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El populismo y la democracia

18/06/2018
04:58
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El populismo no es de izquierda, ni de derecha, sino que es un estilo de hacer política que resulta exitoso cuando hay un líder carismático y coinciden circunstancias que generan desprestigio de las instituciones establecidas. En el siglo XXI, tanto en América Latina como en otras regiones del mundo han surgido múltiples ejemplos de liderazgos fuertes, personalizados, con distintos signos ideológicos que han tenido un éxito inusitado porque otras instituciones políticas se han debilitado y han perdido la legitimidad de la representación popular. Han surgido líderes populistas como Álvaro Uribe en Colombia, o Alberto Fugimori en Perú, con posiciones conservadoras; o líderes como Hugo Chávez en Venezuela o Evo Morales en Bolivia con un discurso socialista; o en Francia la derecha más conservadora aglutinada alrededor de la figura de Marie Le Pen. Sin dejar de mencionar a Donald Trump. Estos líderes de derecha o de izquierda, han tenido en común la capacidad de construir vínculos directos con la población, más allá de las estructuras partidarias, pero no comparten una misma ideología, ni tienen proyectos de gobierno similares.

En México, López Obrador tiene una larga trayectoria política, en la que ha demostrado una capacidad de liderazgo que le ha permitido cohesionar un gran descontento social alrededor de un proyecto de nación que tuvo como referente organizativo, primero el Movimiento de Regeneración Nacional, y desde hace poco más de tres años al partido político Morena. Su estrategia política encaja en la definición de populismo, que comparten muchos autores de la ciencia política; ha sustentado su éxito en una relación directa con el pueblo y en la resignificación de múltiples reclamos sociales dispersos para traducirlos en un programa político articulado. Su discurso ha tenido un contenido de confrontación entre los grupos sociales excluidos (el pueblo) y las élites, que ha denominado la “élite del poder” (integrada por una clase política corrupta y empresarios rapaces). El éxito de este discurso, a pesar de su excesiva simplificación, se puede entender porque describe muy bien la situación que vive el país. Es en este contexto que se puede explicar cómo Morena ha logrado en muy poco tiempo posicionarse como una fuerza electoral importante (Tan amplia ha sido su convocatoria que el perfil ideológico del partido se ha desdibujado).

A pesar de compartir muchos de estos rasgos, López Obrador tiene importantes diferencias. En primer lugar, cuando a su cargo el gobierno de la Ciudad de México, no ejerció el poder en forma autoritaria, no hizo uso clientelar de los recursos la política social, ni apostó por la debilitación las instituciones; y ahora como aspirante a la Presidencia ha sustentado su trabajo en la construcción de un partido y en la formación de un equipo de gobierno (en caso de ganar la elección) integrado por personalidades de diferentes ideologías. También se ha venido alejando del discurso de la confrontación y se ha tornado cada vez más plural e incluyente.

El líder carismático tiene la capacidad de “conectar con la gente” entablando una relación que lo empodera, porque la confrontación entre el pueblo y sus enemigos, le permite exigir a sus seguidores una lealtad incondicional: quién no está con él está en su contra. Si López Obrador gana las elecciones habría un riesgo de unanimidad, porque es tan grande el desprestigio de los otros partidos que es probable que Morena se convierta súbitamente, en la primera fuerza política. Esto daría una gran oportunidad a López Obrador de gobernar con mayoría, lo que ningún presidente ha logrado desde el siglo pasado, pero también pondría a prueba las cualidades particulares de su populismo y voluntad democrática. ¿Cuánta crítica estará dispuesto a tolerar?
 

Investigadora de El Colegio de México

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