México y Venezuela llevan más de una década enfrascados en malas relaciones diplomáticas. Desde la administración de Vicente Fox, pasando por el gobierno de Felipe Calderón y el de Enrique Peña la tensión ha dominado la conversación. El tiempo ha dado la razón a quienes previeron en aquellos años el surgimiento de una nueva dictadura en el subcontinente sudamericano. Chávez transformó una de las democracias electorales más estables y duraderas de América Latina, en un gobierno autocrático que se perpetúa aún después de su muerte.

El Grupo de Lima fue creado para responder a los reiterados ataques venezolanos contra algunas de las, aún más endebles, democracias de los países vecinos. La unión de los 13 países entre los que destacan Brasil, Perú, Canadá, Argentina, Chile y Colombia emitieron una declaratoria en la que rechazan la toma de posesión (una vez más) de Maduro como presidente de Venezuela el próximo 10 de enero, pues han calificado su elección de mayo pasado como ilegítima.

México decidió no firmar la declaratoria. Horas después de que ésta se hiciera pública, el subsecretario para América Latina, Maximiliano Reyes, pidió al grupo echarla atrás y “no interferir en Venezuela”. Con esta acción, México se instala oficialmente en una nueva era de sus relaciones diplomáticas. No la que pregona la Doctrina Estrada de no intervención en los asuntos de otros países, sino en una ideológicamente adversa a los postulados democráticos de nuestro país. Nos alejamos de la mayor parte de las democracias latinoamericanas y nos insertamos sin reparos en el eje Habana-Caracas-Managua.

Sin embargo, no podemos pasar por alto que lo que sucede con México se inserta en el contexto de cambio que se vive en los países que integran el Grupo de Lima y los hechos que se han dado en los últimos días en la región. Particularmente me refiero a la llegada de Jair Bolsonaro en Brasil. El arribo del ultraderechista ha supuesto un rotundo NO de los electores a la izquierda brasileña cuya cara más visible (aunque en la cárcel) sigue siendo el ex presidente Luiz Inácio Lula da Silva y con ello un rechazo también al acercamiento y apoyo que desde su gobierno y el de Dilma Roussef se daba al régimen venezolano.

Bolsonaro ha marcado también una nueva pauta para las relaciones diplomáticas de Brasil, alejándose de las izquierdas latinoamericanas y acercándose a gobiernos como el de su homólogo Donald Trump en Estados Unidos. Lo ocurrido en Lima no puede desligarse de la toma de protesta de Bolsonaro, la visita de Mike Pompeo, secretario de Estado de EU, y la declaración conjunta para “impulsar la democracia en Venezuela” y luchar “contra gobiernos autoritarios” hecha un día antes de la declaración del Grupo de Lima cobran enorme relevancia.

Un gobierno de derecha como el de Trump parece que se entenderá con el conservador nuevo presidente de Brasil. En este sentido la principal incógnita es: ¿Cuál es la estrategia del gobierno mexicano? Si es que la tiene. Pues por un lado, Andrés Manuel López Obrador y Marcelo Ebrard han dejado claro que buscan tener una buena relación con nuestro vecino del norte; sin embargo, el apoyo (tácito o expreso) a Maduro al darle la espalda al Grupo de Lima, coloca a México en una posición bastante difícil de sostener en el largo plazo. Veremos hasta cuándo la Doctrina Estrada les permite “nadar de muertito”.


Doctora en Derecho

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