Segunda Vuelta

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La leyenda de la princesa Kaguya

Takahata, enemigo del romance, nos muestra el mundo como una experiencia alejada de la moral y las expectativas
08/07/2015
00:24
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El cine de Hayao Miyazaki siempre me ha eludido. O, más bien, yo siempre lo he eludido a él. Su imaginario hecho de formas reales desintegradas y después reunidas en monstruos y otras criaturas fantásticas, en objetos y arquitecturas imposibles, representan para mí una percepción infantil del mundo. Los niños fragmentan la realidad y la reconstruyen en su imaginación de tal manera que para ellos resulta lógica la convivencia de animales extintos con otros que aún no exterminamos, como en Ponyo (Gake no ue no Ponyo, 2008), o creen en la existencia de baluartes que flotan como un globo, al igual que en El castillo en el cielo (Tenkû no shiro Rapyuta, 1986). La mente de Miyazaki es la de un niño que se regocija ante sus invenciones como un pequeño y caprichoso dios, pero también la de un dramaturgo carente de toda madurez narrativa. Así como los niños improvisan sus historias con giros improbables y situaciones imprevisibles que resultan en la felicidad, Miyazaki parece inventar sus tramas sin noción de la lógica o la consistencia. Quizá por ello sus filmes sean tan populares: son un regreso a la infancia.

Dentro del Estudio Ghibli existe, para mí, otra figura más interesante, Isao Takahata, de quien confieso haber visto solamente La tumba de las luciérnagas (Hotaru no haka, 1988) antes de encontrarme frente a su película más reciente, La leyenda de la princesa Kaguya (Kaguyahime no monogatari, 2013). Completamente opuesto a Miyazaki, Takahata no vive en la irrealidad, a la que ocasionalmente invoca: Takahata vive en nuestro mundo y lamenta su incapacidad para soñar dentro de él. Si Miyazaki es un inventor, Takahata es un poeta que encuentra la desilusión al no poder reinventar el mundo, pero también la fascinación por el infinito ingenio de la naturaleza. En La tumba de las luciérnagas, Takahata nos muestra a un muchacho y a su hermana intentando vivir una fantasía de libertad en medio de la posguerra en Japón. Ambos abandonan la casa de una tía humillante y recrean su idea del paraíso en una charca. El resultado de ignorar su tiempo y su fragilidad resulta en tragedia. La leyenda de la princesa Kaguya, por su parte, es una extensión del folclor japonés que medita sobre uno de los grandes problemas, acaso el esencial, para el pensamiento humano: la brevedad de la vida.

Aunque La leyenda de la princesa Kaguya contiene elementos de fantasía, sería equivocado pensar que los utiliza para los mismos fines que las cintas más famosas del Estudio Ghibli, es decir, las de Miyazaki. Basada en un relato del siglo X, la cinta de Takahata se centra en la princesa Kaguya, un ser divino que baja de la luna a experimentar el mundo. Los elementos mágicos poseen una significación metafórica que hermanan a la película y al relato original con los dioses griegos, que en su sensualidad pecan más que los hombres. Claro, Kaguya no viene a experimentar los vicios, pero no porque se trate de una película animada o comprometida con la moral pública. De hecho, la franqueza de Takahata es un remedio contra el puritanismo que se aterra del cuerpo y la desnudez: aparece, por ejemplo, el pecho de la madre de Kaguya en la Tierra y podemos ver cómo la princesa se amamanta de él. Cuando la princesa es una niña podemos ver su cuerpo desnudo; también aparece en ocasiones un niño cuyo pene es claramente visible sin énfasis alguno en mostrarlo o esconderlo. Sólo está ahí.

Takahata, enemigo del romance, nos muestra el mundo como una experiencia alejada de la moral y las expectativas donde el placer y el sufrimiento abundan: los pájaros se alimentan de peces que luchan en su pico por sobrevivir y una princesa arroja sus vestidos en un arcoíris hermoso y efímero. Nada dura y la muerte es inevitable. Pertenecer a la realeza, con sus formalidades y sus obligaciones que limitan los goces de una persona normal, es una experiencia ajena a nuestras fantasías, una decepción. “Una princesa”, se lamenta Kaguya, “no es un ser humano”. Es un fetiche. Sin embargo, el amor existe: entre padres e hijos y entre amantes, pero siempre efímero,. El mundo de Takahata es el nuestro: es real y es dual y nos infla y nos rompe el corazón. El desenlace lo afirma sin titubeos ni complacencias. En La leyenda de la princesa Kaguya se está en lo que es, no en lo que quisiéramos que fuera. Takahata resume esta impresión en el desengaño que padece la princesa cuando su mejor propuesta matrimonial resulta venir de un farsante. 

El estilo visual de la cinta, inspirado por la pintura tradicional japonesa o kaiga, no es tampoco un toque romántico, sino una forma de combatir. Mientras las grandes producciones de Occidente se orientan hacia la recreación de nuestras tres dimensiones, La leyenda de la princesa Kaguya se presenta en un estilo tradicional en dos dimensiones, aunque abundante en perspectiva y detalles. La animación captura con un realismo sorprendente los movimientos de la bebé Kaguya: la torpeza de sus brazos y su cuello, de sus piernas, suman una edad tierna, inocente e inexperta. El mundo exterior aparece con la misma claridad que el interior. Cuando Kaguya escapa de un banquete en su honor, la velocidad desvanece las formas tanto como la frustración. El pasto, los árboles, se desnudan de color y definición y quedan expuestos como líneas ambiguas e insignificantes: acentos tenues, como la música tradicional de Joe Hisaishi, que no dicta las imágenes, sino que responde a ellas.

Takahata ha creado con La leyenda de la princesa Kaguya un filme vasto en significación y encuentros: entre la realidad y el sueño, el pasado y el presente, la naturaleza y la imaginación. Su obra es la de un artista a la búsqueda de un horizonte donde dos dimensiones se reconcilian en instantes sublimes. El deseo y la muerte, sin embargo, permanecen divididos, en pugna, pero en su cine existe tal cosa como la vida bien vivida: la que, ante la muerte, se vive. 

La leyenda de la princesa Kaguya se exhibe como parte del 35 Foro Internacional de la Cineteca Nacional. Consulte su cartelera.

 

Twitter:@diazdelavega1

butacaancha.com

Alonso Díaz de la Vega, primer crítico cinematográfico mexicano seleccionado por Berlinale Talents, finalista del Primer Concurso de Crítica Cinematográfica de la Cineteca Nacional. Cofundador de...
 

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