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12 horas en Cesky Krumlov

La ciudad más bonita de República Checa
Cesky Krumlov es Patrimonio de la Humanidad. Foto: Viridiana Ramírez
08/05/2015
14:34
Viridiana Ramírez
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Decían que su belleza medieval, gótica, renacentista y barroca me haría llorar. Fue cierto. Cesky Krumlov, ciudad Patrimonio de la Humanidad y muy cerca de la frontera con Austria, es una visita imperdible en República Checa.

10:00 Llegué a la ciudad vieja caminando por la calle Kaplická, desde ahí se veía la torre del castillo, una de las fortalezas más grandes de Europa. Accedí por el puente de madera, en el fondo se veían tres imponentes osos grises, símbolo del linaje de Rosenberg, en el siglo XVIII. El teatro barroco, con su tramoya y decorados originales, me fascinó, así como el salón de máscaras, los jardines y las salas repletas de objetos históricos. Subí la torre para ver una panorámica de 360° de la ciudad y cómo los viajeros sorteaban en balsas de rafting las aguas del río Moldava.

13:00 En la misma colina donde está el castillo, encontré la calle más antigua de la ciudad, Latrán, llena de músicos bohemios y tiendas de artesanos. Turistas entraban y salían de las joyerías de grafito y talleres de marionetas. Entré a Tilia para llevarme mi propio Pinocho. Dicen que esta calle serpenteante es por donde se accedía al castillo para evitar la muchedumbre.

15:00 Entre las calles estrechas y retorcidas del barrio me encontré con un tour de cerveza, la bebida tradicional de República Checa. Por dos euros pude conocer la cervecería Eggenberg, con más de 400 años de historia. El tour, de una hora, me llevó por el proceso de elaboración y la sala de degustación. Tres tarros, entre claras y oscuras, fueron suficiente para abrirme el apetito.

16:00 El plato más famoso es un festín de calorías a base de conejo, pollo, faisán, papas y jamón cocido. Descubrí que donde mejor lo preparan es en Krumlovský mlýn, un restaurante de cocina tradicional decorado con triciclos viejos y muñequitos de plástico, que me recomendaron los dueños de la cervecería. Tuve una vista única al río y a los antiguos molinos de agua.

18:00 Me olvidé del mapa y me perdí entre las calles que rodean la Plaza de la Concordia. Pude admirar los edificios con frescos y marquesinas en colores pastel, rosas, verdes, amarillos, azules. Una de esas calles me llevó hasta la Puerta de Ceske Budejovice, la única que se conserva de la muralla que protegía la ciudad de invasores. A mano izquierda está el verdugo del castillo, quien estaba obligado a vivir extramuros.

20:00 El sol se ocultó entre las casas con techos de tejas rojizas. Era el momento de emprender un tour de fantasmas y leyendas (11 euros). Fui nuevamente al castillo a perseguir la sombra, si se dejaba, de una doncella y a tratar de escuchar los gritos del hijo del Emperador Rodolfo II, mejor conocido como don Julius. La obsesión del hombre esquizofrénico que se enamoró de la hija del barbero de la ciudad, lo llevó a descuartizarla. Fue encerrado en el castillo, donde finalmente murió, dicen que envenenado.

22:00 Acabé el día, durmiendo en una antigua residencia jesuita, hoy llamada Hotel Ruze.

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