y la vida se centra en la adicción y el pandillerismo. Sus mejores exiliados encuentran en el lenguaje el refugio que los distingue y les permite compartir su historia con el mundo. Pero fiel a la diversidad, Terrazas también añade —aunque al final— la perspectiva de Claudio Yarto: “¿Qué es real?”, se pregunta. “Cuando toco la limosina o el jacuzzi en Park Avenue se sienten reales”. Los raperos pobre podrán creer que su mundo es menos ficticio que el de Yarto o Kanye West, pero la realidad real es otra.

Liberación

En Ambulante se mira la cultura de donde emerge la música pero también se nos muestra la experiencia misma de los acordes que se juntan en lo sublime o lo enérgico. En Junun (2015) Paul Thomas Anderson se acerca por primera vez al documental y por enésima a lo extraordinario. La grabación del nuevo disco de Shye Ben Tizur es un experimento en diversidad que reúne a Jonny Greenwood, de Radiohead, a su productor Nigel Godrich y a un grupo de músicos indios llamado The Rajasthan Express. En esa improbable colaboración Anderson nos muestra cómo surge no un choque sino un encuentro. O más bien varios. Los occidentales se encuentran con la misteriosa India; los músicos, con sus instrumentos, y la música con un ideal de paz y entendimiento que trasciende toda distinción. Anderson capta la comunión y la humildad en el espíritu de la música y nos invita de alguna manera a participar en el experimento. Junun es una conmovedora imagen de la paz.

En otro mundo y en otro tiempo D.A. Pennebaker documentó el último concierto del extraterrestre andrógino y bisexual que interpretó David Bowie en uno de los momentos más trascendentes de su carrera. Ziggy Stardust and the Spiders from Mars (1973) siempre ha resultado controvertida por las decisiones de Pennebaker y la baja calidad del audio y el video. Afortunadamente las fallas técnicas han sido reparadas en la versión restaurada pero las imágenes del público y de Bowie tras bambalinas aún no complacen a muchos. A mi juicio, la película es una pieza de memoria cultural que, más que captar un concierto significativo, recrea lo que fue ser en ese momento David Bowie pero sobre todo mirarlo. A final de cuentas quizá esa sea la labor de todo documental y de cualquier creación: dejar rastros de nuestra presencia para que un día alguien descubra en qué nos equivocamos y en qué no; qué fue significativo y hermoso en un tiempo y qué podría serlo en otro.

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