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Ecos del Cáucaso en México. A 30 años del inicio de la guerra en Nagorno Karabaj

28/02/2018
01:59
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En 1905 el escritor y periodista guatemalteco Enrique Gómez Carrillo —amigo cercano de Oscar Wilde y Gabriele D´Annunzio; conocido como el “príncipe de los cronistas” debido a que escribió más de ochenta y siete títulos entre novelas y ensayos— emprendió un viaje al Imperio ruso para realizar un reportaje que retratara la realidad de aquel territorio. La Rusia que encontró estaba en pleno estado de ebullición pues apenas unos meses atrás se habían presentado los disturbios que terminaron en el domingo sangriento de San Petersburgo.

Producto de aquel viaje, Gómez Carrillo escribió una sesuda obra titulada La Rusia actual, que recientemente nos ha llegado a los lectores mexicanos gracias a la colaboración entre la Secretaría de Cultura y Almadía. A través de sus más de 200 páginas, el autor nos sumerge en la cruda realidad que acechaba a todos los rincones del imperio del zar Nicolás II: insurrecciones obreras, agitación estudiantil, miseria campesina, control de la prensa, ramificación y expansión del movimiento socialista, tensiones nacionalistas en las regiones periféricas. Es pues, un claro retrato de la Rusia prerrevolucionaria a través de la mirada de un latinoamericano.

Uno de los apartados de la obra que más llama la atención por los ecos que produce hasta la actualidad es el que se refiere a las cruentas matanzas que sufrieron los armenios en Bakú a manos de la población tártara de la ciudad (así llama a los azeríes) bajo el consentimiento de las autoridades zaristas, quienes con la omisión buscaban complacer a la población musulmana para mantenerlos leales a Moscú.[1] Las escalofriantes líneas que redactó la prodigiosa pluma del guatemalteco dan cuenta del inicio de un contínuum de la violencia en la región contra el pueblo armenio —primera nación del planeta en convertirse al cristianismo— y nos remonta directamente a los orígenes de la guerra en Nagorno Karabaj.

Situada en el corazón de las montañas del Cáucaso —que alberga ese mosaico de pueblos y etnias, encrucijada donde se difuminan los límites de Asia y Europa— los orígenes de la provincia de Nagorno Karabaj se adentran en las profundidades de la historia al formar parte de los antiguos reinos armenios establecidos en el primer siglo antes de nuestra era.[2] En la época más reciente, la región vio la confluencia y choque de distintos imperios —Rusia, Turquía e Irán— hecho que le ha heredado una agitada historia. En el siglo XX con el arribo del ejército bolchevique al Cáucaso y la posterior absorción a la URSS, Stalin decidió otorgar la provincia al Azerbaiyán musulmán para ganar su lealtad, dividir la región y debilitar los sentimientos nacionalistas armenios. El régimen comunista permitió que se generara un largo periodo de estabilidad a pesar de que la población armenia del enclave (que representaba el 94% del total) en distintas ocasiones buscó que el territorio fuera transferido a Armenia.

Los vientos de apertura que trajo la perestroika impulsaron a que el 20 de febrero de 1988 los armenios del Karabaj nuevamente solicitaran a Moscú su reintegración a Armenia ante las políticas de Bakú encaminadas a eliminar su presencia histórica en la zona.[3] La solicitud fue rechazada, lo que degeneró en un incremento de la tensión debido a la llegada de los primeros rumores sobre los ataques que se cometían contra los armenios en Azerbaiyán. En especial, la noche del 27 de febrero se desató un pogromo contra los armenios en la ciudad industrial de Sumgait (a 30 kilómetros al norte de Bakú) impulsando la entrada de un contingente de marinos soviéticos de la flota del mar Caspio para detener la matanza. Este suceso sería el punto de inflexión en el conflicto ya que la espiral de violencia contra los armenios no se detendría dejando en claro que era prácticamente imposible negociar con Azerbaiyán para buscar una solución pacífica a las demandas de Nagorno Karabaj.

Así, el enfrentamiento se transformó en una guerra abierta entre los armenios del Karabaj (que contaron con el apoyo no oficial de Armenia) y Azerbaiyán. Tras la caída de la URSS, Nagorno Karabaj declaró su independencia y obtuvo la victoria en el campo de batalla, lo que impulsó la formación del Grupo de Minsk —copresidido por Rusia, Estados Unidos y Francia— el cual logró que en mayo de 1994 se firmara el Protocolo de Bishkek dando fin a la guerra.[4] A partir de esa fecha, en Nagorno Karabaj de facto se estableció una república la cual aún lucha por su autodeterminación a pesar de no ser reconocida por ningún miembro de la comunidad internacional.

En este sentido, pasó a convertirse en la primera guerra de carácter étnico que tuvo lugar al interior de la URSS, siendo uno de los “conflictos congelados” que estallaron en la periferia de la extinta Unión Soviética a raíz de su desmoronamiento; el cual permanece en constante tensión a raíz de la guerra de independencia que inició hace 30 años.

Además de la matanza en Sumgait, los armenios también sufrieron un pogromo en Kirovabad (noviembre de 1988) y en Bakú a inicios de 1990 (entre las desgarradoras historias destaca la de Gary Kasparov, considerado por muchos el mejor jugador de ajedrez de la historia y quien debido a sus orígenes armenios, tuvo que huir de la ciudad con su familia para evitar ser asesinados). No obstante, el gobierno de Azerbaiyán niega los hechos y a contrapunto alega que en la noche del 25 al 26 de febrero de 1992 en el poblado de Jodyalí —ubicado a 7 kilómetros de Stepanakert, la capital del enclave armenio— se cometió un genocidio.

Las acusaciones azeríes de atribuir el crimen de Jodyalí a las fuerzas armenias resultan en principio cuestionables, pues si se revisa con detalle lo ocurrido en aquel poblado es posible apreciar que más bien fue resultado de intrigas y luchas políticas para hacerse del poder al interior de Azerbaiyán. Por ejemplo, Ayaz Mutalibov —el primer presidente de ese país— en reiteradas ocasiones declaró a la prensa que el crimen fue provocado por miembros de la oposición (a la que pertenecía Heydar Aliyev, quien en 1993 se hizo del poder estableciendo una dictadura que se prolonga con su hijo Ilham Aliyev, presidente actual del país) para quitarlo del cargo culpándolo de lo ocurrido. [5] A la par, organizaciones como Helsinki Watch, reportaron que la población civil de Jodyalí fue usada como escudo humano por parte de los militares azeríes, quienes desde esa zona estuvieron bombardeando distintas posiciones armenias en Stepanakert.[6]

En este sentido, al actual uso político que el gobierno de Azerbaiyán hace del suceso, se suma una carrera armamentística y una retórica beligerante que ese país ha emprendido contra los armenios para tratar de recuperar la provincia por la fuerza. En respuesta, el 20 de febrero del año pasado las autoridades de Artsaj (como llaman los armenios al Nagorno Karabaj) celebraron un referéndum bajo el cual se modificó la constitución para reforzar las facultades del ejecutivo, obedeciendo al interés de contar con mayores herramientas que permitan hacer frente a la creciente y permanente hostilidad de Azerbaiyán.

Aunque a primera vista el conflicto puede parecer lejano y poco relevante para México, nuestro país se ha involucrado a raíz del fuerte cabildeo que la embajada de Azerbaiyán ha realizado desde 2008 entre distintas instituciones públicas para que su posición en la disputa sea adoptada. Conocida bajo el nombre de “diplomacia del caviar”, dicha estrategia consiste principalmente en una campaña que utiliza los recursos provenientes de los abundantes petrodólares que tiene el país para que la comunidad internacional reconozca los hechos de Jodyalí como un genocidio. [7] En este escenario y por el profundo desconocimiento del tema, México es visto como un puente para impulsar dicha posición en Latinoamérica en perjuicio de Armenia.

Dicho proceso de cabildeo desembocó que en el año 2011, la Cámara de Diputados y Senadores aprobaran sendos puntos de acuerdo donde se reconoce que en Jodyalí se cometió un genocidio y se acusa a Armenia de invadir los territorios que rodean al enclave. A la par, en la famosa plaza de Tlaxcoaque y bajo el pleno consentimiento de las autoridades de la Ciudad de México, la embajada de Azerbaiyán colocó una placa donde se reconoce el supuesto genocidio.

En ambas acciones los desinformados políticos mexicanos cometieron una serie de errores que en su momento provocaron una crisis diplomática y han dañado la imagen del país en la región; y es que si bien la Secretaría de Relaciones Exteriores mantiene una posición neutral apegada al proceso que sigue el Grupo de Minsk y nunca fue consultada por el poder legislativo ni el gobierno capitalino, en los hechos México ha tomado partido hacia la posición azerí ya que a la fecha no ha habido otro punto de acuerdo donde se anule el reconocimiento hecho en 2011 de Jodyalí como genocidio, así como la acusación de que Armenia es la fuerza invasora de los territorios adyacentes a la provincia de Nagorno Karabaj.

En el último episodio de esta historia, el pasado mes de octubre del 2017 tres diputados mexicanos realizaron una visita a Nagorno Karabaj desatando una fuerte protesta por parte de la embajada de Azerbaiyán ya que consideró que ingresaron a un “territorio ocupado” de manera ilegal y sin previa consulta. En realidad, este tipo de protestas es una política recurrente que sigue Bakú para amedrentar a aquellos políticos que intentan conocer la versión armenia del conflicto. Dicha política tiene como principal objetivo que los visitantes desconozcan la situación sobre el terreno para evitar una mayor cercanía al conflicto y de esa manera respaldar la posición de uno de los regímenes más corruptos y autoritarios del mundo —según el Índice de Libertad de Prensa, en 2017 Azerbaiyán se ubicó en el lugar 160 de 180 países.

Para México los 30 años del inicio de la guerra en Nagorno Karabaj representan una buena oportunidad para replantear la política que sigue hacia la región y establecer las bases para ser un actor serio y responsable, sobre todo en vista de que no han desaparecido las posibilidades de un enfrentamiento militar entre Bakú y Ereván ante la permanente tensión que hay en las zonas fronterizas. Así, en principio, México debe reconocer el derecho de los armenios de Karabaj a la autodeterminación, en consonancia con uno de los principios torales que rige nuestra política exterior. Este primer paso debe ir acompañado del establecimiento de una estrategia que permita blindarse de las tergiversaciones que hace Azerbaiyán sobre lo ocurrido en Jodyalí: un supuesto genocidio que no es reconocido por ningún miembro serio de la comunidad internacional, la ONU ni la Asociación Internacional de Estudiosos del Genocidio (IAGS). [8]

Pero sobre todo, se debe tener presente que la campaña por el reconocimiento de Jodyalí como genocidio forma parte de una estrategia que principalmente busca deslegitimar y negar el genocidio armenio cometido por el Imperio otomano entre 1915 y 1923, del cual es responsable Turquía y en la que Azerbaiyán funge como el principal aliado de Ankara. Así, para dar el primer paso, es necesario que se empiece a revertir los errores que a nivel interno se cometieron y que nos han dejado la ignominiosa herencia de una placa en la plaza de Tlaxcoaque así como un par de puntos de acuerdo donde, además de agraviar profundamente a los armenios —en especial a aquellos que viven en el sitiado y amenazado Nagorno Karabaj— se ofende al pueblo de México al dar por cierto un hecho histórico que, por decir lo menos, está en profundo cuestionamiento.

[1] Enrique Gómez Carrillo, La Rusia actual, Ciudad de México, Secretaría de Cultura y editorial Almadía, 2016, pp. 152-162.

[2] Arsen Melik-Shajnazarov, Nagorny Karabaj Jroniki Ninavisti, Minsk, Sobremienaia Shkuola, 2011, p. 11.

[3] Apoyándose en el antecedente de la zona de Najicheván (40% de armenios en 1924, 1% en 1989) los armenios denunciaban la política de “estagnación económica” provocada por Bakú para obligarlos a salir de Nagorno Karabaj; y es que del 94% de la población que eran en 1924, la cifra se había reducido a 74% en 1989. Véase en Jean Meyer, “Armenia, el Alto Karabaj y Azerbaiján”, Letras Libres, Num. 197, 1993, p. 34

[4] Thomas de Waal, Black Garden: Armenia and Azerbaijan through peace and war, Nueva York, New York University Press, 2013, p. 251.

[5] Ohannes Geukjian, Ehtnicity, Nationalism and Conflict in the South Caucasus: Nagorno Karabakh and the legacy of soviet nationalities policy, Great Britain, Ashgate, 2012, p. 190.

[6] Carlos Antaramián, Respuesta a Mukhtarov, Excélsior (21 de abril de 2013) recuperado de http://www.excelsior.com.mx/opinion/opinion-del-experto-comunidad/2013/0...

[7] Francisco Soní, México y su embrollo caucásico, Foreign Affairs Latinoamérica (3 de marzo de 2015), recuperado de http://revistafal.com/mexico-y-su-embrollo-caucasico/

[8] Rodrigo Gómez, “Diplomacia del caviar” en México, Sin embargo (26 de febrero de 2016), recuperado de http://www.sinembargo.mx/26-02-2016/3046703

Maestro en Ciencia Política por El Colegio de México, internacionalista por la Universidad Autónoma de Baja California
Maestro en Ciencia Política por El Colegio de México, internacionalista por la Universidad Autónoma de Baja California.
 

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