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11/03/2018
02:11
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El jueves pasado fue el Día Internacional de la Mujer, que se viene celebrando desde hace poco más de un siglo, pero que ha visto cambios importantes en sus objetivos y maneras de festejar.

Su punto de partida fue el de ser un día en honor de las trabajadoras y de las mujeres socialistas, pero hoy ya es de todas las mujeres, algo que en México ya se había hecho durante varios años con el 15 de febrero.

Esa ampliación del sentido que se le ha dado a la fecha la ha convertido simultáneamente en varias celebraciones: por un lado, sirve para que les regalen flores y chocolates a las mujeres y las feliciten desde presidentes, funcionarios y jerarcas de las iglesias hasta compañeros de trabajo, maridos y amigas. Y la ha convertido también en una efeméride para tener que escuchar discursos festejando los logros y avances de las mujeres, su empoderamiento, como se dice ahora, y condenando el machismo y la desigualdad contra los que, de todos modos, aunque se diga mucho, no se hace nada.

También se acostumbra organizar foros y debates para analizar la condición y situación de la mujer, comparar países y épocas, dar cifras y porcentajes sobre avances, retrocesos e inmovilidadades. Y se usa además, hacer marchas y mítines tanto para decir “aquí estamos”, como para exigir derechos, mejores condiciones de trabajo y salario, apoyos con la vida doméstica y la familia, y para oponerse a la discriminación, la desigualdad salarial, la inequidad de oportunidades, el acoso sexual y la violencia.

Pero este 8 de marzo vimos algo más: vimos a ese día convertirse en una jornada de lucha en la que las mujeres decidieron tomar las cosas en sus manos y ya no solamente pedirlas.

Así como mujeres alcaldes de varias ciudades del mundo decidieron luchar contra el cambio climático y mujeres actrices contra el acoso sexual, las feministas (españolas y argentinas principalmente), decidieron convocar a una huelga general de las mujeres, para que por unas horas no acudieran a sus empleos, no cuidaran a sus familias ni atendieran sus hogares. Parar el trabajo productivo, reproductivo, de atención y cuidado y de consumo para que el mundo vea que no se puede sostener sin el trabajo que hacen las mujeres.

Esta propuesta me parece un cambio de primera importancia, pues no solamente pasó de hacer conciencia de la condición y situación de las mujeres al reconocimiento de su trabajo como necesario a la sociedad, sino que también pasó de exigir derechos a proponer una manera muy concreta de mostrar que sin las mujeres el mundo no funciona.

Y esto está destinado a convertirse en la transformación más profunda que el mundo verá en los próximos años respecto a la estructura del poder establecido en todos los niveles: desde el político hasta el económico, desde el laboral hasta el que se da al interior de la familia y respecto a los patrones tradicionales de relación humana, de conciencia y de subjetividad. Para todos, no sólo para las mujeres. Y para todas las mujeres, no sólo las que marcharon en los países occidentales.

Lo que nos mostraron estas marchas es que no se trata de añadir a las mujeres al lugar en que antes no figuraban, sino de subvertir el orden social y el modo de pensar.

Nos mostraron un modelo en el cual ellas son agentes activos para transformar las relaciones de poder y para cambiar la naturaleza y dirección de las fuerzas que las marginan, en el que toman las cosas en las propias manos y ejercen la fuerza enorme que tienen por ser la mitad de la población del planeta y por su lugar en la sociedad y las funciones que desempeñan.

Y nos mostraron también, que por importantes que sean las leyes e instituciones, las políticas públicas y acciones (y sí que lo son), el cambio no puede venir desde arriba sino desde abajo. Y que nadie nos lo puede dar, sino que lo tenemos que hacer nosotras mismas. Y ahora, no mañana.

Escritora e investigadora en la
UNAM. [email protected]
www.sarasefchovich.com

Sara Sefchovich
Es licenciada y maestra en Sociología y doctora en Historia por la Universidad Nacional Autónoma de México.
 

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