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Sin remedio por ahora

Sabemos de las personas lastimadas, desaparecidas y asesinadas, dando gracias de que no nos haya tocado esta vez
05/11/2017
02:11
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Hace algunas semanas asistí a un evento sobre la violencia en México, organizado por el doctor Sergio Aguayo, de El Colegio de México, en el que se presentó una panorámica de la situación en varias entidades del país, estudiada a partir de expedientes judiciales, mediciones y estadísticas.

Todo ello fue muy esclarecedor pero también aterrador, porque me hizo percatarme de dos cosas que allí no se trataron, pero que amplían el análisis:

La primera, que en nuestro país existe eso que un estudioso llama “el ánimo social” para la violencia, que se refiere a la permisividad social para su ejercicio.

Lo vemos todos los días: unos tipos le prenden fuego a un casino lleno de personas, un sujeto le dispara a un hombre porque defendió a una mujer de los manoseos en un bar, otro le da un balazo a un bebé porque llora mientras él y su compinche violan a dos mujeres, uno acuchilla de manera salvaje a la joven a la que acababa de violar, otro parte en pedazos a la persona a la que ya mató, para como dice una estudiosa colombiana, “matarlo, rematarlo y contramatarlo.

A lo largo de la semana, Ciro Gómez Leyva ha dedicado buena parte de su noticiero a hablar de un sujeto sumamente violento que extorsiona y maltrata a quien le viene en gana dentro de la cárcel, sin impedimento alguno por parte de custodios y autoridades. Incluso ha transmitido la filmación de cómo quema a alguien con un soplete o golpea a otro con un palo. Y hace algunas semanas, cuando la CNDH emitió su juicio sobre lo sucedido en Nochixtlán, Oaxaca, el 19 de junio del año pasado, nos enteramos de cómo fueron agredidos elementos de la policía que sufrieron amputaciones a machetazos, heridas por cohetones y balas y que maduras por haber sido rociados con gasolina y se les prendió fuego, todo esto hecho por los ciudadanos que bloqueaban la carretera en protesta por la reforma educativa, como si los policías no fueran seres humanos también.

El ánimo social a que me refiero tiene su origen en dos situaciones: una es que muchísimas personas se benefician de la delincuencia, y otra que hay absoluta impunidad para delincuentes. Esto, a su vez, ha hecho que ésta sea cada vez mayor no sólo en cantidad, sino también en calidad, pues, como dice Javier Prado Galán, el mal cada vez “toma la forma de crueldad”.

Por todo eso es que hemos llegado hasta acá: a lastimar y matar porque sí, por el puro gusto de hacerlo. Nos hemos convertido en una sociedad en la que han saltado por los aires todas las formas de contención: legal, institucional, moral e incluso la más elemental, compasión.

Lo grave es que, como se ha visto ya en la historia, una vez que se han soltado estas amarras (que llamamos civilización y cultura) es muy difícil volverlas a atar, lo cual, dicho de otro modo, significa que esto no lo vamos a poder parar pronto y más bien al contrario, que va a aumentar. Ésta es la segunda conclusión a la que llegué, derivada de lo anterior.

Y no soy la única que lo piensa, pues cuando hace poco le preguntaron a una fiscal antidrogas española si ésta es una guerra perdida, ella respondió: creo que sí.

La guerra contra las drogas, contra la delincuencia en general y contra la violencia, son por ahora guerras perdidas.

Según Christopher Domínguez Michael, al príncipe Siddartha le bastó con mirar a un mendigo, a un enfermo y a un muerto para ver en el sufrimiento la esencia de todo lo creatural, pero le pareció que era posible liberarse de eso. Hoy, en cambio, nosotros no podemos librarnos. Sabemos de las personas lastimadas, desaparecidas y asesinadas, y seguimos nuestra vida como si nada, dando gracias de que no nos haya tocado esta vez. Pero no hay que olvidar que, como decía el periodista Javier Valdéz, asesinado hace algunos meses: “No se ocupa deberla ni temerla para que te asesinen, la línea entre los elegidos y los inocentes es cada vez más débil”.
 

Escritora e investigadora en la UNAM.
[email protected]
www.sarasefchovich.c om

Es licenciada y maestra en Sociología y doctora en Historia por la Universidad Nacional Autónoma de México.

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