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Trainspotting 2: cuando la fiesta se acaba

En T2 ya no hay lujuria por la vida, se trata de un ejercicio de nostalgia criticando a la nostalgia misma.
17/03/2017
09:56
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- So we all get old and then we can't hack it anymore. Is that it?
- Yeah

- That's your theory?
- Yeah. Beautifully fucking illustrated.

Renton y Sick boy en Trainspotting (1996)

 

-You're not getting any younger, Mark. The world's changing. Music's changing. Even drugs are changing. You can't stay in here all day dreaming about heroin and Ziggy Pop…

-It’s Iggy Pop.

Diane y Renton en Trainspotting (1996)

 

(ADVERTENCIA: el siguiente texto contiene spoilers, muchos spoilers…. ok, en realidad no tantos).

 

En una de las escenas más interesantes de Trainspotting 2 (Reino Unido, 2017), Renton (Ewan McGregor) regresa a su vieja recámara en casa de sus padres, desempolva sus acetatos y coloca Lust for Life de Iggy Pop en la tornamesa, pero cuando la aguja cae y se empiezan a escuchar los primeros acordes, el ahora cuarentón decide que es una mala idea, rápidamente retira la aguja y deja a todo el público en ascuas de escuchar aquel himno que se volviera enigmático en la década de los 90 gracias precisamente a Trainspotting (1996).

 

En Trainspotting 2 ya no hay lujuria por la vida, ya no hay himnos, ya no hay música. Hay, eso si, mucha nostalgia, pero no se dejen engañar: esto no es una reunión de ex-amigos de la secundaria ni tampoco el reencuentro de una banda de rock lista para tocar sus mejores éxitos. Danny Boyle junto con su guionista John Hodge y por supuesto Irvine Welsh (autor del libro original y de su secuela oficial, llamada Porno) entran al juego de la nostalgia pero no como ese producto moderno empaquetado y lindo que Hollywood insiste en vendernos todos los días, al contrario, gran parte de T2 es un ejercicio de nostalgia criticando a la nostalgia misma y a todos los que complacientemente se convierten en “turistas de su propia historia”.

 

T2 evoca al pasado pero no para celebrarlo ni sentir añoranza sino para comprobar que -como bien ya se atisbaba desde la primera cinta- el pasado es una mierda y el futuro no dista mucho de serlo también.

 

Han pasado 20 años desde que conocimos a Renton corriendo al ser perseguido por la polícia. La escena se repite pero el ahora cuarentón, que vive en Amsterdam, sigue corriendo pero en una caminadora, dentro de un gym, rodeado de jóvenes adictos a las endorfinas que produce el deporte.

 

Luego de un pequeño ataque al corazón, Renton (Ewan McGregor) decide que es tiempo de volver a casa y saldar cuentas. Su natal Edimburgo no es ese sucio agujero de heroinómanos de la primera cinta. Estamos frente a una ciudad que no deja de verse bella, gentrificada tal vez, pero que ha superado su etapa más oscura y supo seguir adelante; no así estos cuatro hijos pródigos de la generación X para los que el tiempo ha pasado pero en general todo sigue igual: Sickboy (ahora Simon) ha cambiado la heroína por la cocaína, se dedica a chantajear a los clientes de su novia (una prostituta) mediante sextapes grabados por él mismo de forma ilegal. Spud tiene un hijo, está separado y al borde del suicidio. Begbie, siempre fiel a sí mismo, lleva varios años en la cárcel, con esposa e hijo adolescente esperándolo.

 

Dentro de todas las rutas posibles que tenía Danny Boyle para resolver el entuerto de hacer una secuela a una cinta tan enigmática como lo es la primera Trainspotting, elige la más sensata: no repetir el tono cínico, energético y apabullante de la primera. La música ya no es  ése trampolín que te excitaba en cada escena, la edición si bien rápida ya no es tan dinámica. La fiesta ha terminado y aquellos adolescentes que se regodeaban en la falta de oportunidades que les ofrecía la sociedad de aquel entonces como un muy buen pretexto para meterse drogas, ahora son unos adultos frustrados que podrán huir, pero nunca lograrán escapar de las facturas no saldadas.

 

Habrá quien encuentre en todo esto una traición al espíritu cínico de la primera cinta. Donde unos ven “moralina”, yo veo congruencia. Mala cosa hubiera sido que Danny Boyle, ya metido en esta bronca, nos hubiera entregado una calca cuarentona (“chavorruca”) de la cinta original. Boyle no deja de lanzar algunos dulces para los fans recalcitrantes, pero en general se niega a ser demasiado obvio (otra razón por la que no suena Lust for Life).

 

El final no puede ser más trágico y cruel. Estos adultos siguen siendo aquellos adolescentes con síndrome de Peter Pan que no quieren crecer, que no quieren comprar la lavadora, el coche y el estéreo, que se niegan a ser adultos si es que ser adultos significa embrutecerse con televisión o ahora con internet. Al final de la primera cinta, Renton decide por la vida, “me convertiré en uno de ustedes”, pero ya desde entonces se preveía lo falaz del argumento. No se puede escapar a la adicción, no se puede escapar del pasado. Ante el fracaso de aquel plan (traicionar a sus amigos y robarse el dinero), regresa abatido a su viejo cuarto en casa de sus siempre condescendientes padres (“hush hush baby don’t you cry”, como diría Pink Floyd), el cuarto donde sufrió las peores alucinaciones es hoy día el lugar más acogedor de la tierra. Renton se quedará en ese cuarto, viendo los trenes pasar, para siempre.

@elsalonrojo

Crítico de cine con 9 años de experiencia profesional. Ha colaborado en revistas y periódicos como 24 Horas, Newsweek, Chilango, Quién, Esquire, Cambio, entre otros.

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